Jueves, abril 27, 2017

Una enfermedad llamada libertad

Una enfermedad llamada libertad

Por: José Ramón Alonso

JOT DOWN, noviembre de 2016

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Ray Charles nació en Georgia y versionó una bellísima canción titulada «Georgia on My Mind», compuesta por Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell, que usted debería poner de fondo mientras lee esto. En Georgia en el siglo XIX se editaba una revista médica mensual titulada The Georgia Blister and Critic. En el número 7 de su primer volumen se publicó un artículo del cirujano y psicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright titulado «Enfermedades y peculiaridades de la raza negra» donde describía una nueva enfermedad mental: la drapetomanía. Cartwright, un profesional prestigioso, la definía como un trastorno que «inducía al negro a escapar del servicio y es tan enfermedad de la mente como cualquier otro tipo de locura mental y, como regla general, mucho más curable».

Cartwright escribía:

“Si el hombre blanco trata de oponerse a la voluntad de Dios, intentando hacer del negro algo más que un ser sumiso con la rodilla hincada (lo que el Todopoderoso declaró que debía ser) intentando elevarlo al mismo nivel que él; o si abusa del poder que Dios le ha dado sobre otro hombre siendo cruel o castigándolo presa de la ira, o descuidando su protección frente a los abusos arbitrarios de los demás sirvientes y todos los demás, o negándole las necesidades y comodidades comunes de la vida, el negro se escapará; pero si [el propietario] mantiene [a su esclavo] en la posición que hemos aprendido por las Escrituras que debe ocupar, esto es, en posición de sumisión; y si su dueño o capataz es bondadoso y misericordioso al escucharle, aunque sin condescendencia, y al mismo tiempo le suministra sus necesidades físicas y lo protege de los abusos, el negro permanece cautivo y no intenta escapar”.

Cartwright aclaraba que la drapetomanía era desconocida para las autoridades médicas pero que tanto los dueños de las haciendas como los capataces de los esclavos la conocían muy bien. Su principal síntoma era el absentismo laboral, los negros intentaban escapar, y la causa era que los dueños tenían demasiadas familiaridades con los esclavos y les trataban como a iguales.

“Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego —separados por familias, cada familia teniendo su propia casa—, no permitiéndoles salir de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, se controlan fácilmente —más que otros pueblos en el mundo—. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar. Deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga”.

Además de identificar la drapetomanía, Cartwright prescribió un tratamiento en dos fases. En primer lugar, las recomendaciones «médicas» que antes hemos detallado. Así, con «adecuado consejo médico, seguido estrictamente, este problemático hábito de fugarse que tienen muchos negros puede prevenirse casi por completo». Si eso no era suficiente o en el caso de esclavos «reincidentes e insatisfechos sin razón» —una peligrosa señal de que una fuga podía ser inminente— Cartwright prescribía «sacarles el demonio a latigazos». Otro remedio, preventivo también, era amputarles los dedos gordos de los pies para que no pudieran correr muy rápido y fuesen más fáciles de atrapar. Cartwright argumentaba que azotar a los esclavos era algo apoyado por la Biblia o, en sus palabras, era el «deseo del Creador». Iba más allá y afirmaba que el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento

“… declaran la voluntad del Creador con respeto al negro; que debe ser un sumiso arrodillado. En la conformación anatómica de sus rodillas, vemos genu flexit escrito en su estructura física, siendo más flexionado o doblado que cualquier otra clase de hombre”.

La esclavitud duró dos siglos y medio en América y doce millones de personas murieron en África en expediciones de captura de esclavos y guerras tribales, y otros tantos fueron llevados al Nuevo Continente, de los cuales un 15 % murió durante el viaje. La colonización del continente se hizo por europeos: portugueses en el este de Sudamérica, franceses e ingleses en el este de Norteamérica y españoles en el resto de Sudamérica, Norteamérica y Centroamérica. Los nuevos territorios eran inmensos, el trabajo era duro y las enfermedades que diezmaron a la población autóctona hicieron que faltase mano de obra. Las primeras oleadas de colonos fueron blancos no abonados, gente joven, normalmente de menos de veintiún años, que pagaban su pasaje trasatlántico comprometiéndose a trabajar durante un tiempo, normalmente de tres a siete años. Recibían transporte, alimentación, ropa, hospedaje y las demás necesidades básicas durante el transcurso de su contrato, pero no percibían un salario. Eran tanto hombres como mujeres y solían ser ayudantes de granjas y haciendas, aprendices de oficios o sirvientes domésticos. Sin embargo, su número fue pronto insuficiente, así que a comienzos del siglo XVII un barco holandés introdujo una solución y un problema en el territorio de los actuales Estados Unidos: esclavos africanos. Los esclavos fueron especialmente abundantes en las grandes plantaciones sureñas donde las cosechas eran muy lucrativas pero necesitaban numerosa mano de obra, como las de tabaco.

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En la época de la independencia de los Estados Unidos, la esclavitud había dejado de ser rentable en el norte mientras que en el sur su rentabilidad era cada vez más dudosa, pues el precio del tabaco fluctuaba y caía. Sin embargo, en 1793, Eli Whitney inventó un molino de algodón, una máquina que permitía a las fábricas textiles trabajar con un tipo de algodón que se daba muy bien en el sur. El algodón reemplazó al tabaco como la principal cosecha sureña y la esclavitud volvió a ser un buen negocio. Aunque la mayoría de la gente de los Estados del sur no tenía esclavos, en la época del aberrante artículo de Cartwright la idea general era que la economía sureña era imposible sin los esclavos.

Aparecieron todo tipo de justificaciones para la esclavitud. Los propietarios blancos decían que los negros eran como niños, incapaces de hacerse cargo de ellos mismos y que la esclavitud era una institución benevolente que los alimentaba, los vestía y les daba una ocupación. La mayoría de los norteños no tenían dudas de que los blancos eran superiores a los negros, pero no creían en esa supuesta benevolencia. Frederick Douglass, un esclavo fugado —un drapetomaníaco— logró una educación, «cuando aprendas a leer serás libre para siempre», y habló y escribió elocuentemente contra la esclavitud.

“Me han preguntado a menudo cómo me sentí cuando por primera vez pisé suelo libre. Y mis lectores pueden compartir la misma curiosidad. Hay muy pocas cosas en mi experiencia sobre las que pueda dar una respuesta más satisfactoria. Un nuevo mundo se había abierto para mí. Si vivir es más que respirar y una «rápida vuelta de la sangre», yo viví más en un día que en un año de vida como esclavo. Fue un tiempo de excitación y alegría que las palabras apenas llegan a describir. En una carta escrita a un amigo al poco de llegar a Nueva York le decía: «Me siento como alguien que se hubiera escapado de una guarida de leones hambrientos. La angustia y la tristeza, como la oscuridad y la lluvia, se pueden representar, pero el contento y la alegría, como el arco iris, desafían la habilidad de la pluma o el lapicero»”.

Su caso se convirtió en un ejemplo vivo en contra de los que decían que los esclavos no tenían la capacidad intelectual para vivir como ciudadanos independientes.

En realidad, el trato iba de paternalista a sádico, las familias eran separadas a capricho y el castigo físico brutal era la norma. Hubo también retrocesos legales: el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que los esclavos eran una propiedad subhumana sin derechos de ciudadanía y no podían protestar sobre el trato que recibían. En el sur se temía una rebelión como la que había convertido a Haití en el primer país gobernado por antiguos esclavos, pero los enfrentamientos multitudinarios eran muy raros. No obstante, los esclavos fingían estar enfermos, organizaban huelgas encubiertas, saboteaban las máquinas y a veces incendiaban alguna propiedad o asesinaban a algún propietario. Escapar era común, pero normalmente no llegaban muy lejos.

La guerra civil cambió el destino de la nación. Fue un conflicto para preservar la Unión y no una guerra para liberar a los esclavos, pero pronto quedó claro que ambos aspectos irían de la mano. Muchos esclavos escaparon al norte al comienzo de la guerra y varios generales de la Unión abolían la esclavitud en el territorio sureño que conquistaban para sumar soldados y derrumbar la economía local. El Congreso aprobó leyes que permitía la confiscación de los esclavos propiedad de los rebeldes confederados. El 22 de septiembre de 1862, tras la dramática victoria de la Unión en Antietam, Lincoln presentó la Proclamación de la Emancipación Preliminar. Este documento decretaba que, por el poder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, todos los esclavos que estuvieran en zonas rebeldes cien días después de la fecha serían «desde entonces y para siempre libres». Además, Lincoln estableció un sistema para que los negros emancipados pudieran unirse al ejército, una pequeña revolución en la época. Las tropas de color de los Estados Unidos sirvieron en muchos frentes de batalla, ganaron numerosas medallas del honor y fueron un factor importante en la victoria final. El 6 de diciembre de 1865, ocho meses después del final de la guerra civil, los Estados Unidos aprobaron la 13ª Enmienda a la Constitución, la abolición de la esclavitud.

En esos últimos años el artículo de Cartwright fue sistemáticamente reimpreso en el sur, que consideraba que daba un toque científico a sus prejuicios y sus maltratos, mientras que en el norte, por su parte, era satirizado y ridiculizado. Frederick Law Olmsted publicó una evaluación sarcástica en otra revista médica, el Buffalo Medical Journal, donde recalcaba que los trabajadores no abonados blancos también se escapaban con frecuencia, así que hipotetizó, de coña, que la drapetomanía era en realidad una enfermedad de origen europeo y que los mercaderes blancos la debían haber contagiado a la población africana.

Cartwright identificó otra enfermedad, la disestesia etiópica, que era «denominada insolencia por los capataces» y se caracterizaba por cierta insensibilidad parcial de la piel, una letargia que hacía que la persona pareciera medio dormida y por las quejas frecuentes. Según él, casi todos los negros libres que no habían conseguido que algún blanco les dirigiera y se hiciese cargo de ellos estaban afectados de este trastorno. Cartwright, ese «benefactor» de los negros, proponía también un tratamiento para curar esta enfermedad y la insensibilidad de la piel:

“La mejor forma de estimular la piel es, primero, hacer que el paciente se lave con agua tibia y jabón; luego untarlo todo con aceite, y hacer penetrar el aceite en la piel golpeando con una ancha correa de cuero; luego poner al paciente a realizar algún tipo de trabajo duro al sol”.

Con eso el esclavo estaría agradecido al hombre blanco que le había permitido «recuperar sus sentidos y disipar la niebla que obnubilaba su intelecto».

Hay quien piensa que la historia no ha terminado, no tanto por la esclavitud, que sigue vigente de forma solapada en numerosas zonas del mundo, sino también por tratar como enfermos a los diferentes o insumisos, la patologización de la disidencia. Hoy, frente a los americanos de origen europeo, los negros de Estados Unidos tienen peor salud psicológica, son más frecuentemente víctimas de violencia, delincuencia y abuso de drogas, muestran en mayor medida síndrome de estrés postraumático, son ingresados con más frecuencia en hospitales psiquiátricos y tratados con medicación psicoactiva en contra de su opinión, son etiquetados como deficientes mentales, presentan sentimientos de opresión, desigualdad y violencia oficial, y les son aplicados una serie de estándares, pruebas y criterios hechos a medida de las personas de origen europeo.

Ray Charles, con el que empecé este artículo, dijo una vez:

“Mi versión de «Georgia» se convirtió en el himno estatal de Georgia. Fue algo grande para mí. Realmente me conmovió. Ahí está el estado que solía linchar a gente como yo declarando que mi versión de una canción es su himno. Es conmovedor”.

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Para leer más:

  • Bankole K. K. (1998), Slavery and Medicine: Enslavement and Medical Practices in Antebellum Louisiana. Garland, Nueva York.
  • Cartwright S. A. (1851), «Report on the Diseases and Physical Peculiarities of the Negro Race». The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691-715.
  • Hunt S. B. (1855), «Dr. Cartwright on “Drapetomania”». Buffalo Medical Journal 10: 438-442.
  • Pedersen P. B., Lonner W. J., Draguns J. G., Trimble J. E., Scharron-del Rio M. R., eds. (1996) Counseling Across Cultures. Sage Publication, Thousand Oaks, Calif.

 

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