martes, agosto 14, 2018

Un milagro, por favor

Un milagro, por favor

Juan Gabriel Vásquez, El Espectador, Bogotá, diciembre 10 de 2009

EL PRESIDENTE URIBE LLEGÓ A Estoril para asistir a la Cumbre Iberoamericana, pero inmediatamente se dirigió al Santuario de Fátima para orar por la paz de Colombia.

nmediatamente: el adverbio no es mío, sino de la Secretaría de Prensa de la Presidencia, interesada en que se conozca la urgencia con que el Presidente antepuso el viaje a cosas más terrenales. El informe de la Secretaría también cuenta lo que vio Uribe: la corona que ofrecieron las portuguesas a la Virgen en 1942, “como acción de gracias por la no participación de Portugal en la Segunda Guerra Mundial”; la bala que casi mató a Juan Pablo II en 1981, ofrecida por el Papa al Santuario “como agradecimiento a la Virgen por salvarle la vida”.

Qué rara es la Colombia de Uribe: un país laico donde la religión católica decide qué clínicas se abren y qué clínicas se cierran, qué operaciones puede hacer un médico, cuándo puede la gente darse el gustico, qué itinerario tienen los viajes que pagan los ciudadanos con sus impuestos. Pero luego uno se pone a pensar en las seis apariciones que, según la Secretaría de Prensa, hizo la Virgen de Fátima, y deja de perder el tiempo con bobadas como la igualdad religiosa y la separación entre Iglesia y Estado. Uno se pone a pensar, por ejemplo, en Uribe, que tuvo en Fátima dos opciones: una, creer que las reglas de la naturaleza se modificaron durante unos instantes de 1917; dos, considerar que las leyes de la naturaleza son leyes precisamente porque no se suspenden. Sólo hay testimonios de que se han suspendido: y esos testimonios, sin excepción, vienen de gente que carece de ciertos conocimientos o que está bajo el efecto de ciertas sustancias o que tiene ciertos intereses (políticos, económicos, psicológicos, morales). ¿Habrá Uribe pensado en eso?

¿Le habrá parecido curioso que los milagros sólo ocurran dentro del sistema de una religión? En otras palabras: no hay milagros laicos. ¿No debería el presidente Uribe plantearse la posibilidad de que los tres pastorcitos que vieron a la Virgen estuvieran equivocados? ¿Es eso menos probable que la suspensión momentánea de la física, la química y la biología? Otras preguntas: ¿Hay la posibilidad de que el presidente Uribe y su gobierno, confiando en la ayuda de la Virgen de Fátima, estén trabajando menos? Claro, no tiene sentido recorrer los 120 kilómetros que recorrió Uribe si después a uno le toca hacer exactamente lo mismo para solucionar los problemas del país. ¿Está tomando el Presidente decisiones que se basan, no en los hechos comprobados de la vida colombiana, no en las informaciones sociales, económicas o militares que le llegan, sino en la posibilidad de un milagro?

Si el Presidente no confía en que la Virgen le va a ayudar, es un hipócrita; si sí confía, ¿no debería someter a la consideración popular, o por lo menos la del Congreso, las peticiones que hace a la Virgen? Tal vez mediante referéndum, ahora que la cosa está de moda, pero la Constitución consagra otras vías. Sea como sea, el asunto es importante, porque se trata del principio democrático de la representatividad: yo no voté por la Virgen, y exijo que se me consulte cada vez que sus intervenciones pueden afectar el destino de mi país.

Aunque, claro, tampoco voté por Uribe.

Se ve que la democracia y los milagros no siempre combinan.

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