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Guillermo Guevara Pardo, Leído en Tribuna Magisterial, junio 5 de 2011

En la carrera espacial estadounidense, durante la década de los años 1960, jugaron un papel importante las misiones Mercury, Gemini y Apolo. Con el Apolo 11 la NASA colocó dos seres humanos en la superficie de la Luna en julio de 1969. Pero para cada nueva misión que se emprendiera había que construir prácticamente de nuevo cada una de estas naves, pues no eran reutilizables. Por ejemplo, solamente 10% de un Apolo se podía volver a emplear. La llegada a la Luna le planteó a la NASA el reto de construir una estación espacial en la órbita baja de la Tierra, para lo cual era necesario contar con una nave que saliera hacia el espacio en un lanzamiento convencional, tuviera la capacidad de regresar por sus propios medios y fuera casi totalmente reutilizable. Bajo esta premisa nació la idea de los transbordadores espaciales, para los cuales se planificó una vida útil de unos 100 lanzamientos.

El 12 de abril de 1981 partió hacia el espacio, con una tripulación de dos astronautas, el transbordador Columbia y el pasado 31 de mayo de este año regresó a la Tierra el Endeavour, el más joven de estos prodigios tecnológicos, piloteado por una tripulación de seis astronautas. Para el próximo 8 de julio está programado el último lanzamiento del transbordador Atlantis, llevando en su interior una tripulación de cuatro veteranos astronautas. Cuando regrese, la NASA le habrá dicho adiós definitivamente a 30 años de este exitoso programa espacial, del cual también hicieron parte el Challlenger y el Discovery. El costo total de la operación de la flotilla de los cinco transbordadores se calcula en 174 mil millones de dólares. Este es un ejemplo de que solamente una entidad de carácter estatal, como lo es la NASA, está en capacidad de hacer tan astronómica inversión.

Mientras se hace la transición al nuevo prototipo de nave multipropósito, el transporte de astronautas estadounidenses hacia la Estación Espacial Internacional tendrá que recurrir a las naves rusas. La NASA pretende concentrarse en la exploración profunda del espacio y deja a la empresa privada la de la órbita baja de la Tierra.

Las más de 130 misiones de los transbordadores espaciales permitieron la construcción de la ya mencionada Estación Espacial Internacional, la puesta en órbita, reparación y mantenimiento del Telescopio Espacial Hubble, la ubicación de satélites civiles y militares; además contribuyeron a la investigación en astronomía, desarrollo de nuevos materiales, el estudio de la Tierra, la biomedicina, etc. Seguramente seguirán apareciendo exitosas aplicaciones de las investigaciones que se llevaron a cabo en el módulo Spacelab.

Pero también la desgracia se ensañó contra estas bellas formas de la aerodinámica. En 1986 el mundo admiraba el lento y poderoso ascenso hacia los cielos del Challenger, para segundos después observar con pavor el relámpago de una explosión que lo desintegró por completo. Posteriormente, en 2003, el Columbia se despedazaba en luminosos fragmentos cuando reingresaba a la atmósfera terrestre. Ambos accidentes se cobraron la vida de 14 astronautas.

Los transbordadores espaciales son impulsados hacia el espacio por poderosos cohetes en cuyos tanques hay un propelente sólido formado por perclorato de amonio y aluminio. Los cohetes del transbordador contienen hidrógeno y oxígeno líquidos. Cada nave está tapizada por 25.000 paneles térmicos que le permiten a la estructura soportar los 1.500 grados centígrados de temperatura que se alcanza por el rozamiento contra la atmósfera, cuando la nave regresa a la Tierra. Cada transbordador puede llevar una tripulación de hasta siete astronautas.

Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis, Endeavour serán nombres inolvidables en la historia de los logros tecnológicos de la humanidad. Ahora les decimos adiós; pasarán a ser parte de diversos museos en Virginia, Los Ángeles y La Florida donde serán contemplados, admirados y estimularán el deseo de seguir soñando con las estrellas.