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Abdón Espinosa Valderrama

La experiencia con los paros anteriores invita a no mirar desdeñosamente sus conatos y a no poner oídos sordos a recla- maciones y cuestiona- mientos.

 Leemos en Portafolio que el Presidente de la República y varios ministros se reunirían para hacer un balance de los compromisos que permitieron el levantamiento de las protestas en los ramos del agro, la minería y el transporte.Tal repaso se había vuelto indispensable, siquiera fuera para disipar los temores suscitados por versiones absolutamente adversas. Como, por ejemplo, la de que los tratados de libre comercio habían tenido su antesala o preludio en la devastadora apertura hacia adentro de los años noventa.

En lugar de dar explicaciones satisfactorias a los campesinos, que alegan no estar preparados para competir con las grandes potencias, se les repuso tácitamente con la celebración de los relacionados con la Alianza Pacífica, sin absolver interrogantes y reparos sobre el alcance de algunas de sus disposiciones. El equívoco de la similitud entre lo que fue imposición unilateral a cambio del otorgamiento de empréstitos y la negociación bilateral mucho daño hace a las conclusiones de esta en cuanto se homologan negociaciones diferentes y se suscita la sospecha de que los resultados pueden haber sido iguales.

Los campesinos seguramente no han olvidado los estragos de la desdichada apertura hacia adentro que ocasionó la pérdida de un millón de hectáreas sembradas y la supresión de instituciones de apoyo, fomento y renovación técnica. Como tampoco los industriales deben de haber borrado de la memoria la desaparición de fábricas metalmecánicas y de organismos como el simbólico Fondo de Fomento Industrial, creado en medio de las penurias de la Segunda Guerra Mundial para promover la industrialización con capacidad de dar empleo remunerativo y estable y de atender tanto al mercado interno como al internacional. Todo ello se trocó por la facilidad y la rentabilidad de importar.

Es explicable que los promotores de la apertura hacia adentro sostengan que ella y la actual de los tratados de libre comercio se enmarcan en la misma filosofía y persiguen los mismos objetivos. Pero cabe insistir en que las circunstancias no podían ser más distintas y en que ninguna de las dos puede escudarse en la idea de la modernidad o de la moda. En estas materias, suele prevalecer en todas las partes el pragmatismo. Por tanto, es menester ver qué las favorece y qué las perjudica, cuáles son los plazos de desgravación y cuáles las salvaguardias específicas.

Subrayemos que en esta ocasión ha faltado mucha pedagogía. Tantas observaciones y preguntas como se formularon al calor de los paros han debido ser absueltas, con las cartas sobre la mesa. Porque presumiblemente en el Gobierno se compartía la idea de que los campesinos colombianos no se hallan en condiciones de competir con los productores de las grandes potencias, dados sus subsidios privilegiados y su alta tecnología, debieron de buscarse compensaciones o amortiguaciones en los textos de los tratados. Entre otros, largos plazos de desgravación y salvaguardias. ¿Cuáles? Es lo que falta decir detalladamente, al concluir, por lo pronto, esta etapa de prisa y multiplicidad en la firma de TLC.

La experiencia con los paros anteriores invita a no mirar desdeñosamente sus conatos y a no poner oídos sordos a reclamaciones y cuestionamientos. A no dejarse llevar por la arrogancia, sino a revestirse de paciencia para atender quejas y solicitudes razonables y razonadas.

Gratitud perenne

La que he contraído con la Academia Colombiana de Ciencias Económicas, por los homenajes abrumadoramente generosos, cerebrales y emotivos a la par, con los que ha querido honrarme, así como con sus directivos y miembros y con los expositores y asistentes a los diversos actos.

Abdón Espinosa Valderrama