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Klaus Ziegler, El Espectador, Bogotá, julio 7 de 2010

En una conferencia, hace algunos años, escuché a un afamado escritor colombiano despotricar del desarrollo tecnológico a la par que ridiculizaba la ingenuidad de algunos pensadores que se habían atrevido a equiparar modernidad con progreso.

¿Qué avance para la humanidad puede significar el hecho de que podamos matar a miles en pocos minutos?, preguntaba el conferencista al comparar una ametralladora con una primitiva lanza de punta de piedra.

El argumento del escritor es compartido por un buen número de intelectuales que asocian la noción de desarrollo científico con los males del mundo moderno, y que ven en la ciencia una especie de religión bárbara que ha robado al hombre su espiritualidad. Es comprensible que hablar de progreso genere malestar entre algunos humanistas, y suspicacia entre los biólogos, pero como afirma el físico y ensayista Jorge Wagensberg, “nadie puede negar que entre una bacteria y Shakespeare ha pasado algo”.

¿Será posible identificar una direccionalidad en la historia o en los procesos evolutivos en los que hablar de progreso pueda tener algún sentido? ¿O será acaso que esta idea no es más que un espejismo, fruto de una concepción etnocéntrica de la historia y de una visión antropocéntrica del proceso evolutivo? En asuntos menos académicos y más mundanos reconocemos sin dificultad lo que significa progresar. Excepto por unos pocos románticos, todos admitimos que el procesador de palabras representa un progreso si lo comparamos con la vieja máquina de escribir; y cualquier melómano reconoce la calidad incomparable de una grabación digital cuando se la contrasta con una de comienzos del siglo XX en disco de acetato.

Es un hecho incontestable el progreso en el atletismo y en el ajedrez. La noción de progreso en estos casos tiene un sentido intuitivo claro, y ello se debe a que existe una manera, al menos teórica, de comparar dos atletas o dos ajedrecistas y determinar el mejor. Un genio como Capablaca tendría pocas posibilidades de derrotar a un jugador como Kasparov, de la misma manera que un atleta profesional de hoy superaría cualquier récord de hace medio siglo. Y es en este sentido obvio que afirmamos que ha habido progresos en el juego del ajedrez y en el atletismo.

Ejemplos como estos, en los que la noción de progreso es transparente, sugieren dos elementos esenciales que deben estar presentes en cualquier discusión en la que el término “progreso” se use con rigor: que exista un objetivo o meta definida de antemano a la cual se pretende llegar, así como una manera cuantitativa de medir cuán lejos se está de lograr este fin.

Si el objetivo es imprimir en forma eficaz el mayor número de libros manteniendo ciertos estándares de calidad y durabilidad, entonces la tipografía moderna muestra un gran progreso con respecto a la vieja imprenta de Gutenberg. Si se tratara de arar más hectáreas en menos tiempo, el tractor representaría un progreso con respecto a la yunta de bueyes; pero no lo sería si el objetivo fuese arar unas pocas hectáreas generando el mínimo de polución.

Si se busca el placer estético, una pluma fuente podría satisfacer los caprichos particulares de algunas almas conservadoras. Esto, sin embargo, no invalida en absoluto que el bolígrafo represente un progreso con respecto a la pluma cuando el objetivo es la comodidad y facilidad en la escritura, sin que falle el trazo, se riegue la tinta o se manche el manuscrito.

La evolución del ojo proporciona un ejemplo paradigmático de progreso biológico. En sus comienzos, el ojo fue una pequeña mancha sensible a la luz, que cambió para convertirse en una capa de células fotosensibles, que luego se invaginó en los vertebrados y dio origen a una pequeña cámara oscura, a la que se añadiría más tarde una pequeña lente capaz de enfocar con precisión las imágenes. Cada nicho ecológico en la naturaleza determinó un diseño óptimo, y la evolución del ojo en cada nicho es una hermosa confirmación del progreso evolutivo, testimonio consignado en el registro fósil.

La dinámica evolutiva siempre se mueve en dirección al óptimo, por lo que evolucionar implica “progresar”, en el sentido definido. Y esta dinámica conlleva a menudo un aumento en el grado de complejidad de los organismos. Quizá por ello Wagensberg, en mi opinión, tiende a confundir progreso con complejidad, debido a que con frecuencia ambas nociones se encuentran en íntima relación.

El escritor que se mofaba de los ingenuos que piensan que la ametralladora representa un progreso con respecto a la lanza comete el error elemental de mezclar el fin moral con el militar; y se engaña al creer que su confusión deja sin piso cualquier noción de progreso. Si la ametralladora no representara un adelanto con respecto a la lanza, podríamos estar seguros de que las guerras de hoy se pelearían con lanzas de punta de piedra y no con aquellas terribles armas. Y el novelista estaría escribiendo sus novelas con una pluma de ganso en lugar de su portátil.