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Argentina tuvo en dos semanas cinco presidentes. Duhalde, el último, en su poco tiempo de gobierno ha recibido varios cacerolazos. Pastrana, de la mano del FMI, lleva casi cuatro años aplicando las mismas políticas que ocasionaron el levantamiento popular en el país gaucho, con un círculo íntimo que en el nuestro ha protagonizado escandalosos actos de corrupción y sigue tan campante. Hay grandes similitudes y no pocas diferencias. El desmonte del Estado argentino, en su época uno de los más fuertes del continente, lleva casi treinta años, desde el período de las dictaduras militares y fue una de las experiencias piloto del neoliberalismo, uno de los que aplicó más profundamente estas políticas, paseándose los encargados de administrarlas por todo el mundo, aconsejando a los demás países atrasados sobre el “modelo argentino”. El patrimonio público en la nación austral fue privatizado por Menem, vendiéndolo en corto tiempo por un precio 10 veces menor a su valor real, con lo cual entregó grandes ganancias a las multinacionales. Con una multimillonaria inversión extranjera y la multiplicación de la deuda externa, el capital financiero internacional saqueó la otrora economía más rica de Sur América. Como consecuencia de todo ésto y al contrario de los pronósticos del Banco Mundial y el FMI, dicho país en lugar de avanzar, retrocedió. En las últimas semanas de 2001, cuando ya se estaba ahogando la economía, las medidas fueron particularmente irritantes: disminución de los salarios y limitaciones para sacar los ahorros de los bancos, lo cual se convirtió en una verdadera expropiación de los ahorros de la población, para salvar al sector financiero. La indignación popular explotó y los cambios producidos por ella aún están en curso.

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