lunes, abril 22, 2019

Tiempo de cronopios

Tiempo de cronopios

                                                                                 Tiempo de cronopios
Por: Montero Glez

El País (España), 21 de febrero de 2019

El escritor argentino, Julio Cortázar, se mantuvo siempre alerta en su intento de aplicar ciertos principios científicos a la literatura
Julio Cortázar no se perdía los textos de divulgación científica que aparecían en el periódico Le Monde. Tal y como aseguraba, los leía con gran interés por ser textos sencillos, al alcance de todo el mundo. Con la lectura de aquellos artículos, el escritor argentino recobraba el sentimiento de lo fantástico.
De esta manera, Julio Cortázar se mantuvo siempre alerta en su intento de aplicar ciertos principios científicos a la literatura. Sirva como ejemplo el enunciado por Werner Heisenberg y que viene a establecer, en lo que respecta al comportamiento de las partículas en su dimensión subatómica, que es imposible conocer, a un mismo tiempo, la trayectoria y la velocidad de las mismas. Va a ser en la novela Rayuela donde Cortázar nos muestre el citado principio de incertidumbre. Lo hace como si fuera un juego más de esa realidad invisible que subyace en toda su obra y que no puede escapar a la percepción de nuestros sentidos.
La posibilidad literaria de las leyes físicas va a guiar a Cortázar por el sendero que lleva al otro lado de las cosas; un terreno de incertidumbre por el que Cortázar pone a caminar su inventiva, abriéndola a una dimensión donde las cosas pueden ser y no ser al mismo tiempo, “donde las leyes exactas de las matemáticas no se pueden aplicar como se venían aplicando en los niveles más bajos” por decirlo con sus mismas palabras. Para Cortázar se trata del mismo proceso que se da en literatura fantástica cuando se alcanzan los límites del mismo género y empieza un nuevo territorio; un espacio donde todo es posible y todo es incierto.
En realidad, toda la obra cortazariana es un intento de conciliar dos mundos opuestos, “el de acá” con “el de allá”. De esta manera, la escritura de Cortázar se encuentra a medio camino entre ambos mundos, manejando nociones científicas que vienen a ser una propuesta de literatura fantástica. El párrafo de Rayuela es revelador. Cortázar lleva la lectura de Heinsenberg a los hechos cotidianos:
Morelli hablaba de algo así cuando escribía: «Lectura de Heisenberg hasta mediodía, anotaciones, fichas. El niño de la portera me trae el correo, y hablamos. Mientras me cuenta, da dos saltitos sobre el pie izquierdo, tres sobre el derecho, dos sobre el izquierdo. Le pregunto por qué dos y tres, y no dos y dos o tres y tres. Me mira sorprendido, no comprende. Sensación de que Heisenberg y yo estamos del otro lado de un territorio, mientras que el niño sigue todavía a caballo, con un pie en cada uno, sin saberlo, y que pronto no estará más que de nuestro lado y toda comunicación se habrá perdido. ¿Comunicación con qué, para qué?»
Pero sin duda, donde Cortázar juega con la esencia misma de las leyes físicas del espacio y del tiempo es en su relato titulado El perseguidor, en el que nos cuenta la historia de un músico de jazz, Johnny Carter, que olvida su saxo en un vagón del metro de París, absorbido por su propio descubrimiento acerca de la elasticidad del tiempo. En el citado relato, Cortázar identifica el tiempo como categoría del entendimiento, siendo así que el tiempo, en realidad, no existe para Johnny Carter. Para él, somos nosotros los que hacemos existir al tiempo, ya que, el tiempo está en nosotros mismos.
El tiempo interno cambia, varía y permuta, condicionado por el viaje en el metro. De esto se da cuenta el saxofonista Johnny Carter y su descubrimiento le absorbe de tal modo que, en su estado de distracción, se olvida de su saxo. De esta manera, entra en un tiempo diferente. Cuando el metro se detiene, va a darse cuenta de que todo lo pensado, o lo tocado, entre una estación y otra, no puede caber en los pocos minutos que dura el trayecto entre dos paradas.
Lo que Cortázar nos cuenta en su relato es lo que él mismo experimentaba al viajar en el metro de París, mientras iba reflexionando acerca de uno de esos artículos científicos que leía en Le Monde. Eran esos momentos en los que iba de una parada a otra, distantes ambas por apenas unos minutos, atravesando el túnel, cuando en su cabeza se reproducían argumentos y sucesos para aplicar a sus relatos.
Sumergido en la misma elasticidad retardada que a Johnny Carter le permitía meter la música en el tiempo, Cortázar se dejaba asaltar por proposiciones, tesis y juicios que, en la calle, fuera del metro, le hubiesen ocupado horas.

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