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Crónica de un fracaso

Crónica de un fracaso

Santiago Espinosa, noviembre 12 de 2010

Lo que se vive en Bogotá es un hecho singular, muy pocas veces presenciado. Sus calles y sus casas son la puesta en escena de un fracaso. Un prolongado naufragio de ladrillo y rencor. Desplazados y mendigos, suicidas y abogados. Comerciantes de estafas y gordas milagreras. Buses que apilan rostros como cadáveres calientes. Violencia en las habitaciones y violencia en los noticieros. Los adultos encerrados en sus casas olvidándose en la música, mientras los jóvenes aguardan en silencio el momento (…)

Lo que se vive en Bogotá es un hecho singular, muy pocas veces presenciado. Sus calles y sus casas son la puesta en escena de un fracaso. Un prolongado naufragio de ladrillo y rencor. Desplazados y mendigos, suicidas y abogados. Comerciantes de estafas y gordas milagreras. Buses que apilan rostros como cadáveres calientes. Violencia en las habitaciones y violencia en los noticieros. Los adultos encerrados en sus casas olvidándose en la música, mientras los jóvenes aguardan en silencio el momento de su partida.

Del Río a los Cerros, del Norte al Sur, esta ciudad podría ser la historia de cómo un grupo de animales fracasó en sus afanes de conformar una comunidad de animales, de una comunidad que logró frustrar a cada uno de sus animales entre lluvias y cuadrículas, escombros y planes postergados.

Informan los noticieros: “escándalo en la alcaldía”, se quejan los periódicos de un nuevo “carrusel en las contrataciones del distrito”. Denuncian la negligencia y la corrupción, e invocan los desmanes de una historia que ya son fábula. “Esta ciudad merece otra suerte”; “por culpa de ellos es que estamos como estamos”. Pero no dicen las emisoras ni los noticieros que este escándalo es precisamente lo que merece la ciudad, un chivo expiatorio para ocultar la rifa de contratos y de olvidos que fue el ochenio de Uribe. Chivo expiatorio para inculpar a alguien o algo de una ciudad amputada, concebida en las más variadas codicias, que se ha venido desmoronando desde el momento mismo de su fundación sin que a nadie le importe. ¿Cuál es la identidad de esta ciudad sino montón escombros, un resplandor Dorado en los escombros?

La aparente irracionalidad de esta administración: la obras como clepsidras del robo, las cuentas extranjeras y el desfalco, la arena en las calles como el rostro vivo de un demorado desollamiento, más que un distintivo de tal o cual alcaldía en realidad es el sello de nuestra tradición. El gobierno de Mockus era el fracaso disfrazado de mimos y ringletes idiotas, cercado de bolardos en el gobierno de Peñalosa. El fracaso que llegó a vestirse de parques para ocultar las privatizaciones amañadas, los contratos con tajada, las excepciones tributarias a los poderosos y el desastre ecológico de un espacio. Ciclovía y cantaleta publicitaria. Las quimeras del transporte como el que quiere tapar la hemorragia con curas rotas.

Porque las calles de esta ciudad huelen a herida de mendigo y a contrato recién firmado; arena de charco, huesos de pollo y basura alucinógena. Quien se sorprenda porque alguien cometa la estupidez de reventar cuatro veces la misma calle -de la reparación del acueducto al la construcción de vías, de la implantación de gas al sistema masivo del transporte-, no entenderá nunca que el iluso es él, quien mira las obras desde la perspectiva del ciudadano y no del contratista que cobra cuatro veces, desde los ojos y los paseos de una ciudad que no tiene escala humana sino rendimientos bancarios, no tiene hogares sino lotes, caminos para los viejos sino avenidas. Una ciudad empotrada en el rencor de la conquista, proyectada con picas y martillos hacia un futuro igualmente rencoroso.

Rogelio Salmona, un arquitecto que entendió como pocos a la ciudad, y que vio en la poética del agua y el ladrillo una manera de resistir al desastre, solía decir que Bogotá eran tres: El Norte que da risa, El Centro que da miedo y El Sur que da lástima. Y ahí está la ciudad confirmando su metáfora. El centro histórico como el doloroso resultado de un despojo. La lluvia removiendo calles muertas. Fantasmas infelices y promesas rotas. Casas derruidas a la busca de guacas, libertarios decepcionados. Universidades que en su deseo de títulos y autismo, exportación de cerebros, parecen la esencia misma del desarraigo.

El occidente como el vacuo resultado de una ciudad de maqueta, nunca espontánea, sin nombres o un alma que responda en sus tapias. Esas arquitecturas sin rostro que reflejan más el negocio de sus constructores o propietarios que la necesidad de sus habitantes. De no ser por el Jardín Botánico y el parque Simón Bolívar –la nociudad dentro de la ciudad- el occidente sería un apilado de oficinas y de fábricas, abastos irredentos.

Al fondo el Norte con su odio congénito de ser lo que realmente es. Su vocación de máscara y simulación discreta. El afán apastelado de querer ser como Europa o Nueva York –perpetuando en este gesto su complejo de inferioridad-, y esas ganas de treparse a las montañas para alejarse de las desigualdades que encarna su proyecto de vida, anestesiar en la distancia de la vista una ciudad que los devora lentamente como engolados gatopardos. Esconden el miedo tras las barandas y los perros, detrás de unos árboles hermosos pero que casi siempre son importados. Su nueva arquitectura refleja una ciudad de puertas para adentro. Plena de miedo, pues con sus cristales y colores parece que su mayor influencia fueran los electrodomésticos de las cocinas y no la vida.

El sur como una yaga en el paisaje, polvo y aceite, niños tosiendo en la noche, temiendo bajo sus precarios tejados la llegada de las lluvias. Desplazados y delincuencia común. Lomas y peladeros. Ríos donde van a dar las basuras de una nueva babilonia. Viviendas progresivas que reciben a todo un país cada año desde lo profundo de las violencias. Por cada casa agujereada un pueblo desterrado, un hincha furibundo sublimando la venganza, una mujer violada. Un perro peleando el desperdicio de los desperdicios.

Todas las estéticas entran en juego y en realidad ninguna. Todas las plagas. La esquizofrenia de esta ciudad parece apuntar como ninguna otra al centro Comercial: sus objetos se vuelven pasarela de vitrinas, exotismo de tragamonedas, baratija de mal gusto y moda fácil, tugurio iluminado o espejo de miserias. Y las tiendas acompasadas con las peores rancheras y los peores vallenatos. Subiéndole el volumen a la música como quien quiere escaparle a la voz de la conciencia. Emborrachando a sus clientes hasta el llanto. De no ser por el humor y las muchachas sus negocios parecerían cárceles, sus estudiantes jovencitos castigados. Hasta los equipos de fútbol se habituaron a perder sin más remedio, pero la inercia de sus flujos sigue llenando los estadios.

Aguas y aguas estancadas de sus cuatro ríos podridos. La lluvia removiendo el hueco de los robos y los huesos de las víctimas. Su luz velada incendiando el horizonte infestado de alquitrán, su viento aderezado en las fábricas y en la pobreza. Esos cielos, esas sombras. Estos caminos que serpean hasta los cerros más hermosos del mundo: amplio recordatorio del paraíso natural que desterró nuestra llegada. Y el Dorado recomenzando en cada esquina donde alumbren los billetes o las piernas, las rondas de billar y el resplandor de la esmeralda, volviéndose a apilar entre las filas y las cajas de los bancos extranjeros.

Ves una niebla envolviendo las montañas, una luz que se revela a sombra de los balcones. El típico aire de comarca amable que seduce al extranjero. Su un ritmo de fiesta improvisada, refugio para las artes. Que a nadie engañe este espejismo del soroche. Desde las mismas fachadas blancas se expulsó a Bolívar. La misma ciudad que nos sonríe en las esquinas mató a Rafael Uribe Uribe y mató a Gaitán. La envidia y el odio de sus gentes suicidaron a Silva y a Maria Mercedes Carranza, arrinconó en el ostracismo a Botero y a García Márquez, a Edgar Negret, y sólo los vino a reconocer como hijos pródigos cuando llegaron con monedas nuevas: hospitalidad de guaqueros; cortesía de los traidores.

Que el principal problema de esta ciudad sea la movilidad es el mejor diagnóstico de sus gentes. Parece que lo único que importa es moverse y moverse pronto para no tener que ver. Rasgar las calles de avenidas para olvidar que este no fue un lugar para quedarse. Obras y más obras. ¿Qué es lo que quieren hacerle confesar a estas calles sin alma? ¿Cuál es esta dinámica de hacerse como engendro en los escombros, nacer sobre las ruinas y la sangre de los otros? Hasta las estaciones del Trasmilenio fueron planeadas con tuercas y tornillos para seguirlas desmontando.

Raza demoledora, profanadores de oficio con blujeans prestados. Conquistamos con el engaño a los indígenas, a indígenas que se aliaron con sus verdugos para humillar a otros indígenas. Talamos los nogales sagrados para hacer nuestras tiendas de campaña, pero una vez que fracasó el tesoro no hubo más salida que hacer hijos y oficinas, talar los nogales para pulir las cruces, derribar esas cruces junto con los conventos para usarlas nuevamente como vigas para los ministerios, talar los jardines de los ministerios para trazar las avenidas y las estaciones, nuevos lugares de paso y nuevas tiendas campañas donde ir a dormir las frustraciones.

Hasta las mismas palabras reflejan una renuncia. Parece que los nombres anodinos de los conquistadores no fueran suficientes para evocar un espacio, y en una venganza tardía el espacio se les resiste en los teatros y en las novelas cuando tratan de nombrarlo. La sola palabra Bogotá no aparece con frecuencia en las literaturas, incluso, el nombre mismo ha sido cambiado varias veces sin que nadie proteste. Parece que el lenguaje y el espacio nunca encajaran y en ese cortocircuito diario consintiera nuestra efímera identidad. Que la novela más significativa de estos dominios se titule “Sin Remedio” quizás sea una suerte de advertencia.

Si Bogotá aparece en la poesía es para hablar del centro de la parálisis, como si sus poetas no hubieran escrito sobre ella sino en su contra, como una manera de sobrellevar en el lenguaje la dureza de sus barrios. Ni la mirada amorosa de Silva pudo sobrevivir al recelo de aquella aldea, empozada en la colonia y de espalda a las montañas, ordenando las guerras civiles a distancia, donde los carruajes andaban en el barro y las familias pudientes vaciaban sus bacinillas calientes desde las ventanas al paso de los mendigos. Que las campanas monótonas de su Día de difuntos marquen el más bogotano de todos los poemas, habla de una ciudad más muerta que viva, cuyas ilusiones se convierten en las casas casi siempre en fantasmas y muy pocas veces en paisajes.

En el siglo XX la ciudad fue la morada obligada de las violencias del país. Seres que huían de la pobreza o de los tiros y fueron a dar entre sus cerros, resignados. Extranjeros que llegaban al país, casi siempre por equivocación, y a los que no les alcanzó el dinero para ir a Buenos Aires o a Brasil. Esta ciudad del desarraigo, puerto de tierras secas, morada de los aventureros, fue vista como nunca antes en Suenan Timbres, el primer libro de Luís Vidales, un inmigrante de Calarcá que llegó a la capital entre tantos otros, entre tantos otros inmigrantes. Sus calles y sus gatos, sus barrios, fueron captados por esta poesía con la mirada subversiva que tienen los niños. Nunca fue esta ciudad tan nueva y prometedora como en estas páginas, nunca tan espontánea. Pero aquel burgo de los años veinte del que hablaba Vidales terminó por convertirse en un vestigio, pues sus calles y sus cafetines terminaron por quemarse en las hogueras del Bogotazo.

Luego vendría esa ciudad que recibió a Aurelio Arturo, y donde el nariñense escribió su Morada al Sur quizás para poder resistirla. La “Ciudad de los adioses” en la poesía de Fernando Charry Lara. Babel de putrefacciones en la poesía de Héctor Rojas Herazo. En los cincuentas Mario Rivero le cantaba a sus calles y a sus oficios con ternura y propiedad, pero esas calles y esos oficios no demorarían en borrar la propiedad y la ternura antes de tener un rostro plenamente.

Ya en la poesía contemporánea puede que no haya nada tan significativo como la Bogotá de Juan Manuel Roca, esa “ciudad de Nadie”, olvidada de su origen y su destino, ciudad “goyesca” donde entre mendigos y tartufos, en el decir de García Lorca, el infierno ocurre todos los días en la misma calle. Y por supuesto, sería imposible no hablar de la poesía de María Mercedes Carranza, donde aparece esa “ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo/ como una muchacha que comienza a menstruar/, precaria sin belleza alguna”; la misma que le dio nacimiento y cuya indolencia también le hizo quitarse la vida.

¿Cuántos de nuestros problemas no tienen solución? ¿Cuánta de nuestra historia no es más que un compendio de derrotas? Ahora que se habla de sin salidas y fracasos, puede que la ciudad de los destierros termine por desplazar a sus ciudadanos en su propio caos, y quizás entonces habrá justicia.

Sin embargo, entre escombros y desollamientos, rencor y contaminación, destierro o violencias, bajo la sombra de un nudoso uruapán o dentro de un bar, viendo el asenso de la niebla en las montañas, esa promesa iluminada sonriendo en cada una de sus ventanas, que sus habitantes nos limpiemos los zapatos en el tapete del exilio, y sin orígenes ni prejuicios, en el olvido y la soledad de estos rincones, pensemos que el paraíso puede ocurrir en cualquier momento y a la vuelta de cualquier esquina. Hablo de esa ciudad de extranjeros en su propia ciudad, y que puede que ningún poema refleje tan bellamente como este que incluyo del poeta cubano Alberto Rodríguez Tosca, otro inmigrante que hizo de este lugar de paso la casa de su escritura.

Silva y Vidales, María Mercedes Carranza y Alberto Rodríguez Tosca. Cuatro poemas a Bogotá ahora que Bogotá colapsa en sus propias codicias. Esa ciudad donde nací y que ahora mismo llevó a cuestas donde quiera que vaya, como una vieja herida o una promesa irresuelta.

DÍA DE DIFUNTOS (fragmento)

La luz vaga… opaco el día, la llovizna cae y moja con sus hilos penetrantes la ciudad desierta y fría. Por el aire tenebroso ignorada mano arroja un oscuro velo opaco de letal melancolía, y no hay nadie que, en lo íntimo, no se aquiete y se recoja al mirar las nieblas grises de la atmósfera sombría, y al oír en las alturas melancólicas y oscuras los acentos dejativos y tristísimos e inciertos con que suenan las campanas ¡las campanas plañideras que les hablan a los vivos de los muertos!

José Asunción Silva (Bogotá, 1865 -1896)

LOS BARRIOS

Barrios. Muelles oscuros astilleros puertos de tierra firme.

La rosa de los vientos se estrella contra los postes y se vuelve añicos.

Viento alegre de barrio que por las tardes viene a jugar con los papeles y las hojas de la plaza.

Barrios. Callados en la noche como si se hallaran a espaldas del mar.

Paso sobre los puentes de las calles. Se cimbran levemente. Debajo hay vida de agua.

En la oscuridad unánime caen luces atravesadas sobre el malecón de los andenes luces tendidas en lo húmedo que tienen las formas de los puertos que provienen.

Arriba de los postes que apalean la noche apegado con innumeras cuerdas habrá un viejo buque quieto con las luces prendidas o uno listo para salir del mismo puerto.

Yo voy solo por los muelles la gorra y el traje raídos por la obscuridad. Yo voy solo –como un golfo.

Cruzo charcos de sombra y viento que les da oleaje.

Yo voy solo. Pero me alejo silbando.

Y silbo. Y silbo. Y me parece que voy acompañado de espíritus. Barrios. Barrios. Profundos barrios de la noche.

Luís Vidales (Calarcá1904-Bogotá 1990)

BOGOTÁ, 1982

Nadie mira a nadie de frente, de norte a sur la desconfianza, el recelo entre sonrisas y cuidadas cortesías. Turbios el aire y el miedo en todos los zaguanes y ascensores, en las camas. Una lluvia floja cae como diluvio: ciudad de mundo que no conocerá la alegría. Olores blandos que recuerdos parecen tras tantos años que en el aire están. Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo como una muchacha que comienza a menstruar, precaria, sin belleza alguna. Patios decimonónicos con geranios donde ancianas señoras todavía sirven chocolate; patios de inquilinato en los que habitan calcinados la mugre y el dolor. En las calles empinadas y siempre crepusculares, luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro, ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor; estas calles son el laberinto donde he de andar y desandar todos los pasos que al final serán mi vida. Grises las paredes, los árboles y de los habitantes el aire de la frente a los pies. A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno, un verde Patinir de laguna o río, y tras los cerros tal vez puede verse el sol. La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida; nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia pero también la costumbre irremplazable y el viento.

María Mercedes Carranza (Bogotá 1945-2003)

EL EXTRANJERO

Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar. Esta ciudad no es mía. La recorro sin prisa. Dejo que me recorra como lo haría la mano de una niña abandonada en una caja de cartón ante la puerta de un prostíbulo. La ciudad ignora que yo existo. Me escurro entre portales, columnas, puentes, autos, muros, gente. Soy un fantasma aferrado a su túnica como al último madero de un bosque a punto de zozobrar entre las ruinas de un suburbio en llamas. En cada esquina me aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo. Asechan los ladrones. Los asesinos cumplen su ronda alrededor de los ensueños del paseante solitario. Despiertan exhaustos los amantes al regreso de la dura faena. Si algo le pasara a la isla en peso que llevo en el bolsillo, la lluvia que ha empezado a caer quedaría congelada en el aire y tendríamos que abrirnos paso por entre espadas de hielo. Si algo le pasara a la isla que llevo en el bolsillo. Me resguardo en la barra de un bar del barrio La Concordia y pido una cerveza y un reloj. Busco el aturdimiento en el reloj y la hora exacta en la cerveza. Escribo este poema al dorso de la carta donde me advierten que debo seis meses de alquiler. ¿Será muy tarde ya para rendirle cuentas de las derrotas de anoche a la noche de las derrotas de mañana? En la mesa contigua un hombre llora, otro habla con la sombra de un barco que navega desconsoladamente en la pared. Yo pago la cerveza y vuelvo a la intemperie de un mundo que gira a la velocidad de un lirio. Sí, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar.

Alberto Rodríguez Tosca (Artemisa, La Habana, 1962-)

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