domingo, diciembre 15, 2019

Cultura

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Tomado del texto “Evolución y otras historias de la biología”, Josefina Cano. www.ciertaciencia.blogspot.com, abril de 2010

Que la vieja y nociva idea de la supremacía racial está aun vigente es la publicación de un libro escrito por dos antropólogos estadounidenses, uno venido de la física y el otro de la genética titulado The 10.000 Year Explosion (Basic Books 2009). El libro se mete en los problemas más álgidos de la evolución y la cultura: La evolución biológica de los seres humanos, dicen los autores, no se detuvo alrededor de los 50.000 años que marcaron la salida del hombre moderno de África, sino que al contrario, en los últimos siglos se ha acelerado por los desarrollos culturales de ciertas razas.

Sus argumentos se basan en formular que los cambios que se están acumulando en el ADN humano a una gran velocidad producirán variantes que serán blanco de la selección natural, hecho que para los autores confirma que el darwinismo sigue andando y comandando nuestro futuro como especie. Este razonamiento y diversas consideraciones históricas los lleva a proponer que los judíos asquenazí, sometidos a presiones selectivas (léase persecuciones) se convirtieron en el grupo humano con más inteligencia, medida ésta por un muy alto Coeficiente Intelectual (CI), que explica su preponderancia actual sobre los otros grupos humanos y su dominio intelectual; la idea de una humanidad única, como el grupo biológico que es, “se vuelve tonta, da risa y no tiene ningún sentido” aseguran los autores.

Un tema tan complejo como éste amerita una buena repasada a las ideas fundamentales de la evolución humana, de la validez de las medidas de inteligencia como el CI, del papel limitado de los genes, del determinismo biológico y de la importancia de la cultura comandando los procesos que diferenciaron al hombre del resto de los animales.

El gran paleontólogo y divulgador de la ciencia, Stephen J. Gould, escribió, con la autoridad que le dieron años de investigación de fósiles y miles de artículos publicados sobre el tema: “No ha habido cambios biológicos en los humanos en los últimos 40 o 50 mil años. Todo lo que llamamos cultura y civilización lo hemos construido con el mismo cuerpo y el mismo cerebro”. Ernst Mayr, tal vez el más grande evolucionista de todos los tiempos remata: “Algo debió pasar para disminuir la presión selectiva drásticamente. Nosotros no podemos escapar a la conclusión de que la evolución del hombre de pronto se paró”

¿Cuáles son las consecuencias de esta idea capital? Si la evolución biológica, si el cambio físico se detuvo, qué fue lo que nos levantó del piso y nos llevó a la exploración del espacio, la conquista de prácticamente todos los climas de la tierra, el control de las enfermedades, la explosión de las artes?

Una vez conseguida la estructura biológica de los humanos, a través de millones de años de ensayo y error y en un proceso estrictamente darwiniano, estructura que nos equipó con los rasgos del hombre moderno que todos podemos reconocer al mirarnos en un espejo y con el cerebro que le permite a usted leer lo que escribo, se inició el gran camino que nos separaría definitivamente del resto de animales: La evolución cultural. Ésta, a diferencia de la darwiniana, opera de una forma diferente.

En la evolución darwiniana por selección natural, los cambios ocurren al azar, no son buenos o malos, suceden. Lo que los vuelve buenos o malos es el entorno, el medio ambiente; éste, cambiando continuamente decide cuáles alteraciones se avienen mejor, llevando a una ventaja reproductiva que se transmitirá a la descendencia de los favorecidos. Este proceso opera en los genes o en los organismos y se fija por lo que conocemos como selección y adaptación.

La evolución cultural, a cambio, es un proceso dirigido, no al azar. Lo que se aprende en una generación y se adquiere en una generación se transmite a la siguiente. El conocimiento acumulado en un grupo humano, divulgado por los distintos medios de comunicación, pasa a ser de dominio general. Las modas son una buena ilustración. Los resultados de la evolución cultural no se fijan en los genes, se fijan en la memoria cultural de los pueblos dado que un cambio ocurrido en un organismo sin involucrar al sistema reproductivo, y por ello a los genes, no se hereda. Si, por causa de guerras y desgracias políticas, un grupo humano tiene que abandonar su entorno y vivir en otro diferente, rápidamente las costumbres del nuevo pasan a ser parte de su vida. Sus genes siguen siendo los mismos, pero su expresión cultural es diferente.

Como los seres humanos son los animales más complejos que habitan la tierra, las interacciones entre evolución biológica y cultural no siempre son tan sencillas como lo hemos escrito. Es indudable que si un individuo es educado en un ambiente privilegiado y en su vida adulta continúa recibiendo estímulos intelectuales grandes, sus hijos recibirán un legado más rico en conocimiento que los descendientes de un individuo que apenas ha sobrevivido a hambrunas y enfermedades. Sin embargo esto sólo indica una tendencia. Puede pasar que los hijos de mucho bienestar económico se dediquen al ocio y malbaraten su vida y que los hijos que han tenido que batallar sean al final personas ejemplares.

Así como el desarrollo de la genética nos ha abierto tantas puertas, entre ellas la de “conocer nuestro genoma”, también nos ha abierto las puertas de la arrogancia y la insensatez. Si bien es cierto que ya es posible seleccionar y descartar en el laboratorio embriones que llevan en sus genes el destino de una enfermedad incompatible con una vida normal, también es cierto que no se podrá hacer lo mismo con la inteligencia, pues sin duda hay cientos de genes, nunca un único gen, que participan, en una compleja red de procesos biológicos, en su expresión.

Si a la extrema complejidad biológica que está por detrás del concepto de inteligencia le agregamos la influencia del entorno, la idea de medirla con parámetros que ya deberían estar fuera de uso en una aproximación científica seria no tiene sentido. Por esta razón, cualquier análisis que pretenda reducir la inteligencia a unos cuantos parámetros siempre andará cojo. Eso es precisamente lo que les pasa a los autores del libro The 10.000 Year Explosion. Para ellos la inteligencia es una colección de habilidades y capacidades innatas, fijas y determinadas por los genes.

Estamos delante de uno de los ejemplos más claros de determinismo biológico y, del barato. Empecemos por el CI. Lo que hoy se conoce, se usa y abusa como medida de un intelecto mayor fue en su origen una prueba diseñada por Alfred Binet para encontrar en las escuelas niños con problemas de aprendizaje. Encomendado por el gobierno francés, Binet hizo su trabajo y construyó una escala para encontrar las diferencias en el rendimiento escolar, muchas de ellas ocasionadas por malas condiciones de nutrición o de descuido en las familias. Recomendó para esos niños más atención y diseñó un método para enseñarles a aprender.

En Estados Unidos, la escala pronto se convirtió en una medida de discriminación y atropellos. Se llegó a decir que los negros habían sido creados por aparte, muy próximos a las bestias, pues sus CI eran bajísimos comparados con los de los blancos. De ahí en adelante sigue toda una historia de abusos. En rigor, el CI no permite medir la inteligencia porque las cualidades intelectuales no pueden superponerse y por tanto es imposible medirlas como se hace con las superficies lineales.

En los años noventa del siglo pasado se publicó un libro que causó polémica y estupor en algunos pero que para otros fue una prueba más de la supuesta inferioridad intelectual de los negros: La Curva de Bell. Llovieron los artículos en libros y revistas de ciencia denunciando la estupidez y la mala intención del libro, porque presentaba resultados amañados, mentirosos o mal interpretados. Críticas y denuncias cayeron en el cómodo vacío de los que ven un mundo mejor sin la presencia “incómoda” de los negros, iluminado con la luz de quienes tienen supuestos CIs más altos y acordes con lo que ellos definen como una raza superior.

Hace un par de años, James Watson, el codescubridor del ADN, puso al día el prejuicio racial con unas declaraciones que le costaron su puesto pero que de igual manera cayeron en el campo fértil de los racistas.

Nunca se podrá demostrar, con datos científicos contundentes, la existencia de genes que marquen diferencias en la inteligencia de los grupos humanos. La especulación sin embargo siempre estará al día, aportando supuestas pruebas de lo contrario. Y, cuando quienes tienen el poder necesiten en qué apoyarse para justificar sus acciones, siempre habrá científicos listos a proveerlos de falsas pruebas.

Que los judíos asquenazí sean más inteligentes porque siendo un porcentaje bajo de la población mundial tengan el número más alto de premios Nobel, según argumentan los autores del libro que miramos, está por verse. De perseguidos en la historia han pasado a perseguidores y gozando de la libertad recién adquirida, algunos de ellos tratan de ponerle un vestido nuevo al viejo y oscuro lastre del racismo. Reducir la complejidad de la historia reciente de la civilización a la acción de un puñado de genes, aparte de ser el ejemplo más rampante de determinismo biológico es por decir lo menos, torpe y un peligroso acercamiento al fascismo.

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