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El enigma de la vida

El enigma de la vida

Klaus Ziegler, El Espectador, Bogotá, enero 27 de 2009

Desentrañar el misterio de la vida ha sido la mayor ilusión del hombre de ciencia.

Sabemos que esta extravagancia de la materia existe en la Tierra desde hace más de 3 500 millones de años, y que en sus distintas formas, desde las más elementales hasta las más complejas, la vida es una sola. Varios millones de especies que pueblan el planeta descienden sin excepción de organismos unicelulares que habitaron los profundos respiraderos hidrotermales de los desolados mares primigenios, al amparo de la inclemente radiación ultravioleta del nuevo Sol, y de la incesante lluvia de remanentes de la creación del sistema solar.

Hace más de medio siglo, un joven químico, Stanley Miller, en su afán de encontrar el enigmático Élan vital, preparó un caldo de metano, hidrógeno, amoníaco y vapor de agua en un matraz esterilizado el cual sometió a continuas descargas eléctricas, simulando —según se suponía en su momento— las condiciones prevalentes en la primitiva atmósfera terrestre. Para sorpresa de Miller y de su director de tesis, el premio Nobel Harold Urey, en pocos días el caldo se había transformado en una espuma de color marrón: Miller había logrado cocinar una sopa prebiótica rica en aminoácidos, los bloques fundamentales que componen las proteínas de todos los seres vivientes.

“Si Dios no creó la vida de esta manera desaprovechó una buena oportunidad”, comentó lleno de optimismo Urey, convencido de que unos pocos chispazos más era todo lo que faltaba para dar con la receta definitiva, cuando en realidad los verdaderos problemas apenas comenzaban.

Las proteínas son moléculas gigantes que se fabrican en el interior de la célula, y están conformadas por interminables secuencias de aminoácidos. Su confección requiere la colaboración de otras proteínas, las enzimas, diminutas maquinitas químicas que nadan por el citoplasma celular, cortando y pegando otras moléculas bajo las órdenes precisas del ADN. Entonces, como en el viejo acertijo del huevo y la gallina, ¿qué fue primero, la proteína o el ADN?, una paradoja inevitable si tenemos en cuenta que el ensamble repentino de miles de aminoácidos que conforman una proteína compleja –digamos, la hemoglobina— es tan improbable como que un chimpancé tecleando al azar en un computador escriba el Quijote.

Algunos científicos, entre quienes se encuentra el investigador colombiano Alonso Ricardo, han propuesto escenarios plausibles para explicar la aparición de las primeras moléculas con capacidad de replicarse. Para el científico colombiano, es posible que mucho antes del reino del ADN haya existido un mundo arcaico dominado por algún ancestro del acido ribonucleico (ARN), capaz de realizar sus propios procesos catalíticos, y del cual quedarían vestigios en los ribosomas de nuestras células.

Los nucleótidos que conforman el ARN pudieron haberse formado a partir de compuestos químicos simples, como cianuro, acetileno, formaldehido y agua, según lo demostraron hace unos años investigadores de la Universidad de Manchester. El bioquímico John Sutherland y sus colaboradores lograron sintetizar a partir de estos y otros compuestos presentes en los mares primitivos lo que pudo haber sido el precursor de todos los nucleótidos: un simple fragmento de azúcar ligado a un pedazo de base nucléica.

Una vez formados los nucleótidos, subsiste el delicado problema de unir unos con otros para fabricar ARN. Este paso definitivo es un misterio de la química prebiótica que la madre naturaleza se niega a revelar. Algunos investigadores conjeturan que pudo darse gracias a propiedades intrínsecas de algunos minerales de arcilla que facilitan el enlace de moléculas reactivas, y que ayudaron a acoplar unas cuantas decenas de nucleótidos, dando origen a minúsculos fragmentos de ARN. Una vez constituidas, estas frágiles moléculas pudieron haber encontrado refugio seguro en el interior de diminutas burbujas de ácidos grasos, creándose así las primeras protocélulas.

Si esas hipótesis resultan válidas, la vida estaría destinada a emerger, y sería un evento cósmico más frecuente de lo que podríamos imaginar. Otros científicos, sin embargo, se inclinan a pensar que la vida es un suceso accidental, fruto de una semilla irrepetible que llegó de algún confín del espacio exterior abordo del meteorito providencial encargado de preservarla durante milenios, antes de diseminarla finalmente en este remoto rincón del universo.

Para los proponentes del diseño inteligente y los creacionistas rasos, las dificultades que enfrentan los investigadores para explicar el origen de la vida corroboran su creencia en la necesidad de la intervención divina. Pero el espíritu inquisitivo y escéptico de muchos hombres de ciencia no se satisface con actos de fe. Para ellos la vida, su misterioso origen y la cuestión de su ubiquidad, son un desafío; quizás el más grande que enfrente la razón.

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