domingo, diciembre 15, 2019

El error de Descartes

El error de Descartes

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, abril 25 de 2010

“Pienso luego existo”, “Cogito ergo sum”, “Yo pienso luego soy” en cualquiera de esas formas es una de las proposiciones más conocidas de la filosofía, escrita por René Descartes en su famoso texto El Discurso del Método. La proposición cartesiana significa que primero está la idea y después, la materia, concepción defendida inclusive por científicos tan importantes como Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la moderna mecánica cuántica. Schrödinger sostiene que “la materia es una imagen de nuestra mente – por lo tanto la mente es anterior a la materia…”.

El famoso “Pienso luego existo” implica la separación entre mente y cuerpo. En la cuarta parte del Discurso Descartes sostiene claramente que el alma, a quien le corresponde el atributo de pensar, es completamente diferente del cuerpo. A pesar de tan tajante separación Descartes admite que “para pensar es preciso ser”.

Esta es la famosa dualidad entre mente y cuerpo, entre espíritu y materia que fue llevada al apogeo por la escolástica cristiana. Es la separación absoluta entre mente y cuerpo lo que el neurobiólogo Antonio Damasio, de la Universidad de Iowa, califica como el error de Descartes. Damasio le reprocha al “filósofo de la luz” el hecho de haber convencido a los biólogos para que aceptaran mecanismos de relojería, como modelo para explicar los complicados procesos que ocurren en los seres vivos.

El cartesiano “Cogito ergo sum” sugiere que el pensar y la consciencia del pensar, son los sustratos reales del ser. Como Descartes imagina que pensar es una actividad separada del cuerpo, valida el divorcio entre “la cosa pensante” (Res cogitans) y el cuerpo no pensante (Res extensa); pero el desarrollo histórico y embriológico de un ser humano demuestra que primero fue el ser y más tarde devino el pensar: “Somos, y después pensamos, y sólo pensamos en la medida que somos, puesto que el pensamiento está en realidad causado por las estructuras y las operaciones del ser”, puntualiza Damasio. La mente es finalmente el producto más elaborado de la actividad del órgano cerebral, como lo demuestran las investigaciones de la moderna ciencia de la neurobiología y de la biología evolutiva: “La mente… es el producto de los procesos evolutivos que han tenido lugar en el cerebro de los organismos dotados de movimiento”, sostiene acertadamente el científico colombiano Rodolfo Llinás.

La mente de un individuo surge de la constante interacción entre cuerpo y cerebro durante su pasado evolutivo, durante su desarrollo individual y en su momento presente. Sin cuerpo no existe la mente. El cerebro y el resto del cuerpo constituyen un todo indisociable que se integra a través de circuitos bioquímicos y neurales; este todo interactúa permanentemente con el medio ambiente. Por lo tanto, “los fenómenos mentales sólo pueden comprenderse cabalmente en el contexto de la interacción de un organismo con su ambiente”, concluye Antonio Damasio para demostrar cuán errado andaba Descartes con su dualismo mente versus cuerpo. La razón por la cual el pensamiento, la consciencia y los sueños nos pueden resultar tan extraños radica en que parecen generarse sin relación alguna con el mundo externo.

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