lunes, diciembre 16, 2019

El principio antrópico y la ilusión del diseño

El principio antrópico y la ilusión del diseño

Guillermo Guevara Pardo, Tribuna Magisterial, Bogotá, noviembre 29 de 2009

Vivimos en un mundo lleno de artefactos que han sido intencionalmente diseñados para cumplir con determinadas funciones: lápices para escribir, telescopios para observar otros mundos, relojes para marcar el inexorable paso del tiempo y un largo etcétera de artilugios que existen desde tiempos inmemoriales. El diario contacto con ellos hace que el sentido común nos lleve a creer que la complejidad del universo y de todo lo que en él existe, también requiere de la acción previa de un diseñador. Además, la profunda brecha que separa nuestras mentes de la de los demás animales nos ha creado la ilusión de que todo estuvo conscientemente predeterminado para que, pasado el tiempo, pudiéramos surgir en este planeta.

Pero lo cierto es que la vida siempre emergerá donde las condiciones físicas y químicas lo permitan; si no hubiera sido en la Tierra, en cualquier otro planeta de esta u otra galaxia, hubiera sucedido. De modo que no puede ser motivo de asombro que la vida haya florecido precisamente aquí, pues dadas las leyes físicas y químicas que conocemos, la vida tiene una alta probabilidad de surgir en cualquier otro lugar del infinito cosmos. Sólo será cuestión de tiempo encontrar esos lugares.

Sin embargo los defensores del diseño inteligente han argumentado que toda ordenación compleja implica una planificación o diseño, de lo cual se pasa a postular la existencia de un creador sobrenatural. Una argumentación de este tipo ya había sido defendida en 1802 por el reverendo anglicano William Paley en su libro Teología Natural: si los mecanismos artificiales han sido proyectados por una mente, lo mismo ha de ocurrir con los mecanismos naturales.

Algunos científicos han recurrido al llamado “principio antrópico” para explicar el problema del orden cósmico. El susodicho principio es definido por el renombrado Stephen Hawking de la siguiente manera: “Vemos el universo en la forma que es porque nosotros existimos”. Es decir, que la presencia de seres humanos es la responsable de la estructura del universo. Pero entonces surge la pregunta: ¿de qué dependía la estructura del cosmos cuando no había seres humanos? En la definición de Hawking hay una especie de predestinación: el cosmos presenta una estructura intencionalmente organizada para permitir el surgimiento de seres pensantes. Pero eso no es cierto. Lo que ha sucedido es que en ciertos lugares del universo las particulares condiciones del movimiento de la materia hicieron que la vida surgiera y que la relación dialéctica de azar y necesidad llevara al florecimiento del pensamiento consciente.

El término “principio antrópico” fue acuñado en 1973 por el físico teórico australiano Brandon Carter cuando sostuvo que “aunque nuestra posición no es necesariamente céntrica, es inevitablemente privilegiada en cierto sentido”. Siglos antes el poeta romano Tito Lucrecio Caro ya había escrito que “el mundo no ha sido creado para nosotros por obra divina”.

Hay una estrecha vinculación entre la existencia de regularidades en el comportamiento de las leyes físicas y la infinita posibilidad que tenemos de preguntarnos acerca de esas regularidades. En el universo existen unas constantes llamadas fundamentales cuyos valores algunos científicos han calificado de desconcertantes pues hasta ahora ninguna teoría física ha sido capaz de explicarlas racionalmente, como es el caso del valor de la velocidad de la luz, el de la constante de Planck o la intensidad de cada una de las cuatro fuerzas de la naturaleza. Esas constantes hacen que el universo que conocemos sea tal como es. Si el valor de alguna de ellas hubiera variado en la más mínima proporción, el cosmos no sería el mismo y no se habría podido desarrollar la vida en nuestro planeta pues la física y la química habrían sido incompatibles con ella.

Una consecuencia inevitable del principio antrópico es postular un inicio para el universo y suponer que en ese momento las condiciones fueron cuidadosamente elegidas para que pudieran surgir seres pensantes. El hecho de que algunas propiedades fundamentales del universo presenten valores que parecen estar tan finamente ajustados para permitir el desarrollo de la vida, no implica necesariamente la intervención de un propósito divino; que aún no podamos comprender esa feliz coincidencia numérica es un reflejo de lo mucho que todavía nos queda por conocer acerca del comportamiento de la materia en las condiciones del universo hace unos 14 mil millones de años. Tal vez la respuesta se encuentre en la teoría física que emerja de la síntesis entre la mecánica cuántica y la teoría general de la relatividad. Dicha teoría no tendría que recurrir a la especulación del principio antrópico para demostrar que, sin importar si la vida existe o no, la proporción entre la masa del protón y la del electrón debe ser 1836 y no otro valor, así como la relación entre la circunferencia de un círculo y su radio es 3,1416 en la geometría euclidiana. Un conocimiento más profundo de las leyes de la física mostrará la razón de ser del valor de esas constantes y demostrará que no hay elementos arbitrarios en la evolución del universo. Del principio antrópico no se pueden deducir consecuencias experimentalmente comprobables; la verdad es que dicho principio es una forma velada de introducir explicaciones religiosas en las cuestiones de la ciencia.

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