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Mientras peor está la carretera, más caro es el peaje

Mientras peor está la carretera, más caro es el peaje

JUAN GOSSAÍN / 14 de mayo de 2014 El Tiempo

Aunque los pagos son para mantener la vía, en Colombia pasa lo contrario

Les voy a contar cuál es la manera más sencilla de convertir un paseo en una pesadilla.

Usted lleva varios meses ahorrando para pasar el próximo puente festivo en un hotelito del campo. Sueña despierto con una cerveza helada a la orilla de la piscina. La noche anterior, los niños preparan balones y patines. Su señora se trasnocha metiendo en la maleta los vestidos de baño y un bronceador. Usted se para frente al espejo a medirse la gorra de beisbolista que su primo Rilo le mandó de Miami en Navidad.

Al amanecer del sábado salen felices, pero la fiesta empieza a aguarse apenas llegan al primer peaje. La carretera está en unas condiciones tan deplorables y la caseta de cobro es tan lastimosa que la fila de automóviles se extiende hasta el próximo pueblo. Cuando llevan media hora sin poderse mover, su señora dice que tiene ganas de ir al baño, pero baño no hay. El niño menorcito, desesperado, arranca a llorar. Todavía no han llegado a su destino y ya usted está pensando en los sinsabores del regreso. ¿Por qué no existe un sistema de pagos automáticos, como en cualquier parte del mundo?

Usted se detiene por fin en la ventanilla. Le cobran como si estuviera transitando por la autopista que conduce al cielo. Se supone que cada peaje que uno paga sirve para mantener la respectiva carretera. Pero en Colombia, que es tierra de las cosas insólitas, lo que uno descubre es que no hay equidad entre una cosa y la otra: cuanto más caro es el peaje, peor está la carretera. Parece que fuera una norma.

carretrasLos más caros de América

Otra contradicción es que, mientras más corta es la carretera, más costoso es el peaje. Mírelo usted mismo: en la salida de Bogotá hacia la zona de Chusacá hay un peaje que cuesta 8.300 pesos por cada trayecto. Pero la vía solo tiene 53 kilómetros de largo. Entre Cartagena y el municipio que le queda más cerca, Turbaco, la situación es peor: hay una distancia de apenas 10 kilómetros pero con dos peajes. Cuestan 4.200 pesos. Échele lápiz y verá: le cobran 42 centavos cada vez que el carro pisa un metro de camino. Ni que fuera de oro.

Según los estudios más serios y confiables, el 80 por ciento de nuestras carreteras está en un estado que va de malo a regular. El 44 por ciento es definitivamente malo. Pero hay 90 peajes en todo el territorio nacional, de los cuales 25 han sido adjudicados en concesión a empresarios particulares, sobre todo en los tres últimos gobiernos: Pastrana, Uribe y Santos.

Cada vez que alguien protesta en las redes sociales, los funcionarios del Gobierno replican en internet diciendo que son más caros los peajes en El Salvador y México, pero se les olvida decir que en El Salvador la ley ordena que solo haya un peaje cada 300 kilómetros. En México, las carreteras son excelentes, y, además, por norma, paralelas a cada autopista existen las llamadas “carreteras federales”, más modestas pero gratuitas. Uno escoge.

A qué extremos habremos llegado que, según la Federación Colombiana de Transportadores de Carga (Colfecar), los peajes que se pagan en Colombia “son los más costosos del mundo y representan el 11 por ciento de todos los costos operativos del transporte de carga”.

Todos somos víctimas

Como si fuera poco, ese cobro desmesurado encarece el precio del pasaje en bus a los colombianos más pobres, que viven en aldeas y veredas. Por causa del peaje el costo de alimentos y medicinas es más alto en los pueblos olvidados, que son, por eso mismo, los que viven siempre en una miseria mayor. Lo cual no significa, ni mucho menos, que las grandes urbes escapen a ese atropello: en dos de las salidas de Bogotá, hacia las poblaciones anexas de Chía y La Calera, las vías son un desastre y el pago demora hasta dos horas, pero los peajes están entre los más caros de Colombia. Para qué hablamos de la carretera que va hacia Honda.

En Francia, nación desarrollada y de vida cara, donde la gente gana en euros, atravesar el país completo por carretera, desde España hasta Suiza, cuesta 60.000 pesos colombianos en peajes. Saliendo de Quito, la capital de Ecuador, los peajes valen 1.500 pesos colombianos por cada cien kilómetros. Y las carreteras son mucho mejores que las nuestras.

En Colombia, la situación es diametralmente contraria. Si usted vive en Barranquilla y se prepara para visitar a una tía que cumple años en Cartagena, haga cuentas: la sola ruta de ida le cuesta 18.000 pesos. Y eso que apenas son 132 kilómetros. El peaje completo, de ida y vuelta, vale 36.000 pesos.

Es más barato ir a China

Hablemos del otro costado, la costa del Pacífico. Agárrese: para mandar una tonelada de carga de Bogotá a China valen más los peajes entre Bogotá y Buenaventura que todo el viaje por mar de Buenaventura a China. Pero después quieren que el país sea exportador y competitivo.

El periodista Carlos Camacho, del diario Portafolio, se tomó el trabajo de elaborar el escalafón de los peajes más abusivos. Encontró, por ejemplo, que para ir de Bogotá a Manizales, pasando por Armenia y Pereira, hay que pagar 10 peajes en 340 kilómetros. Cuestan 70.000 pesos.

En el solo trayecto Bogotá-Cali han instalado una caseta de peaje cada 37 kilómetros. En esa ruta están el tramo inconcluso de La Línea y la pomposa Autopista del Café, que no es del café ni es autopista.

El trofeo se lo gana la carretera entre Bogotá y Rumichaca, en la frontera con Ecuador: tiene 22 peajes. El segundo lugar lo ocupan los pueblos y ciudades que se arraciman en el oriente antioqueño, partiendo de Medellín, donde hay 13 peajes.

Y ahora, en las calles

Si es así, y cobran lo que cobran, qué tal que esas carreteras estuvieran señalizadas o contaran con verdaderos servicios de grúas y baños limpios, o que los particulares que se ganan semejantes loterías cumplieran con su obligación de hacerles mantenimiento. Costaría más el peaje que el carro de uno. Y eso que no hemos hecho hasta ahora la pregunta más dolorosa: ¿cuántos accidentes trágicos se deben al lamentable estado de las carreteras?

El ojo que es llorón, y le echan sal. El niño que llora, y la madre que lo pellizca. Tras de cotudos, con paperas, dicen, sabiamente, los campesinos huilenses. Como éramos pocos, parió la abuela, exclaman con desconsuelo las gentes de mi tierra: hace cinco meses, en diciembre pasado, el Gobierno Nacional expidió un decreto, bautizado con el número 2883, por el cual se autoriza a las ciudades colombianas para instalar peajes urbanos. Es decir, en sus propias calles.

Me imagino desde ahora la jauría de concesionarios y contratistas ladrando detrás de semejante presa. El Gobierno justifica su decreto al afirmar, con cierto aire ladino, que es para resolver el problema de los trancones, la contaminación y las angustias cotidianas que agobian a la gente. Hasta les creeríamos si no fuera porque a los colombianos nos han enseñado a desconfiar de peajes y concesiones.

Las calzadas descalzadas

Entonces, se pregunta uno, ¿para qué ha servido el pico y placa? ¿Y entonces para qué es el impuesto de rodamiento que cada año nos cobran los municipios por usar las calles con nuestro carro? ¿Y qué se hizo la sobretasa para arreglar carreteras que nos cobran al comprar gasolina a precio de ricos en país de pobres? ¿Y por qué en Colombia nadie construye una calle nueva desde hace treinta o cuarenta años?

Ese cuento de remediar trancones instalando peajes en los barrios me recuerda aquella vieja historia del marido que, como tenía motivos para desconfiar de su esposa, arregló el asunto vendiendo el sofá. Es como prohibir el automóvil para evitar los accidentes.

Este mismo periódico protestaba, hace tres años, en junio del 2011, sobre el caso de Bogotá: “Al llegar a las casetas de peaje de la autopista Norte, la calle 13 o la calle 80, se aprecian hasta seis carriles, pero una vez se sale del peaje, la carretera se reduce a un carril en cada dirección”.

Esa es la misma trampa que nos están aplicando ahora en las carreteras más importantes del país, porque, como suele suceder en Colombia, con el paso del tiempo las cosas han empeorado en vez de mejorar.

A la salida de Barranquilla hacia Cartagena, pongamos por caso, hay hermosas calzadas dobles, triples y hasta cuádruples, imponentes, arborizadas y con señales, pero desaparecen un poco más allá. Solo vuelven a aparecer, un poco más acá, cuando uno se acerca a Cartagena. De resto, la misma carreterita de dos carriles. Lo cual me ha permitido sacar una conclusión que sería cómica si no fuera trágica: la doble calzada, en Colombia, solo sirve para llegar más rápido al trancón.

Epílogo

Usted y los suyos ya están de regreso. Al atardecer del lunes festivo usted y su familia retornan de su famoso paseo. Llegan a la caseta ruinosa del peaje. No quiero anticiparle nada para no dañarle el final de su excursión, pero le advierto que el regreso es peor que la ida. Porque somos el único país del mundo donde se paga por disfrutar los placeres de un trancón.

Usted coge una rabia y jura que hay que hacer algo. No hace nada. Al día siguiente se le olvida, vuelve a su trabajo, a la rutina cotidiana de la manada. Siempre es lo mismo. Aquí nadie se indigna. Mientras termino de escribir estas líneas, y por alguna extraña razón, una frase empieza darme vueltas en la cabeza. No sé si la soñé anoche o la leí en alguna parte. Dice así: “Todo pueblo de ovejas acaba gobernado por los lobos”.

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