Las transformaciones económicas a nivel global ocurridas en las últimas décadas, han traído consecuencias negativas especialmente para los y las trabajadoras. Después de un siglo de sumar luchas por el reconocimiento de derechos, mejores condiciones en el trabajo y creación y consolidación de un sistema de seguridad social, las teorías económicas sobre el trabajo que lo consideran un costo que reduce las ganancias de las empresas han ganado terreno. No pocas reformas se han realizado para materializar estas ideas, generalmente orientadas a buscar una mayor flexibilidad en la contratación y despido.

Las propuestas de reformas planteadas en el sentido de reducir la carga salarial y no salarial para las empresas, sin considerar las
debilidades estructurales de la economía colombiana, provocarán un desmejoramiento de las condiciones de trabajo y de la capacidad productiva del país.

Un abordaje completo de la situación laboral debe considerar en primer orden la baja empresarización, la poca capacidad de
generación de valor agregado, la concentración en actividades de simple intermediación sin involucrar la producción nacional,
los pocos encadenamientos productivos y el posicionamiento en competitividad del país frente a sus principales socios comerciales. Cualquier reforma económica que no tenga en cuenta estos aspectos relevantes, cae en la trampa de buscar una redistribución de la carga dentro del mismo escenario de bajo crecimiento económico y alta concentración de la riqueza. Por eso, antes que una reforma laboral, lo que necesita urgentemente el país es una reforma a la estructura productiva y a los acuerdos comerciales, las principales causas de la poca capacidad de creación de riqueza y escasa vinculación de la fuerza de trabajo a la producción.

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