DEL OSCURANTISMO POSMODERNO Y LA POCA CLARIDAD DE UN BREBAJE QUE CURA EL CÁNCER

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Por: Guillermo Guevara Pardo

La filosofía no es una entelequia sin ninguna conexión con el mundo real. El posmodernismo es una corriente filosófica que sirve a los intereses económicos del neoliberalismo. No en vano su inicio y auge coincide con las transformaciones neoliberales impulsadas durante los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Hay que recordar lo que este último dijo en 1967: para el mal actor convertido en peor Presidente, el Estado “no tiene por qué subsidiar la curiosidad intelectual”. No es coincidencia, que años después, Martha Lucía Ramírez, vicepresidenta de Colombia, sostenga que la investigación en ciencia básica “es solo vanidad”. Esto explica que al frente del recién creado Ministerio de Ciencia y Tecnología se haya puesto a la bióloga Mabel Torres quien, dándole la espalda al método científico, elaboró “una bebida líquida funcional con ganoderma [un hongo] y otros extractos de frutas del Pacífico” con la que supuestamente tuvo “casos positivos de resolución en cáncer de cérvix, seno y cerebro, especialmente”. Así es como el gobierno del subpresidente Iván Duque pontifica sobre el «emprendimiento» y la cacareada Economía Naranja. Para los fieles creyentes en el posmodernismo no hay ningún problema en saltarse los estrictos cánones que rigen la investigación científica, pues como no hay “estándares objetivos y universales, todo vale por igual: la filantropía y el canibalismo, la ciencia y la magia, tu virtud y mi vicio” escribió en su momento el físico y epistemólogo argentino Mario Bunge. Es así como ciencia y seudociencia terminan en pie de igualdad y que uno de los gurúes del relativismo filosófico pregonado por el posmodernismo, Paul Feyerabend, reclamara que “una distinción entre ciencia y seudociencia no es ni posible, ni deseable”. Tan anárquica concepción contrasta con la clara y precisa del matemático italiano Carlo Frabetti, que sin ningún asomo de duda considera: “La seudociencia no solo es la peor enemiga de la ciencia (después de la religión, que constituye un capítulo aparte), sino de la racionalidad misma y de la cultura en su conjunto…”. No puede haber ninguna duda de que la distinción tiene que ser posible y deseable en la lucha sin cuartel por defender la integridad del pensamiento racional.

El significado más común de la palabra relativismo tiene que ver con la afirmación de que se puede atribuir un peso o valor equivalente a cualquier explicación posible, pues no existe un criterio objetivamente válido para decidir cuál de todas las opciones es la verdadera, ya que toda afirmación depende de las condiciones o contextos de la persona o grupo que la afirma: conocimiento ancestral y conocimiento científico tienen el mismo grado de validez y una investigación sobre las propiedades curativas del ganoderma se puede hacer separándose de la ciencia y hacerse “desde las emociones”. No se pretende negar la posibilidad de que en el hongo de marras haya moléculas con potencial anticancerígeno, pero ellas no se podrán encontrar y probar parándose en la imprecisa orilla de las emociones, sino caminando por la acera segura de la ciencia. Citando otra vez a Bunge, “el conocimiento objetivo, apoyado en pruebas firmes y teorías válidas es muy superior a las corazonadas”.

El relativismo epistémico sostiene que la ciencia no es más que un «mito útil», una «narración», una «construcción social» u «otra forma de hacer política». Consideraciones semejantes tuvieron algunos científicos alemanes antes que el nazismo llegara al poder cuando impulsaron la creación de una «ciencia aria» que suplantara a la existente, la cual ponían en tela de juicio. La nueva ciencia se basaría más en principios intuitivos que en aquellos derivados de la teoría; en el éter, lugar de residencia del Geist (espíritu); se consideraría un constructo social donde el origen racial del observador «afecta directamente la perspectiva de su obra» de tal manera que científicos de razas no arias no estaban cualificados para trabajar en ciencia; el materialismo, fundamento del marxismo, debía ser completamente erradicado de la ciencia; la práctica científica se basaría no en la prioridad de la materia, sino en la del espíritu; la objetividad en la ciencia se consideraba como una tetra de los profesores universitarios para defender sus intereses. Para Adolfo Hitler: “Asistimos al fin de la Edad de la Razón […] Una nueva era caracterizada por la explicación mágica del mundo está surgiendo, una explicación basada en la voluntad antes que en el conocimiento: la verdad no existe, ni en el sentido moral ni en el científico […] La ciencia es un fenómeno social, y por tanto está limitada por la utilidad o por el daño que produce. Con su eslogan sobre la objetividad de la ciencia, la comunidad universitaria solo busca liberarse de la tan necesaria supervisión del Estado. Eso que llaman crisis de la ciencia no es más que los hombres empiezan a descubrir por sí mismos que han tomado el camino equivocado abrazando la objetividad y la autonomía”.

Otro personaje, Václav Havel (dramaturgo, último presidente de Checoslovaquia y primero de la República Checa, premio Príncipe de Asturias, entre otros títulos) y favorito de las potencias económicas del mundo, pregonaba respecto de la ciencia ideas semejantes a las de Hitler. Para Havel las principales causas de los conflictos del siglo XX estaban en el hábito de «pensamiento racional y cognitivo», en la objetividad que se ha deshumanizado y en el «culto a la objetividad». En uno de sus más célebres ensayos que apareció en el New York Times, el dramaturgo nacido en Praga escribía: “La era moderna ha estado dominada por la creciente creencia, expresada de distintas maneras, de que el mundo –y por tanto el Ser− es un sistema totalmente reconocible gobernado por un número finito de leyes universales que el hombre es capaz de comprender y moldear en beneficio propio […] Esta era…se caracterizó por el rápido avance del pensamiento racional, cognitivo. Ello a su vez desembocó en la orgullosa creencia de que el hombre, en tanto pináculo de todo lo que existe, era capaz de describir de forma objetiva, de explicar y controlar todo lo que existe, y de poseer la única verdad sobre el mundo. Fue esta una era en la que se dio el culto a la objetividad despersonalizada, una era en que el conocimiento objetivo se amasó y explotó tecnológicamente […] Una era de ideologías, doctrinas, interpretaciones de la realidad, una era en la que el objetivo último consistía en encontrar una teoría universal del mundo, y con ella, la llave a la prosperidad universal […] El comunismo fue el resultado de un perversión extrema de esta tendencia […] La caída del comunismo puede interpretarse como una señal de que el pensamiento moderno –que se basa en la premisa de que el mundo es susceptible de ser objetivamente conocido− ha llegado a su crisis última”. Para el conocimiento del mundo el hombre debe desdeñar la objetividad, que está en crisis, según Havel. Lo que el hombre necesita para superar la supuesta crisis de objetividad es “espiritualidad individual, conocimiento personal y de primera mano de las cosas […] y, sobre todo, confiar en su propia subjetividad como su lazo principal de unión con la subjetividad del mundo…”. Así como Hitler aspiraba a la creación de una «ciencia aria», también Havel llamaba a la fundación de una nueva forma de ciencia, una «ciencia que sea nueva, posmoderna».   

¡Qué cerca del espíritu de oscurantismo que destilan el Füher y Havel están los pregoneros del «novísimo» posmodernismo!, concepción que considera la ciencia como uno de los tantos mitos culturales, no más verdadero ni válido que los de cualquier otra cultura. Por ejemplo, la ciencia sostiene que los indígenas americanos proceden de Asia, mientras que una creencia nativista dice que surgieron a la superficie de un hueco situado en el interior de la tierra. Objetivamente una de las dos tesis tiene que ser falsa. La primera cuenta con pruebas recabadas desde el registro fósil y el análisis genético; para la segunda no hay ninguna prueba empírica que la respalde, no se basa en leyes de la naturaleza; puede ser un bello vuelo imaginativo, pero de ahí no pasa. Para evitar la contradicción el arqueólogo británico Roger Anyon, quien durante años estuvo estudiando al pueblo zuni que habita en Nuevo México (Estados Unidos), encuentra esta vía intermedia: “La ciencia es una manera, una entre muchas, de conocer el mundo… La visión de los zuni es tan válida como la que la arqueología nos propone sobre el pasado prehistórico”. Al igual que los escolásticos, los posmodernistas inventan sistemas y terminan forzando los hechos para acomodarlos a sus principios; o como en la teología, donde las verdades surgen por el acuerdo entre las personas y no por el acuerdo con las cosas. Así es como trabajan, por ejemplo, los pregoneros de esa nueva forma del creacionismo llamada diseño inteligente que les permite tener en Petersburgo, Kentucky, un Museo de la Creación donde un dinosaurio comparte la tranquilidad del Edén con Adán y Eva sin importar que la evidencia material dice que eso es completamente falso.

Todo ese anarquismo filosófico lleva a que el citado Feyerabend en su tratado Contra el método plantee esta barbaridad: “Mientras los padres de un niño pueden escoger entre educarlo en el protestantismo, en la fe judía, o suprimir toda instrucción religiosa, no gozan de la misma libertad en el caso de las ciencias, pues resulta obligatorio aprender física, astronomía e historia” y referirse a los docentes con estas desobligantes palabras: “Me gusta muy poco la actitud del educador…que trata sus infelices ideas como si fueran un nuevo sol que ilumina las vidas de los que viven en las tinieblas; desprecio a los maestros que…se revuelcan en la verdad como cerdos en el fango”. Hay que recordar que Feyerabend, durante la Segunda Guerra, hizo parte de las SS alemanas donde alcanzó el grado de teniente, militancia de la cual nunca se arrepintió y que justificó de la siguiente manera: “Porque un hombre de las SS tenía un aspecto mejor, hablaba mejor y caminaba mejor que los mortales corrientes”. Además, en La ciencia en una sociedad libre, se pregunta: “¿Qué tiene de grandioso la ciencia? ¿Qué hace a la ciencia moderna preferible a la ciencia de los aristotélicos o a la cosmología de los Hopi?, según Feyerabend, absolutamente nada. El epistemólogo vienés soñaba con un mundo donde la ciencia “no juegue ningún papel”, el cual “sería más agradable de contemplar” que en el que hoy vivimos. De verdad, ¿es posible que exista un mundo donde no haya ciencia, uno que renuncie a sus aplicaciones tecnológicas? Como para el posmodernismo todos los puntos de vista son válidos y deben ser respetados, entonces la afirmación de que el holocausto nazi haya ocurrido es una cuestión de creencia personal; o deben tener la misma validez el hecho de que el planeta Tierra se originó hace 5.000 millones de años y el cálculo de 1650 del canónigo irlandés James Ussher que dató la creación del mundo la noche anterior al domingo 23 de octubre del año 4004 antes de nuestra era (a.n.e); o a la teoría del diseño inteligente se le debe dar la misma respetabilidad que a la teoría de la evolución darwiniana.

Alan Sokal y Jean Bricmont en su magnífico libro Imposturas Intelectuales definen al posmodernismo como “una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de la tradición racionalista de la Ilustración, por elaboraciones teóricas desconectadas de cualquier prueba empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que considera que la ciencia no es nada más que una “narración”, un “mito” o una construcción social”. Por su parte Alex Callinicos lo rechaza porque no cree que “vivamos en una “nueva era”, en una era “postindustrial y postmoderna” fundamentalmente diferente del modo capitalista de producción que ha dominado el mundo durante los dos siglos anteriores. Niego las principales tesis del postestructuralismo por considerarlas sustancialmente falsas…, gran parte de lo que se ha escrito para sustentar la idea de que vivimos en una época postmoderna me parece de ínfimo calibre intelectual, usualmente superficial, a menudo desinformado y en ocasiones totalmente incoherente”. Vale la pena introducir aquí la aclaración que hace Ana Rioja, Profesora Titular de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid: “…una cosa es reconocer la dimensión social de la ciencia, tanto desde el punto de vista histórico como sistemático, y otra muy diferente convertir el conocimiento científico en mera construcción social. Introducir una perspectiva social e histórica en el estudio de la ciencia en tanto que actividad surgida y llevada a cabo en el seno de una determinada colectividad no significa disolver el contenido mismo de las diversas teorías científicas en el producto consensuado de los miembros de esa colectividad. Ni las leyes físicas tienen el mismo estatuto que las leyes políticas, ni los laboratorios son parlamentos”. 

Algunos de los exponentes más connotados del pensamiento posmoderno han pregonado ideas tan absurdas como el «fin de la historia» supuesto por Francis Fukuyama con lo que supone que para la humanidad, después del capitalismo, no hay nada más: “Somos testigos de la terminación de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización del modelo liberal de democracia como el modelo final de gobierno humano”; la negación de la posibilidad del pensamiento humano para lograr una explicación objetiva de la realidad; idioteces como la de Jaques Lacan de hacer equivalente la erección del miembro sexual masculino a la raíz cuadrada de menos uno, o sea, a un número imaginario; a tratar de establecer una relación entre el lenguaje poético y la teoría matemática de conjuntos, como pretendía Julia Kristeva; a calificar ese monumento científico de la Física, los Principia, de Newton, como poco más que un manual de destrucción lleno de metáforas del científico macho invadiendo y desgarrando la naturaleza en pedazos, como piensa Sandra Harding; a Luce Irigaray plantearse la pregunta de si la más famosa ecuación de la física (E= mc2) “es sexuada”: ella cree que sí, pues la ecuación privilegia “lo que camina más aprisa”. Por su parte Bruno Latour, al conocer la noticia de que Ramsés II pudo haber muerto por tuberculosis hacia el año 1213 a.n.e., comentó que le parecía un anacronismo que al Faraón lo hubiera matado una bacteria que fue descubierta por Robert Koch en 1882 y llegó al extremo de afirmar que “antes de Koch, el bacilo no tiene existencia real”. Para el oscurantismo posmoderno el mundo exterior es una consecuencia del trabajo científico, no su causa; la naturaleza no existe, lo que existe es tan solo una red de comunicaciones entre científicos: “…los supuestos hechos brutos están, en realidad, bien domesticados, hechos por la teoría desde la que se observan, construidos por el lenguaje, por proyecciones antropomórficas, por intereses, presupuestos…”, se pontifica en el Diccionario Crítico de Ciencias Sociales. Si se siguiera la lógica de Latour, entonces tendríamos que aceptar que la radiación cósmica de fondo (el eco del big bang de hace 14.000 millones de años) solamente existe desde 1965 cuando fue descubierta por Arno Penzias y Robert Wilson; que los elementos químicos cumplen la ley de la periodicidad únicamente a partir del momento en que  Mendeleiev los organizó en una tabla periódica; que la realidad física del bosón de Higgs inicia en 2012 cuando fue descubierto en la Gran Colisionador de Hadrones. A estos y otros absurdos se llega cuando se aceptan tan irracionales argumentos. Razonar de esta manera no es aceptable, de hacerlo no existiría la ciencia (que se fundamenta en la razón), nuestro cuerpo de conocimientos sería un caos donde no podría distinguirse con claridad lo razonable de lo absurdo. El posmodernismo reduce la ciencia a un objeto cultural sin ninguna relación con la realidad del mundo ni con la verdad; los objetos de la ciencia (quarks, neutrinos, genes, microbios, dinosaurios, galaxias, fósiles…) no están separados de la sociedad, son fetiches a los que se les concede en determinado momento existencia objetiva, de la misma manera que lo hace cualquier cultura: primero construye estatuas o fetiches y después los dota de autonomía y de eficacia causal. La teórica del feminismo y profesora del programa de Historia de la Conciencia en la Universidad de California, Donna Haraway, lo ha expresado con claridad: “La forma en la ciencia es retórica social creadora de artefactos que configuran el mundo en objetos efectivos. Es una práctica de persuasiones que cambian el mundo y que se disfrazan de maravillosos objetos, tales como microbios, los quarks y los genes”. Con razón Mario Bunge dijo que los militantes de la escuela posmoderna “eran los mayores exportadores de basura intelectual del mundo”.

Otro aspecto particularmente chocante de los filósofos adscritos a la corriente posmodernista, es la tendencia que tienen en sus escritos a emplear un lenguaje rimbombante, oscuro, enredado, con el cual pretenden parecer profundos y decir mucho, dejándole al lector una desagradable sensación de «minusvalía intelectual» cuando en realidad, en muchos casos, están diciendo sandeces con aire de profundidad. Seguramente piensan que todo lo que es claro es de por sí, superficial. La siguiente descripción de las partículas atómicas y del principio de incertidumbre de Heisenberg es un ejemplo patético: “…las partículas son composiciones infinitamente compuestas por puntos de vista no sintetizables, prolijos y elementales, que constituyen un punto de vista holográfico e indivisible como la multiplicidad bergsoniana. Así, la doble naturaleza de la partícula elemental, de la cual no se puede establecer al mismo tiempo su dirección y su posición, implica una composición polifónica irreducible a la suma de estas dos naturalezas que, en cambio, multiplica sus determinaciones”. Frente a este ejemplo cabe citar lo que al respecto dijo Peter Medawar, premio Nobel de Medicina: “El que escribe de forma oscura, o no sabe de lo que habla, o intenta alguna canallada”.