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Santiago Espinosa, febrero 4 de 2011

Aquí y ahora, más que en ningún otro país del mundo, duele la simultaneidad hasta al fondo del hueso, y una experiencia de contrastes fragmenta nuestros días como un muro de infamias o una herida, una trinchera de pestes o miserias; una balanza rota en el turbio de los cerebros. Son las desigualdades esa experiencia. Cualquier lectura del país tendría que volver una y mil veces sobre el mismo punto: Colombia, “el país donde el verde es de todos los colores”, tres cordilleras y un himno hediondo, dos (…)

Aquí y ahora, más que en ningún otro país del mundo, duele la simultaneidad hasta al fondo del hueso, y una experiencia de contrastes fragmenta nuestros días como un muro de infamias o una herida, una trinchera de pestes o miserias; una balanza rota en el turbio de los cerebros. Son las desigualdades esa experiencia. Cualquier lectura del país tendría que volver una y mil veces sobre el mismo punto: Colombia, “el país donde el verde es de todos los colores”, tres cordilleras y un himno hediondo, dos océanos, es el quinto lugar más inequitativo del planeta.

Ya no hay tiempo y espacio que pueda escapar a este aire de contrapuntos. En todos los banquetes o refugios. En las librerías y en las salas de concierto. En los colegios y en las cárceles. En los supermercados y hospitales, en el paisaje. En lo profundo de las calles y lo hondo de los cementerios, se sienta a la injusticia a nuestra mesa, y es ella quien reparte el pan y le da un nombre a los objetos. La que envilece el éxito de las familias felices, anestesia la indignación de los solidarios. La que inunda de rencores y violencias el crisol de estos fracasos.

s cifras de la ONU son más que elocuentes. Según el coeficiente de Gini Colombia sólo es superada en desigualdad por Haití, y hay que ver estos datos después del terremoto. En el mundo por los broncos baldíos de Botswana y Angola, Por Las islas de Coroa que lideran esta lista, aunque no hayan constatado del todo su peregrina existencia. Y esos son todos. Detrás de estos países no queda nadie. Quién defienda la economía colombiana es porque vive bajo el coco de Coroa, delirio bipartito, o porque está borracho y ve las cosas a medias, porque su agudo cinismo ha traspasado la evidencia.

Pero todavía hay más. Uno de cada dos colombianos es pobre, basta una vista desde el aire para que afloren los harapos. Uno de cada cinco colombianos es un indigente, y en este sentido las calles nunca mienten. El desempleo en las ciudades es de un 12.5%, pero aquí nadie habla de Grandes depresiones y si de exitosos burgomaestres. El 60% de los colombianos vive de la informalidad, lo que equivale a que dos de tres sobrevive en los afanes rebusque. La supuesta reactivación económica de Uribe, -y que Santos continúa en sus perversas medicinas-, no es otra cosa que cargarle la mano al que hace arepas, alegrarse en las cifras del ingeniero que hace pinchos o es mensajero, del vendedor ambulante que la misma ley persigue, de la puta que vende su cuerpo en el más singular de los emprendimientos. Y esta la cohesión social con la que las encuestas babean.

¿Qué tienen para decir los expertos en finanzas? ¿Cuál es la insólita alegría de abogados y secuestres, profesores universitarios? ¿La mierda cartesiana de ministros y de curas? ¿Quién puede hablar aquí de buen gobierno o negocios decentes, humanismo o sociedad? ¿Quién puede hacer divisiones sin herir los cuadernos, o usar las balanzas del mercado sin mancharse de sangre? ¿Podría alguien ver la desproporción de nuestros barrios y montañas sin volverse visco? Este no es un país. Es una connivencia entre castas. Una violenta casa de placer que vota sus escombros y basuras frente a otras casas. Un balneario que humilla a sus mujeres para que lleguen los turistas. Que educa a los unos para seguir empobreciendo a los otros. Que premia al que roba el tiempo de los otros con vicios y artimañazas, y hace limpiar las miserias de uno con las manos limpias de los otros. Que cerca y construye en los ladrillos para que no entre el hambre a interrumpir sus comidas, la mugre del mendigo a pervertir sus lechos nupciales, el ruido de los huesos que tiritan a interrumpir canciones o lecturas.

Ciudades que sostienen su palacio de ilusiones sobre la carne ulcerada de otros hombres. Su palacio de ladrillos y cristales en la obediente estupidez de los otros, inducida en la mente por todos los medios y todos los sistemas de coacción. Pueblos feudales que esperan al patrono con la vista baja, de pie bajo el sol y sin sombreros. Un lugar donde toda esperanza de belleza parte de la evasión de un centenar de horrores.

Parece el cuerpo de nuestra sociedad hubiera sido sentenciado por el Rey Salomón, su lógica implacable. La derrota de alguien es la oportunidad de otro. La victoria de unos y otros es el fracaso de ellos o de aquellos. ¿Cabría un espacio para la ética en estas condiciones? ¿Una amistad distinta a la pandilla? ¿Una visión del otro distinta al instrumento o las envidias, el miedo o el rencor? Y hay quien todavía se pregunta por qué no hay armonía o paz en nuestros campos y comunas. Por qué el odio, la envidia, el arribismo y la paranoia. Por qué roban los que roban. Por qué tantos celadores descansado en el hastió como obras de arte abandonadas. Por qué las prostitutas y los recicladotes, los asesinos a sueldo.

Quizás nadie, o al menos en lo que a la poesía respecta, ha llevado estos desgarramientos tan lejos como Juan Manuel Roca en su Biblia de pobres, el que considero el libro de poemas más significativo que se haya escrito en Colombia desde la Morada al sur de Aurelio Arturo.

Dos lacras definen la historia colombiana hasta volverla su esclava: la violencia y la desigualdad. El poeta de Nariño supo contraponer a al horror imaginando una morada de músicas y viento, un naturaleza revelada por la lengua española sin conquista o matanza, pariente del sueño y de la infancia. Morada al sur podría ser una utopía amorosa que redime y conjura los fantasmas de este país violento.

Roca, desde sus propias aventuras y en sus propios lenguajes, contrapondría al recelo de la desigualdad una palabra amiga, que se duele en las heridas del mendigo y la soledad de los derrotados. Con este libro Roca nos recuerda el papel de la solidaridad que habría en toda gran literatura, del Quijote a Cesar Vallejo, ya sea en su vocación de verse en el dolor del otro a través de las palabras, devolviéndole su dignidad, o simplemente en su capacidad de abrir o dibujar una ventana imaginaria: ardid de los viejos anarquistas para sobrellevar el rencor.

Ante el recelo la presencia del humor, quizá el último vestigio del alma que aún no queda. Frente al espanto medieval de este país de desplazados y mendigos, asesinos y “Tartufos”, una literatura solidaria para que los amigos no envilezcan al mismo tiempo que las sociedades. De este libro extraordinario incluyo el poema Paisaje con mendigos, quizá el más doloroso de todo el libro, y que por si solo nos recuerda cuánta miseria hay en las calles de este país indiferente y brutal, cuánto cinismo y anestesia en este diario transcurrir entre flores y pústulas, promesas incumplidas y despojos. Roca, usando los catalejos de lo imaginación, hace un grabado de nuestra ciudades, y el resultado es una épica del desprecio. Se vuelca a los habitantes de la calle que llamamos “desechables”, y en las orillas de lo poético les devuelve una identidad y una historia, algo de la ternura que les fue negada.

Por supuesto, aunque Colombia sea el campeón de las desigualdades, es este un fenómeno típicamente americano. Tiene razón el analista Aurelio Suárez Montoya cuando señala que “si es África es el continente de la pobreza América Latina es el de la desigualdad.” Porque la inequidad es la quintaesencia de una tierra enferma. Y su diagnóstico más alarmante es que en los mismos países en que vive el magnate más poderoso del universo, a diario mueren los niños de hambre o cólera.

Riqueza es el directo resultado de la usurpación a los otros, aquí y en cualquier parte, pero nunca en las mismas proporciones que en estas tierras: barrios fabela y conjuntos cerrados. Ciudades que cambian su paisaje de Madrid a Bruselas y de Bruselas a Calcuta, de Londres a Nairobi y de Nairobi al mismísimo infierno. Más que una urbanística definida lo que hay en las ciudades latinoamericanas es una estrategia caótica para aislar los odios. Algo que garantice la asepsia de los pocos sobre la insólita humillación de las mayorías.

Para el segundo poema presento el aterrador “Los pobres en la estación de autobuses”, de Ledo Ivo, el que podría ser el gran poeta vivo del Brasil. Con una oscura ironía Ivo le da la vuelta a los discursos de lo exótico. Recuerda que ese país de milagros y abundancia, exotismos y fútbol, fue hasta hace poco el lugar más desigual del planeta. No en vano la ciudad de Sao Paulo es el sitio con más atracos por metro cuadrado, también con el mayor número de helipuertos.

Los modelos son los mismos de la colonia. ¿Es que ha cambiado algo? ¿Cuándo hubo una integración social? El terrateniente necesitaba una casa para resguardarse y un puñado de esclavos para trabajar la tierra. El dueño de la mina necesitaba una casa para protegerse y un montón de mineros para trabajar la mina. El inversor extranjero necesita un apartamento seguro en el que refugiar su codicia, y un centenar de sapos y ministros, presidentes y analistas, obreros y operarios que trabajen y trabajen barato para aumentar sus rendimientos. Las academias seguirán en su punto. La prensa en su afán de pauta. Los electores seguirán votando confianza y seguridad.

Porque estos países no son países sino cuadrillas de intereses privados. Hasta un liberal moderado como John Rawls señalaba que sin igualdad no habría justicia, y sin justicia no hay sociedad propiamente dicha. Colombia, país de la impunidad y de la inequidad de los ingresos, país colonia, se presenta como una caricatura infame, de esas que esconden tras las vayas publicitarias el oxido de las vigas, tras los mensajes de esperanza la herida de los suyos.

Quisiera dedicarle esta entrega a los que no tiene voz. Recordar que no hay orgullo que valga sobre la yaga del mendigo y el abuso de los pobres. Hablar de solidaridad en la patria de los recelos. Palabras para expresar la indignación. Palabras como trozos de carbón: oscuros e inútiles para llenas las alacenas, pero que como en el poema de Brecht aparecen desde el viento “en señal de solidaridad”. Recordatorios de que no todos celebramos la inercia de estas inicuas maquinarias. Que no todo anda bien y en marcha a la vuelta de los ríos, ni todo es pasión en las montañas desiguales.

PAISAJE CON MENDIGOS

Las buenas gentes se preguntan Por qué los mendigos interponen, Entre sus ojos y los nardos, Su amasijo de harapos. Si no reciben Su cota de maná es por su feroz costumbre De llagar el paisaje y la mirada. Más antiguos que su oficio, Los mendigos vienen de antiguas catacumbas O de remotas catedrales que levantan sus cúpulas Entre hospicios y hospitales. Al cruzar hieren y enferman el paisaje Y las gentes se abren a su paso Como si partieran en dos un mar Que tiñen de dicterios y quebrantos. Un séquito de olor y un séquito de perros Van tras las hordas miserables. Los alcaldes Los miran con ojos acuosos Mientras cucharean una sopa densa como lava. Los sacerdotes los buscan como alimento De un reino de otro mundo Y les describen las canteras del infierno, Aunque parezcan habitarlo desde siempre. Son de otra raza, de otro país, Los mendigos son oscuros forasteros Que viven en las fronteras invisibles del lenguaje. Entre ellos y nosotros una moneda nos escarnece, Un oscuro comercio de penurias Bajo la tienda de abalorios de un pariente de Dios. Los días festivos escrutan buques fantasmas: No encuentran a quién extender yacijas o escudillas Y sólo amontonan en los atrios migajas de milagro. Algo de espantapájaros hay en su oficio, Algo de cetrería en sus ojos, En su manera de mirar el pan de las palomas. Un hombre ebrio y compungido me dijo a la salida del bar: Podrían mandarlos a la guerra, servir de barricadas,. Los mendigos no saben dónde ir Cuando ordenan que acuartelemos las sombras malheridas. Los guías de turismo, para no inquietar a los viajeros, Advierten que son actores de reparto De una película que ruedan en las calles. Quizá hayan salido de un mal sueño, de una factoría, De un muelle, de una mina, de una casa usurpada. Del mal sueño traen la mirada arisca de quien huye, De la fábrica conservan el color de presidiario, Del muelle el vicio de cargar fardos de nada, De la mina unos ojos duros y pugnases, De la casa usurpada un eco llegado de tierras de Nadie. Escarnio y mofa, dos perros fieles, los acompañan.

Juan Manuel Roca. (Medellín, 1946-)

LOS POBRES EN LA CENTRAL DE AUTOBUSES

Los pobres viajan, en la central de autobuses levantan los cuellos como gansos para mirar los letreros del autobús. Sus miradas son de quien teme perder alguna cosa: la valija que guarda un radio de pilas y una chaqueta que tiene el color del frío en un día sin sueños, el sandwich de mortadela en el fondo de la bolsa, el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos. Entre el rumor de los altoparlantes y el acelerar del autobús temen perder su propio viaje oculto en la niebla de los horarios. Los que dormitan en los asientos despiertan asustados, aunque las pesadillas sean privilegio de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas en consultorios asépticos como el algodón que tapa la nariz de los muertos. En las filas los pobres asumen un aire grave que une temor, impaciencia y sumisión. ¡Qué grotescos los pobres! ¡Y cómo sus olores incomodan a pesar de la distancia! No tienen la noción de las conveniencias, no se saben comportarse. El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado que del sueño retuvo apenas la legaña. Del seno caído y dilatado escurre un hilillo de leche hacia la pequeña boca habituada al llanto. En la plataforma van y vienen, corren, aseguran maletas y paquetes, hacen preguntas inconvenientes en las ventanillas, susurran palabras [misteriosas y contemplan las portadas de las revistas con el aire de espanto de quien no sabe el camino del salón de la vida. ¿Por qué ese ir y venir? Y esas ropas extravagantes, esos amarillos de aceite de palmera que duelen a la vista delicada del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos. ¿Y esos rojos contundentes de feria y parque de diversiones? Los pobres no saben viajar ni vestirse. Tampoco saben vivir: no tienen noción del bienestar aunque algunos poseen hasta televisión. La verdad es que los pobres no saben ni morir. (Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante). En cualquier lugar del mundo incomodan, viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares aunque viajemos sentados y ellos de pie.

Ledo Ivo (1924, Maceió, Alagoas – ) Traducción de Carmen Gloria Rodríguez y Vania Torres.

CARBÓN PARA MIKE

Me han contado que en Ohio, a comienzos del siglo, vivía en Bidwell una mujer, Mary McCoy, viuda de un guardavía llamado Mike McCoy, en plena miseria.

Pero cada noche, desde los trenes ensordecedores de la Wheeling Railroad, los guardafrenos arrojaban un trozo de carbón por encima de la tapia del huerto de patatas gritando al pasar con voz ronca:”¡Para Mike!”

Y cada noche, cuando el trozo de carbón para Mike golpeaba en la pared posterior de la chabola, la vieja se levantaba, se ponía, soñolienta, la falda, y guardaba el trozo de carbón, regalo de los guardafrenos a Mike, muerto pero no olvidado.

Se levantaba tan temprano y ocultaba sus regalos a los ojos de la gente, para que los guardafrenos no tuvieran dificultades con la Wheeling Railroad.

Este poema está dedicado a los compañeros del guardafrenos McCoy (muerto por tener los pulmones demasiado débiles en los trenes carboneros de Ohio) en señal de solidaridad.

Bertolt Bretch (Augsburgo, 1898 – Berlín, 1956)