Editorial: El TLC, crucial diferencia en la campaña electoral

Jun 15, 2009 | Sin categoría

Resulta paradójico que mientras en toda América del Sur corren vientos de izquierda y los pueblos están eligiendo gobiernos que toman distancia frente a Washington, en Colombia Uribe Vélez todavía goza de una alta popularidad según varias encuestas, a pesar de ser –de lejos– el mejor aliado de Bush en Suramérica. Una razón importante, sin duda, es el clima de violencia que se mantiene en el país, el cual – magnificado por los medios– ha creado una sensación de inseguridad en la población, aprovechada por el presidente con su discurso de “seguridad democrática” para conseguir respaldos.

Algo similar sucede en Estados Unidos, donde el gobierno ha concentrado la atención del público en la “amenaza terrorista” con el soterrado propósito de que la población pase por alto todas sus torpezas, crímenes a nivel mundial y desaciertos económicos. Esto fue evidente en el primer mandato de Bush, pero en el actual –apenas a un año de comenzado– la situación se le está tornando manifiestamente desfavorable; los escándalos de corrupción, su fracasada campaña en Irak y Afganistán y los lentos pero seguros síntomas de desaceleración económica, han mellado la confianza de la población.

En Colombia se habla sin embargo del ‘efecto teflón’, refiriéndose a que el primer mandatario aplica una política económica a todas luces en contravía de los intereses populares; impulsa la firma a toda costa el TLC, sacrificando a la nación; y, envía a su equipo a cometer toda clase de arbitrariedades y pese a todo esto se mantiene con posibilidades de ser reelegido. Una importante responsabilidad en ello la tiene la falta de una oposición fuerte durante su mandato. El liberalismo de César Gaviria y Horacio Serpa apoyó casi todo el cuatrienio sus ejecutorias e incluso participó en el gobierno, al paso que la izquierda sólo pudo concretar una unidad sólida recientemente, escuchándose unas cuantas voces firmes pero aisladas como la del senador Jorge Enrique Robledo, quien ha mantenido una indeclinable oposición desde que se inició el mandato uribista.

El otro factor que ha contribuido a oscurecer el panorama es el desenfoque de prominentes líderes opositores acerca de cuál es el flagelo principal que atormenta el país. Indiscutiblemente la violencia es muy grave y no superarla se constituye en un escollo que impide a la movilización popular alcanzar los niveles necesarios para cambiar el rumbo de la nación.

Pero, sin lugar a dudas, es el esfuerzo cotidiano de Uribe de complacer a los gringos y su empeño en convertirnos en un satélite de esa potencia, lo que constituye el sello de su mandato y en ello, desafortunadamente, ha tenido más éxitos que en conseguir la tan publicitada paz. En efecto, numerosas leyes aprobadas por las mayorías gubernamentales apuntan en esa dirección. No es extraño entonces que la economía haya sido dirigida hacia allí, las factorías que antaño eran emblema del desarrollo empresarial colombiano terminaran en manos de multinacionales, continúan los programas de privatización e incluso se elaboró una ley petrolera para satisfacer los apetitos extranjeros. Tampoco sorprende que Uribe y su equipo hicieran decenas de visitas a Washington para hacer profesión de fe y practiquen una activa política internacional dirigida a cumplir la agenda norteamericana, incluyendo detener las vacilaciones ecuatorianas, satanizar a Chávez, hacer los mandados correspondientes en la OMC e incluso apoyar la resurrección del ALCA. Uribe ha continuado y profundizado un modelo económico neoliberal que hace agua por todas partes y en el cual ya no cree nadie.

Lo de la paz ha sido para la galería y la lucha contra el narcotráfico arroja el triste resultado de que hay tantas o más hectáreas sembradas en coca y que han entrado miles de millones de dólares por tal concepto, manteniendo la revaluación del peso a pesar de que el Banco de la República haya gastado tanto dinero tratando de atajarla.

La respuesta norteamericana a las políticas de Uribe ha sido clara y consistente. Washington mantiene un velo de sospecha sobre la relación del gobierno con los paramilitares, cuestiona la eficacia del Plan Colombia y duda de girarle un cheque en blanco. Tiene al gobierno colombiano como rehén de su ayuda militar, obligándolo a seguir a pie juntillas todas las instrucciones estadounidenses; y en cuanto al TLC, negocios son negocios. En lugar de responder con generosidad tanta obsecuencia, Estados Unidos ha actuado como todo el mundo esperaba…. menos el gobierno: a cada nueva concesión sigue una nueva exigencia y si se cierra la negociación será porque el gobierno colombiano lo entrega todo. “Así paga el diablo a quien bien le sirve”.

Resulta imperativo impedir que en plena campaña electoral Uribe se esconda detrás de las faldas de los paramilitares y entone por enésima vez sus cánticos de paz. Se trata de confrontar el rumbo que le quiere imprimir al país, pues en pocos años los delirios terroristas desaparecerán, pero Colombia seguirá encadenada todavía más inmisericordemente a la dominación norteamericana.

Esto lo ha entendido el Polo Democrático Alternativo (PDA), el nuevo partido que se ha creado para unir a toda la izquierda. El PDA se configura como uno de los más importantes esfuerzos en la historia de Colombia encaminado a ofrecerle al país una alternativa programática. Tiene un sólido ideario de unidad y ha logrado vencer a quienes en su seno propugnaban por una izquierda ‘aceptable’ para el sistema. Se apronta a construir una importante bancada parlamentaria. No se deja seducir por un antiuribismo personalista, sino que propone una unidad programática para cambiar las reglas del juego. Reúne lo más calificado y consecuente de la izquierda que promueve una resistencia civil. Está aprendiendo a resolver sus contradicciones en forma madura y civilizada. Todo ello le ha ganado el derecho de representar el futuro de la nación, para lo cual recaba que con Uribe no habrá paz pero sí recolonización de Estados Unidos, esclareciendo a nuestros compatriotas la validez de sus anhelos de paz pero resaltando la todavía mayor importancia de defender la producción nacional y exigir que se respete la soberanía patria. Entre la pléyade de candidatos del naciente partido, hay uno que nos interesa destacar: se trata de Jorge Enrique Robledo, número 3 en el tarjetón del PDA. Es un dirigente popular que ha persistido en una conducta intachable, ha conservado su recio carácter a lo largo de su trayectoria parlamentaria, no se ha acomodado a los señuelos uribistas, ha mantenido su lealtad y vinculación al movimiento social, ha realizado importantes debates y es reconocido –aun por sus adversarios– como un brillante y serio defensor de la soberanía nacional y el progreso del país. Nuestro voto será entonces por Carlos Gaviria a la presidencia y por Robledo al Senado. Ellos representan el anhelo de una Colombia democrática, digna y soberana.