• Categoría de la entrada:Sin categoría

Juan David Torres

El Espectador, 19 de febrero de 2014

Miguel Ángel Buonarroti murió hace 450 años en Roma.

Los italianos celebran la fecha recordando al pintor, escultor y arquitecto, rememorando su obra magna en la Capilla Sixtina, su relación desafiante con Leonardo da Vinci, sus primeras esculturas en yeso. Celebran la celebridad, su imagen. Sin embargo, ¿cuánto han olvidado los artistas a Miguel Ángel, sus conceptos y su técnica?

El arte contemporáneo, en líneas generales, se desarrolla en técnicas simples: Damien Hirst embalsama tiburones en una caja de cristal; Óscar Murillo raya con crayolas sobre lienzos y los sostiene en las esquinas con masa de maíz. El arte de nuestro tiempo es, en ese sentido, simplón: en ocasiones, un niño sin concepciones artísticas podría hacerlo igual, quizá mejor. La diferencia, dicen algunos artistas, está en el significado, en el fondo: toda obra está basada en una idea y esa idea tiene diversos modos de expresarse.

Suena a disculpa, a justificación. El arte ha olvidado que el celebrado Miguel Ángel estuvo tres años en su taller de Florencia trabajando seis días a la semana, con tres cinceles y un martillo, tallando un bloque de mármol de Carrara de cinco metros para crear el David. El arte ha olvidado la desmesura y el esfuerzo sobrehumano que significa crear una obra de arte: el David de Miguel Ángel triplica la altura y el peso de un hombre común. ¿Cómo, en el siglo XV, un hombre de estatura promedio realizó sólo semejante obra? Damien Hirst se vanagloria de tener un equipo que desarrolla sus obras, igual que Tracey Emin. Son artistas con ideas que otros ejecutan. Meros administradores.

Miguel Ángel utilizó el método contrario: él tuvo las ideas y él las puso en el mármol. ¿En qué nivel? Es posible ver en el David las marcas de las venas en las manos, los músculos en tensión, la boca a punto de abrirse, los ojos en posición atenta, algo violenta. Ese movimiento que genera la estatua, a pesar de su fría carne, es parte de su sorpresa. ¿Quién puede decir hoy que ha creado una obra en movimiento que sobrevivirá por cinco siglos y que tiene en sí misma una condición política, artística y técnica? Al lado de esto, poner una serie de lienzos de crayola en el suelo o un manchón de pintura sobre lienzo, como Santiago Parra, es una muy mala broma.

El arte olvidó de Miguel Ángel su afán de atrapar la desmesura del mundo: Joyce quiso retratarla en un día, Proust en siete tomos. A algunos artistas les parece suficiente con un vaso de agua puesto a la deriva.