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Por: Eduardo Sarmiento, Opinión El Espectador.

La reducción de la compra de bonos por parte de la Reserva Federal y el anuncio de recortes adicionales acentuaron la devaluación del peso. En los últimos 15 días el precio del dólar subió 8%.

De mantenerse la tendencia, la economía experimentaría una devaluación notable con serias repercusiones sobre su funcionamiento.

El país le apostó durante 20 años al desarrollo basado en la inversión extranjera, al desmonte arancelario y a los TLC. Se configuró un perfil productivo en el cual el país produce bienes mineros, servicios y construcción, y adquiere la mayor parte de la demanda industrial y agrícola en el exterior. Una de las características sobresalientes de esta estructura es la baja productividad de la actividad doméstica. En los últimos 10 años la productividad total de los factores no tuvo ningún incremento. El aumento de los ingresos laborales se explica por el abaratamiento de las importaciones.

Lo más grave es que en los países como Colombia, que tienen baja demanda por su producto de ventaja comparativa, aparece un creciente déficit en cuenta corriente financiado con inversión extranjera, que introduce una gran inestabilidad. Bastaba que cambiaran las condiciones externas para que el flujo de la inversión extranjera se revirtiera y dejara la economía expuesta a déficits desfinanciados. Luego, la salida de recursos generaría la escasez de divisas que provoca el alza del precio del dólar. No sobra señalar que el efecto de esta devaluación depende de qué tanto aumenta la inflación y reduce el salario real. Cuanto más bajen los ingresos del trabajo, tanto mayor será el incremento de las exportaciones y la reducción del déficit en cuenta corriente.

Las economías están entre elevar la tasa de interés y dejar salir los capitales. Hasta el momento los bancos centrales de los países emergentes (Rusia, Turquía, Brasil y Argentina) se han inclinado por la primera opción. El dispositivo ocasionaría una severa contracción que frenaría la actividad productiva. La otra opción es dejar que la devaluación se presente y corrija el déficit en cuenta corriente. La fórmula significaría la elevación de la inflación y la reducción de los salarios, y una contracción de la liquidez que en algún momento presionaría el alza de la tasa de interés.

Los hechos han venido a confirmar la inconveniencia de la modalidad de cambio flotante dentro de un marco mundial contractivo de exceso de ahorro. La revaluación desmantela la industria y la agricultura, y la devaluación baja el salario real, sube la tasa de interés y frena la actividad productiva. En el fondo, los países emergentes están expuestos a inestabilidades similares a los de la zona euro, donde las condiciones de intercambio son establecidas por los países mayores. Las naciones de menor desarrollo están condenadas a pagar con menores salarios los aumentos de las productividades de los socios. Así como los países periféricos de Europa tuvieron que bajar los salarios para compensar el aumento de la productividad de Alemania, ahora los países emergentes tendrán que hacer lo mismo con Estados Unidos.

En el fondo estamos ante el quiebre del modelo basado en la inversión extranjera, el desmonte arancelario, el tipo de cambio flexible y los TLC. Las circunstancias claman por un modelo con mayor presencia de la industria y la agricultura, y con un menor déficit en cuenta corriente. Mal podría imaginarse que semejante cambio pueda resultar de una devaluación improvisada con la consecuente reducción de los salarios. Lo que se plantea es una nueva visión que establezca un marco coherente de aranceles, regule en forma directa el tipo de cambio y adopte algún tipo de restricciones administrativas a las salidas de capital.