Por: Gabriel Urrea Botero
Médico colombiano especializado en medicina familiar, geriatría, diabetes y cuidado de heridas
Hay amores que sobreviven incluso a las decepciones. El mío con el fútbol comenzó cuando era un niño y, después de tantos años, sigue intacto.
De adolescente incluso hice un curso de arbitraje. Mi carrera, sin embargo, fue extraordinariamente corta. En uno de mis primeros partidos como juez de línea, entre las selecciones de Buenaventura y Tuluá, señalé un gol y salí corriendo hacia el centro de la cancha con el banderín en alto. Cuando miré hacia atrás vi a tres fornidos jugadores de Buenaventura persiguiéndome con muy malas intenciones. Me refugié en el camerino. El segundo tiempo me reemplazó otro árbitro y yo abandoné el estadio escoltado por la Policía. Ahí terminó mi prometedora carrera arbitral.
Nunca volví a arbitrar, pero ese episodio me enseñó a entender la lógica del juego. Desde entonces disfruto analizarlo casi tanto como verlo.
Años después llegó uno de los momentos más dolorosos para quienes crecimos con el fútbol colombiano: el asesinato de Andrés Escobar. Independientemente de todas las teorías que han rodeado ese crimen, para muchos quedó como el símbolo de una época en la que el narcotráfico, las apuestas ilegales y el dinero sucio terminaron contaminando el deporte. Siempre me han producido rechazo los mafiosos, cualquiera que sea el escenario donde actúen, y desde entonces tomé cierta distancia del fútbol profesional colombiano. Sigo viendo ocasionalmente al Deportivo Cali o al Once Caldas, pero ya no con la misma pasión.
En cambio, los Mundiales nunca dejaron de fascinarme. Como tantos niños de mi generación, llenaba religiosamente los álbumes de Panini. Los últimos ya no los completé, pero sigo esperando cada cuatro años esa fiesta que logra detener al planeta durante un mes.
No ignoro los escándalos de corrupción que han acompañado durante décadas a la FIFA. Sería ingenuo hacerlo. Sin embargo, también es cierto que el fútbol pertenece mucho más a sus aficionados que a quienes lo administran.
Este año tuve la fortuna de vivir el Mundial muy de cerca. Desde San Antonio viajamos a Houston para ver Marruecos contra Canadá y después España contra Portugal en Dallas. Los boletos fueron absurdamente costosos, probablemente demasiado para cualquier familia promedio. Pero la experiencia dentro del estadio sigue teniendo algo imposible de reproducir.
Sí, el partido probablemente se ve mejor desde la sala de la casa, en una pantalla gigante, con las repeticiones, el VAR y los comentaristas explicando cada jugada. Pero el estadio ofrece otra cosa. Es la emoción colectiva. Es escuchar un himno nacional interpretado por decenas de miles de personas. Es sentir cómo un gol hace saltar al mismo tiempo a desconocidos de todas las edades y nacionalidades. Es observar a los jugadores, aunque se vean pequeños en la distancia, sabiendo que uno está presenciando un momento irrepetible.
El fútbol sigue siendo, como alguna vez dijo alguien, "la cosa más importante entre las cosas que no son importantes".
También me dejó varias reflexiones.
La primera tiene nombre propio: Colombia.
Quiero agradecerle a nuestra selección. Me siento profundamente orgulloso de este grupo. Es un equipo talentoso, disciplinado, intenso y con una enorme capacidad de lucha. Tal vez aún tenga aspectos psicológicos por fortalecer en los momentos decisivos, pero pocas selecciones muestran tanta solidaridad y tanta entrega. Perdieron frente a Suiza en una definición por penales, que siempre tendrá algo de lotería. No sentí que hubieran sido inferiores.
También cambiaron mis simpatías durante el torneo.
Llegué apoyando a México. Como latinoamericano era casi natural hacerlo. Sin embargo, me desagradaron profundamente las imágenes de algunos aficionados acosando a jugadores ecuatorianos y los reportes sobre amenazas y actos intimidatorios alrededor del partido. No confundo jamás a un país con unos pocos violentos, pero esas conductas terminaron alejándome emocionalmente de esa selección.
Algo parecido me ocurrió con Argentina. Empecé el campeonato deseando que avanzara, pero poco a poco fui sintiendo que algunas decisiones arbitrales y disciplinarias favorecían demasiado a ese equipo. La anulación del gol de Egipto, revisando una acción ocurrida mucho antes en otra parte del campo, terminó dejándome la sensación de que el VAR, utilizado de esa manera, puede terminar castigando el espectáculo en lugar de protegerlo.
También apoyé a Estados Unidos. Después de tantos años viviendo aquí, este país se convirtió en mi segunda patria. No tengo absolutamente nada contra sus jugadores. Al contrario, hicieron un gran torneo.
Lo que sí considero profundamente desafortunado fue la controversia generada cuando Donald Trump intervino públicamente para pedir una revisión de la suspensión de Folarin Balogun tras una tarjeta roja. Aunque FIFA sostiene que la decisión fue tomada por órganos disciplinarios independientes, la sola percepción de una influencia política terminó perjudicando la imagen del torneo y del propio equipo estadounidense. En el deporte, como en la justicia, no basta con ser imparcial: también hay que parecerlo
El fútbol necesita reglas claras. Necesita árbitros que se equivoquen, porque son humanos. Lo que no necesita es que las decisiones parezcan depender del peso político de un presidente o del poder económico de un país.
Algo parecido ocurre con el VAR.
Soy partidario de la tecnología cuando corrige errores evidentes. Pero no cuando convierte el fútbol en una disección anatómica de centímetros o milímetros. El gol anulado a Colombia por un fuera de lugar prácticamente imperceptible me pareció exagerado. A veces uno termina pensando, en tono de broma, que el delantero fue castigado por tener los dedos del pie demasiado largos y no haberse cortado las uñas esa mañana.
El espíritu de la regla siempre fue evitar ventajas claras, no convertir el deporte en un ejercicio de geometría milimétrica.
El VAR debería ayudar al árbitro, no reemplazar su criterio ni borrar la esencia del juego.
Porque, al final, el problema nunca ha sido el fútbol.
El problema casi siempre son quienes administran el poder alrededor del fútbol.
La FIFA ha sobrevivido a escándalos de corrupción, sobornos y luchas políticas. Probablemente seguirá haciéndolo. Pero el juego pertenece a otra gente: al niño que llena un álbum Panini, al padre que lleva por primera vez a su hijo al estadio, al hincha que canta durante noventa minutos, al jugador que sueña desde un barrio humilde con vestir la camiseta de su país.
Por ellos seguimos viendo los Mundiales.
Porque, a pesar de la FIFA, el fútbol sigue siendo uno de los lenguajes más universales y más hermosos que ha inventado la humanidad.





