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• La historia de la vida de Paco de Lucía es la de una emancipación, el relato de un chico que aprendió a ser él mismo, para llegar a ser el más grande
• Manuel Martín Martín, El Mundo, 26 de febrero de 2014

Compartió con el mundo las ilusiones que le perseguían desde niño y encontró en la guitarra el corazón de nuestra felicidad. Su música no tuvo colores opuestos como el gris, porque todas las composiciones del acto creador iban destinadas a estimular nuestro estado de ánimo. Y si estableció una raya entre la interpretación sonora agradable y la placidez del toque, es porque dedicó su vida a hacer universal una definición de la felicidad flamenca: experimentar la calidad de vida alejado del dolor.

Paco de Lucía, el más cualificado revolucionario de la guitarra flamenca que nos ha sido dado a escuchar, ha dicho su último adiós a los 66 años de edad, pues vio la luz a la 10.00 horas del 21 de diciembre de 1947, en el número seis de la algecireña calle San Francisco, junto a una frondosa foresta conocida por La Almoraima, referente que le llevaría, en 1976, a una impresión discográfica con la que marca el inicio de una nueva y esplendorosa corriente musical.

Hijo de Antonio Sánchez Pecino, guitarrista, letrista y buen aficionado, fallecido en junio de 1994 cuando contaba 86 años, y de la portuguesa Lucía Gómez, desde pequeño se vio inmerso en el plan ideado por su progenitor, que preparó a sus hijos (Ramón, Antonio, Pepe y Paco), les inculcó una férrea disciplina y los dotó de una completa formación vivencial, hasta elevar a Paco al trono de la guitarra y convertirlo en el eje de una familia siempre unida.

Esto explica el que se iniciara a temprana edad con su hermano Pepe, llegando ambos a ser premiados en el Festival-Concurso Internacional de Arte Flamenco de Jerez de la Frontera, celebrado durante los días 8, 9 y 10 de mayo de 1962, y a grabar un disco, ‘Los Chiquitos de Algeciras’ (1963), cuando el Niño de la Portuguesa ya empezaba a reclamar la atención de los flamencos.

Pero algo que muchos aficionados quizá desconozcan es que la primera actuación pública del Niño de la Portuguesa tuvo lugar en su tierra natal, a los 11 años de edad y en una emisora local. Ya en 1963 se traslada con la familia a Madrid, realiza ese año junto a su hermano Pepe una gira por los EEUU con la compañía de José Greco, y luego una segunda ya en 1966 por Norteamérica, Europa, África, Filipinas y Australia, hasta que conoce al maestro Sabicas, quien, viendo los influjos de Niño Ricardo y Mario Escudero en el futuro gran maestro supremo, le diría: “Tocas muy bien la guitarra y ha llegado el momento de crear tu propia música”.

Como así fue, pues Paco de Lucía llegó a ser un forjador de múltiples e invisibles caminos que nos llevan, a su vez, a un revulsivo necesario y a una revolución inevitable, al punto que todos reconocen el que la guitarra flamenca haya alcanzado con él el estadio de esplendor, madurez y plenitud más importante de la historia.

Sin posibilidad de cotejo, hay que sentenciar, en tal sentido, que la guitarra se explica hoy según el ritmo y el pulso personal de este genio incomparable, un traductor en el mundo del mensaje de la música al que siempre le hemos estado pidiendo que busque algo imposible de lograr: su propia superación.

Me comentaba hace años Paco en Algeciras que cuando regresaba de una gira sólo le apetecía encerrarse en casa y vivir las horas perdidas con la familia. Se ausentaba del entorno social y a muchos les creaba la incertidumbre de si estaba vivo o muerto porque aparecía y desparecía de forma constante por nuestras vidas. Hoy ya conocemos su paradero. Hay inquietud en nuestra alma porque vive entre nosotros. Paco de Lucía nunca se fue. Y ese es el valor de la ausencia.