El paro agrario es pariente de la crisis gremial

Ago 28, 2013

La base de los productores agrarios está dispersa y la actividad gremial brilla por su ausencia entre agricultores y ganaderos En la historia reciente del país no se tiene mucho dato de un paro agrario de tan larga duración como el que se presenta en una docena de departamentos y que poco a poco ahoga […]

Campo_Colombia_ParoLa base de los productores agrarios está dispersa y la actividad gremial brilla por su ausencia entre agricultores y ganaderos
En la historia reciente del país no se tiene mucho dato de un paro agrario de tan larga duración como el que se presenta en una docena de departamentos y que poco a poco ahoga el abastecimiento de productos de primera necesidad para los colombianos como son la carne, la leche, las papas, la cebolla, el arroz, los plátanos, y todos granos vitales para la dieta nacional, como los frijoles, el maíz y las lentejas. Pocas veces se había registrado una convocatoria para una protesta tan exitosa en Boyacá, Nariño y Cundinamarca, regiones pacíficas, caracterizadas por ser una despensa de productos de clima frío.
Nos hemos extendido ampliamente en explicar cómo los costos variables trasladados a los pequeños productores agropecuarios, como es el transporte y los insumos como herbicidas y abonos, entre otros, suben la tasa de inflación más unos 15 puntos en promedio, mientras que el precio de sus productos siguen levemente ligado a la inflación que está bajo control entre dos y tres por ciento. Y si a esto se suma que en los grandes supermercados se están importando esos mismos productos de primera necesidad de China, México, Perú o Chile, tenemos que los campesinos se encuentran entre la espada y la pared.
¿Pero qué es un campesino? Es una persona que vive en el sector rural y que devenga su sustento de la producción agropecuaria. En Colombia no hay datos oficiales de esta economía y solo se sabe que son unos siete millones de personas que representan un 15% de toda la población. Ese segmento se encuentra desatendido no solo en infraestructura vial, de acueductos, energía, sino de seguridad. Los gremios hasta hace algunos años habían interpretado esas necesidades y canalizado con el gobierno central esos problemas, pero cuando estas instituciones económicas que reunían a los productores se politizaron, todo se fue a traste y eso es lo que estamos viviendo.
Que miles de pequeños cafeteros se vayan lanza en ristre contra la Federación porque no los interpreta, y que una cooperativa ejemplar como Colanta pida que se acabe el Fondo Nacional del Ganado para que Fedegan no use los parafiscales para los sueños políticos de sus directivos, es porque algo grave está pasando con los gremios. Es verdad que el máximo responsable es el Gobierno Nacional y que los 14 ministros de Agricultura desde la Constitución del 91 hasta la fecha, no han sido asertivos en sus políticas públicas de producción para el campo. Por eso el paro debe mirarse de manera estructural y asociarlo con la crisis de algunos gremios que carecen de representación en sus bases. Quizá el revolcón tiene que ver más con quién representa a quién y no pidiendo la cabeza de funcionarios que al fin y al cabo son de paso y no eternos como los jefes gremiales.
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El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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