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EL ESPECTADOR 18 SEP 2015
Por: Eduardo Sarmiento

La economía carece de sectores que la impulsen, no genera empleos de calidad y carga con el fardo del cuantioso desbalance comercial. La explicación no está en el contexto internacional ni en las naciones vecinas, sino en la estructura económica conformada durante dos décadas.

El crecimiento económico viene descendiendo en forma sistemática. En un año pasó de una tendencia de 5 % a otra de menos de 3 %. No se trata de un fenómeno pasajero. El problema está más en la información desagregada que la global. La industria y la agricultura sin café revelan índices negativos que vienen de atrás y la minería muestra claros síntomas de extinción. Los servicios, que constituyen las actividades de demanda más estable, descienden rápidamente. El dinamismo de la economía proviene de la construcción que no está basada en encuestas verificables. La construcción pública corresponde a presupuestos reportados por oficinas oficiales que por su propia naturaleza tienden a sobreestimarse, y las licencias de construcción privada descienden. Aún más diciente, el crecimiento de 8 % de la construcción reportada en las últimas cifras coinciden con crecimientos de materiales de la construcción de 1.5 % en la encuesta industrial del DANE.

ecoLa composición sectorial es determinada por el libre comercio que propicia las actividades que pueden ser elaboradas más fácilmente. Las commodities representan más del 55 % de las exportaciones. La industria no ha pasado el peldaño representado por los bienes intensivos en mano de obra de bajo contenido de conocimiento; las importaciones más que duplican las exportaciones. La agricultura no ha logrado salir de los cultivos tropicales; el área destinada a la producción de cereales, que ofrecen las mayores posibilidades de demanda, se redujo a la mitad en los últimos 20 años.

El deterioro del sector externo viene de diez años atrás. El país se vio abocado a un déficit creciente de la balanza de pagos que llegó a 4 % del PIB a mediados del año pasado y saltó a 7 % en los últimos meses por el desplome de los precios del petróleo. Lo más grave es que ha resultado insensible a la tasa de cambio. La monumental devaluación ha estado acompañada del desplome de las exportaciones mineras, y en menor grado, de las industriales y agrícolas. Así el país está abocado a un déficit incontrolable de la balanza de pagos que resquebraja la demanda y mantiene el tipo de cambio por encima de los fundamentos.

La manifestación más alarmante por su rápida velocidad se observa en el mercado laboral. La industria y la agricultura no generan un solo empleo. La totalidad de la ocupación se genera en el sector inmobiliario, que nadie sabe en dónde se encuentra, y en el comercio que se caracteriza por la alta informalidad. Los 500 mil empleos generados en el último año y realzados por el Gobierno están representados en subempleados que trabajaron unas pocas horas en la semana del sondeo.

La información oficial confirma que la economía carece de sectores líderes, adolece de un cuantioso desbalance de las cuentas externas y no ofrece empleo bien remunerado. En lugar de buscar las explicaciones en los vecinos, lo que se plantea es reconocer que el país opera con una organización que propicia las commodities y relega la industria y la agricultura a segundo plano, favorece la inversión extranjera y el endeudamiento a expensas del ahorro interno, y deja el mercado cambiario a la deriva. El resultado es una estructura de lento crecimiento de la producción y el empleo y deterioro de la distribución del ingreso.