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Por: Eduardo Sarmiento, Opinión El Espectador.

Los grandes despliegues de finales del año se diluyen con la información más reciente. Los ingresos laborales se ajustan por debajo del crecimiento del producto.

El empleo crece por debajo de la tendencia histórica. Las exportaciones industriales agrícolas se desploman y la producción doméstica es avasallada por las importaciones. La economía evoluciona dentro de una gran inestabilidad e inequidad.

El Gobierno celebró la reducción del desempleo y de la inflación sin reparar en el significado real. La mejoría de los dos indicadores no deja de ser un espejismo creado por el intercambio comercial y la inversión extranjera.

La disminución del desempleo no se debe a un aumento del empleo sino de los inactivos. En el año se crearon 480.000 nuevos puestos de trabajo, que corresponden a la mitad de los registrados en los dos años anteriores e inferior a la tendencia histórica. Aún más grave es la composición. El empleo desciende 6% en la industria y sube menos de 2% en la agricultura y la construcción. El incremento de la ocupación está representado en su totalidad en los servicios que se caracterizan por la alta informalidad.

Los resultados del mercado laboral confirman el fracaso de la reforma tributaria. El expediente significó una baja de impuestos al capital y un alza de los ingresos al trabajo, y se justificó como una manera de ampliar el empleo. Sin mayor sustento analítico, en los departamentos oficiales se proyectaba que los menores gravámenes a las empresas las motivarían a absorber un millón de puestos de trabajo. En oportunidades anteriores mostré cómo la reforma redujo los ingresos fiscales en relación con el pasado en base de 10 millones de pesos. Y si ahora se reconoce que los empleos generados en 2013 fueron menores que los dos años anteriores, no es aventurado afirmar que la política fiscal no le hizo ni cosquillas al mercado laboral. De nuevo, se demuestra que la baja de los costos laborales no tiene mayor efecto sobre el empleo.

La caída de la inflación se explica por la cuantiosa revaluación de la última década y la baja de los precios internacionales. No es casual que coincida con el desplome de las exportaciones industriales y agrícolas y el deterioro del empleo. En la actualidad, la mayoría de los precios industriales y agrícolas superan los internacionales y los salarios están por debajo de la productividad. El país no ha entendido las condiciones mundiales. Luego del colapso en 2008, los esfuerzos de los países mayores, como Estados Unidos y Alemania se han orientado a reducir los déficits en cuenta corriente o ampliar los superávits. A diario decae el comercio internacional, configurando un contexto altamente contractivo. Sin duda, el principal damnificado de la recomposición externa ha sido China, que ha experimentado una reducción del superávit en cuenta corriente de 10% del PIB a 6% y una caída del crecimiento a 7%.

El nuevo contexto no se puede enfrentar dentro del marco de los TLC, inversión extranjera y tipo de cambio flexible. Mientras la cuantiosa revaluación persista, la baja de la inflación y el salario se lograrán a cambio de la ampliación del déficit en cuenta corriente y la contracción de la producción y la demanda efectiva. La economía se especializa en minería y sectores no transables de baja productividad, y adquiere los bienes industriales y agrícolas en el exterior. Lo que se plantea es un manejo que reduzca la diferencia entre la productividad y el salario sin ampliar el desajuste externo y deteriorar el perfil productivo. Como mínimo, se requiere un marco cambiario y arancelario que le conceda tratamiento distinto a la industria y la agricultura y propicie su expansión paralela.