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Al director de la DIAN hay quienes lo consideran un funcionario ejemplar y quienes lo critican por neoliberal. En todo caso su gestión lo hizo personaje en 2013.

Sobre la calificación que se le debería otorgar a Juan Ricardo Ortega, director de la odiada Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales, Dian, hay muchos acuerdos y grandes diferencias. Los acuerdos entre quienes lo consideran uno de los mejores funcionarios que ha tenido la administración pública y los que critican su presunta filosofía de neoliberal “salvaje”, se relacionan con la seriedad de su gestión, la eficiencia que logra imprimirle a los planes que traza, y la transparencia de su gerencia. Esas tres cualidades: seriedad, eficiencia y transparencia no son poco tesoro en un país ahogado en la corrupción y hastiado de mangualas. Sin embargo, otros aspectos de su gestión e, incluso, de su carácter, generan reacciones opuestas a tal punto que si se cruzaran los argumentos de sus defensores y sus detractores, podría pensarse que se refieren a personas distintas.

Para los admiradores de Juan Ricardo, como suelen llamarlo los economistas y una parte del periodismo directivo, Ortega es excepcional. Cuenta con una formación profesional superior a la media, después de ‘comerse’ decenas de libros en universidades de la élite, tanto en Colombia como en el exterior. Tiene una carrera envidiable para alguien de su edad (46). Fue Consejero Económico de la Presidencia de la República, con Andrés Pastrana, cuando apenas llegaba a los 33 años; director de Estudios Económicos del Departamento Nacional de Planeación, director de Fogafín y viceministro de Hacienda, con Álvaro Uribe; asesor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con Luis Alberto Moreno. Y, curiosamente, Secretario de Hacienda de Bogotá con el alcalde más cuestionado de la capital: Samuel Moreno. Al actual gurú de los impuestos lo salvó la campana que le hizo sonar Juan Manuel Santos cuando lo sacó del gobierno capitalino para llevarlo al cargo que ocupa, antes de que se desataran las noticias sobre el denominado ‘carrusel de la contratación’ y, por tanto, a tiempo para no contaminarse. A Ortega también lo ponderan sus amigos de ideología porque aplicó lo que aprendió en los Andes, en Yale y en el BID, igual con Pastrana y Uribe que –por extraño que suene–, con el Polo, partido a cuyo nombre fue elegido Moreno Rojas.

Pero sus contradictores, no precisamente de la izquierda sino de la academia, es decir, los pares del director de la Dian quien, además, ejerce como profesor universitario, lo critican por impulsar con energía digna de mejor y más justa causa –según ellos–, cambios en materia de impuestos sin consideración a la equidad social. La Red por la Justicia Tributaria, de reciente creación, ha sido la piedra en el zapato de Ortega. A pesar de que él ignore sus objeciones, por ejemplo, a la reforma de 2012, lo cierto es que líderes respetables de un sector de la opinión económica nacional ven en esta nueva organización el inicio de un canal dialéctico más efectivo que los reclamos aislados que buscaban mayor sensibilidad oficial ante la desigualdad que produciría la aplicación de las políticas del neoliberalismo clásico norteamericano del que Juan Ricardo Ortega sería uno de sus decididos activadores. Justicia Tributaria se atravesó con pies y manos, por ejemplo, al principio de la reforma en cuanto a las exenciones impositivas a las grandes empresas bajo la premisa del ministerio de Hacienda y del director de la Dian que la hizo suya, de que así habría más empleos y mayor inversión extranjera, las mismas que impulsó Uribe. Vistos los resultados en este final de 2013, Justicia Tributaria advierte que tenía razón: las empresas se quedaron con el excedente, no hubo gran incremento en la generación de puestos y lo recaudado casi no supera lo del año pasado. Pero, aparte de lo económico, a Ortega le suman otro punto negativo: su supuesta prepotencia. Quienes lo conocen, aseguran que la presunta soberbia de sus gestos y respuestas esconde su timidez y su dificultad a la hora de entablar conversaciones con extraños. De todos modos, es todavía muy temprano para emitir un fallo definitivo sobre este personaje, no solo por la vida pública que aún tiene por delante sino porque sus luchas para lograr mayores ingresos para el Estado y para combatir las mafias de las aduanas y de la Dian, no pueden ser evaluadas todavía. Ortega tendrá larga y ascendente carrera, como fue la de su padre Francisco Ortega, gerente casi vitalicio del Banco de la República, o se estrellará por su terquedad y aislamiento total de quienes no lo acatan sin discutir.

El Espectador