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Kate Wong

Investigación y Ciencia, marzo de 2014

Hace unos 60.000 años, en una pequeña gruta caliza situada en lo que hoy es Francia, un grupo de neandertales cavó una fosa y enterró en ella a un individuo de edad avanzada. Esa es la conclusión que arroja un nuevo estudio sobre el yacimiento en el que en 1908 fue hallado el célebre esqueleto neandertal de La Chapelle-aux-Saints. La investigación entraña importantes consecuencias sobre la manera de concebir el comportamiento y las capacidades cognitivas de nuestros parientes evolutivos más cercanos.

Hace ya tiempo que algunos arqueólogos sostienen que diversos yacimientos neandertales presentan indicios de enterramientos, una práctica considerada clave en la conducta del ser humano moderno. Otros, sin embargo, han objetado que los yacimientos en cuestión fueron excavados hace largo tiempo y con técnicas hoy consideradas poco ortodoxas, las cuales habrían contribuido a enturbiar los hechos.

Durante los últimos años han aparecido pruebas convincentes de que los neandertales practicaban algunas actividades modernas, como decorarse el cuerpo o fabricar herramientas elaboradas. Tales hábitos surgieron antes de que Homo sapiens invadiese sus predios, de lo que cabe deducir que los neandertales desarrollaron esas tradiciones culturales por su propia cuenta, sin copiarlas de otros grupos.

Ahora, una nueva excavación en la cueva francesa ha sacado a la luz más huesos y dientes de origen neandertal, así como utensilios de piedra y restos de animales. William Rendu, de la Universidad de Nueva York, y su equipo han hallado pruebas de que la fosa en la que yacía el esqueleto fue, al menos en parte, modificada para el enterramiento, por lo que no se correspondería con una oquedad completamente natural. Además, observaron que los huesos de animales habían sido roídos por carnívoros, pero no así los del neandertal. Ello indicaría que el cadáver fue cubierto con rapidez, como cabría esperar de un enterramiento deliberado. Los hallazgos de Rendu y sus colaboradores aparecieron publicados el pasado mes de diciembre en Proceedings of the National Academy of Sciences USA.

No deja de resultar irónico que fuese el descubrimiento de La Chapelle-aux-Saints el que, a principios del siglo XX, endosara a los neandertales su reputación de brutos. Poco después del hallazgo, el paleontólogo Marcellin Boule reconstruyó el esqueleto y presentó a sus coetáneos un individuo encorvado, de andares desgarbados, rodillas dobladas, cuellicorto, con un cráneo bajo y frente huidiza. Nacía así la imagen del cavernícola de pocas luces. Más tarde se descubrió que, en realidad, se trataba de un varón envejecido aquejado de una grave artritis.