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La-Voz-de-lucrecioRevista Métode, Universitat de Valencia (UV), Número 78. Verano de 2013

De rerum natura (De la naturaleza), Lucrecio, Acantilado, Barcelona, 2012, 608 páginas

Martí Domínguez*

Poco se sabe del poeta Lucrecio, por no decir que con certeza no se sabe nada. Se cree que vivió un siglo antes de Cristo, y su nombre se recuerda por un poema enciclopédico, una formidable visión cosmogónica, conocido como De rerum natura (“Sobre la naturaleza”). Este poema deslumbró a sus contemporáneos, como Cicerón, que enseguida alabarían la potente factura de los versos hexámetros, pero también el sorprendente y osado contenido. Porque en De rerum natura, Lucrecio divulga la filosofía de Epicuro, y la visión atomista de Demócrito y Empédocles. También empapa su libro de una visión  desengañada y escéptica, y asegura que los dioses no tienen nada que ver con los hombres y que no están pendientes de sus actos.

No es de extrañar que Montaigne citara a Lucrecio en casi un centenar de ocasiones en sus ensayos, y que la Ilustración lo recuperara como uno de los más importantes maîtres à penser. Diderot supervisó la traducción francesa y se imbuyó de su pensamiento materialista y evolucionista, y durante el siglo XVIII sería su máximo defensor. Porque lo que todavía en estos momentos sorprende y emociona es la calidad de su voz, la claridad con que se expresa y la belleza sólida e intrínseca de sus versos. En pocos escritores la forma y el fondo se concilian mejor: de alguna forma Lucrecio inicia la gran divulgación, la gran difusión del pensamiento. Su entrada, con esa invocación a Venus, es de un lirismo emocionante, un canto a la belleza y a la vida imitado por muchos otros poetas. La editorial Acantilado ha recuperado la excelente traducción de Eduard Valentí, y presenta el libro con un cuidado prólogo de Stephen Greenblatt, acreditado ganador del premio Pulitzer con su ensayo El Giro, una sorprendente historia sobre el poema.

Greenblatt explica en el prólogo que durante el Renacimiento una copia del poema fue descubierta en un monasterio de Alemania y enviada a Florencia: el poema se pensaba perdido del todo, y por eso aquella inesperada recuperación conmocionó a todo el Renacimiento italiano. Deslumbró al ambiente neoplatónico de la corte de los Medici y fue un revulsivo contra las asfixiantes imposiciones de la Iglesia. Pensadores como Marsilio Ficino o como Giordano Bruno se verían fuertemente influidos, así como algunos pintores, como Piero di Cosimo o Sandro Botticelli. Este último dedicaría a Lucrecio su famosa obra La primavera, y los estudiosos del arte lo interpretan como la escenificación de la famosa invocación a la Venus lucreciana: «Madre de los Enéadas, deleite de hombres y de dioses, Venus nutricia, que, bajo los signos que en el cielo se deslizan, henches de vida el mar portador de naves y las fructíferas tierras».

Sea como sea, Greenblatt explica que gracias a aquel fortuito hallazgo Lucreio se volvió a leer, y poco a poco su voz se fue extendiendo por todas partes. En Francia, influyó en Montaigne; en Inglaterra, influyó en Francis Bacon. Quizá si aquella copia de Lucrecio se hubiese perdido, si no hubiese sido descubierta casi por casualidad, la historia del pensamiento habría sido muy diferente. Esta es la fascinante fuerza de la voz de Lucrecio, que ha modulado los tiempos modernos.

_________________________________________________________________________*Director de la revista Mètode (UV)