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CienciaJimena Canales, ocupa la cátedra Thomas M. Siebel de historia de la ciencia en la Universidad de Illinois / Investigación y Ciencia, junio de 2014

Además de revolucionar los conceptos de espacio y tiempo, Albert Einstein escribió la introducción de un libro de ciencia ficción

Einstein era en los años veinte del siglo pasado un escritor avezado y prestigioso, un premio nóbel de física con capacidad de encandilar al gran público. Su libro de divulgación sobre relatividad (Sobre la teoría especial y general de la relatividad, 1917) había sido traducido al inglés, francés, español, italiano, húngaro, ruso, polaco y yiddish. Sus lectores aprendían física a través de historias de rayos que caían sobre vías de tren y de personas que, tras observar lo que ocurría tanto desde el tren como fuera de él, tenían que descartar el viejo espacio absoluto de Newton. Einstein era muy consciente del poder de su imagen pública. Se sentía como el rey Midas de los medios de comunicación, capaz de transformar en noticia cuanto hacía: «Me pasa como al personaje del cuento que convertía en oro todo lo que tocaba: todo lo que hago se convierte en titular».

Aun así, en junio de 1923 muchas cosas, además de la física, preocupaban a Einstein. Con la inflación desbocada en Alemania, no ganaba lo suficiente para mantener a su familia y a su primera mujer. Asimismo, su teoría de la relatividad especial era ferozmente atacada por colegas antisemitas y sutilmente cuestionada por uno de los filósofos más importantes de su tiempo, el francés Henri Bergson. Por si fuera poco, ni Albert A. Michelson, que había contribuido con sus experimentos a la contrastación de la teoría, ni Hendrik Lorentz, que había proporcionado las ecuaciones, estaban convencidos del todo.

Siendo así, ¿por qué había de molestarse un científico de fama mundial en prologar un libro de historias imposibles? Einstein tenía sus razones. El libro especulaba con viajar a una velocidad mayor que la de la luz, una posibilidad que si llegara a realizarse invalidaría la teoría de la relatividad, según la cual la velocidad de la luz es un límite infranqueable. El protagonista del relato, sin embargo, era un hombre que se movía velozmente equipado con un simple telescopio.

¿Cómo vería el mundo alguien que se alejara de la Tierra a una velocidad superlumínica? Los científicos sabían desde el siglo XVII que la luz tenía una velocidad finita. Hoy sabemos que la luz que nos llega de las estrellas ha empleado cierto tiempo hasta llegar a nuestros ojos, de modo que nuestra imagen de ellas corresponde al pasado. ¿Qué ocurriría si viajáramos a una velocidad mayor que la de la luz? Las ondas luminosas procedentes de nuestro planeta no llegarían a alcanzarnos. Solo veríamos las que hubieran sido emitidas antes de emprender el viaje, las únicas capaces de llegar tan lejos como nosotros. Si lleváramos un telescopio potente y lo enfocáramos a la Tierra, veríamos el mundo tal como era en el pasado.

La idea de contemplar el pasado no era una fantasía; desde luego no antes de Einstein. Era una posibilidad que aún no había sido realizada, pero que probablemente acabaría siéndolo a juzgar por la experiencia reciente y los conocimientos más avanzados disponibles. La máquina de vapor y el telégrafo habían revolucionado las comunicaciones y el transporte, y no parecía que el aumento vertiginoso de la velocidad tuviera límites. Hasta 1905, año en que Einstein publicó su célebre artículo sobre la relatividad, era lógico pensar que cada vez se alcanzarían velocidades mayores. Se enseñaba a los niños a imaginarlas. Para ellos no era descabellado aceptar que un viajero más rápido que la luz sería capaz de ver el pasado, hasta el origen del universo. Los predicadores predecían, basándose en la ciencia más avanzada de su tiempo, que se descubriría a aquellos que habían conseguido ocultar sus crímenes, a menos que los hubieran perpetrado en lugares que no hubieran dejado escapar ningún rayo luminoso.

La historia del viajero superlumínico, atribuida al jurista y escritor de ciencia Felix Eberty, había sido contada muchas veces desde su publicación anónima a mediados del siglo XIX, hasta que Einstein acabó finalmente con ella. La teoría de la relatividad demostraba que nadie podría nunca viajar más deprisa que la luz.

Eberty había descrito un observador capaz de moverse rápidamente a fin de alterar el tiempo que empleaban los acontecimientos en llegar a él. Su ojo podría «captar la rápida sucesión de esta imágenes consecutivas». Desde una estrella lejana de magnitud 12 «contemplaría el aspecto de la Tierra en tiempos de Abraham». Al saltar de una estrella a otra, «vería desfilar ante sus ojos, en una hora, la historia del mundo desde Abraham hasta el momento actual». Ajustando su velocidad «sería capaz de observar a placer cualquier momento de la historia del mundo». Este «microscopio del tiempo» permitiría estudiar no solo la historia, sino también procesos biológicos como la floración o el vuelo de las mariposas.

Einstein conoció la historia de niño, a través de un popular divulgador de la ciencia, Aaron Bernstein. Los increíbles relatos de Bernstein no eran ficciones, estaban basados en hechos científicos y pretendían educar. Explicaban el modo de viajar en el tiempo hasta la Revolución francesa o de conocer a Alejandro Magno:

«La luz de las escenas de la revolución científica está alcanzando en este momento cierto punto del espacio. En otro punto más alejado la invasión de los bárbaros estaba al orden del día, y más allá Alejandro Magno seguía conquistando el mundo […] Y más allá aún, la representación del pasado de la Tierra mediante la luz avanzará hacia el futuro, retornando la vida a los acontecimientos históricos».

Las especulaciones científicas pasaron de la posibilidad ver el mundo hacia atrás a la posibilidad de que las cosas ocurrieran hacia atrás. Alrededor de 1900 esta era un posibilidad real.

Einstein no cesó de pensar en la historia que había conocido de niño, ni dejó de leer nuevas versiones. Cuando fundó en Berna la Academia Olympia, un pequeño grupo de amigos que compartían lecturas, uno de los autores escogidos fue Karl Pearson, excelente matemático y ardiente darwinista. En “La gramática de la ciencia”, Pearson describía al viajero infinitamente veloz. Su conclusión era que la idea de que la historia fluía en una única dirección resultaba de nuestra perspectiva en relación a ella. «La irreversibilidad de los procesos naturales corresponde a una concepción puramente relativa: la historia va adelante o hacia atrás según el movimiento relativo entre acontecimientos y observador».

El astrónomo y divulgador francés Camille Flammarion también recreó la historia, añadiéndole más detalles sugerentes. Especuló con la posibilidad de registrar toda la historia mundial dirigiendo las ondas luminosas terrestres hacia un planeta lejano, cuya superficie fotosensible actuaría a modo de rollo fotográfico. Al girar sobre su eje, las imágenes sucesivas registrarían de forma «imperecedera […] los grandes acontecimientos de la historia mundial». Flammarion bautizó este instrumento «cronotelescopio», una máquina capaz de ver el pasado, registrarlo, acelerarlo o frenarlo. El cronotelescopio permitiría ver el tiempo marcha atrás. Por ejemplo, la batalla de Waterloo:

«Era realmente Waterloo, pero un Waterloo de la otra vida, en el que los combatientes se alzaban de entre los muertos. En este espejismo singular, además, marchaban hacia atrás unos contra otros […] No era menos notable el hecho de que a medida que luchaban aumentaba el número de combatientes; cada impacto de artillería era inmediatamente rellenado por un grupo de muertos resucitados».

Uno de los lectores de Flammarion era el gran matemático Henri Poincaré. Einstein y Poincaré entendieron de manera distinta estas historias, y también diferían sobre su interpretación de los efectos relativistas. El científico francés llevaba años dándole vueltas a la relatividad, pero, a diferencia de Einstein, no creía que los efectos relativistas fueran tan revolucionarios, ni que fuera necesario desmontar los conceptos de espacio y tiempo. Esta es la razón por la que Einstein recibió merecidamente el crédito de haber revolucionado la física por lo cual Poincaré no obtuvo el mismo mérito.

Se afirma con frecuencia que Poincaré no llegó a entender del todo la relatividad, pero la historia de su relación con Einstein y la teoría es más compleja. El problema no es que no la comprendiera, sino que no quería aceptarla. En este sentido, quedó en minoría hasta que fue considerado un retrógrado.

Einstein y Poincaré también leyeron de forma distinta la historia del viajero superlumínico. Poincaré la citaba sin cuestionarla. Para el viajero veloz, «el tiempo cambiaría de sentido, la historia se desarrollaría marcha atrás, Waterloo tendría lugar antes que Austerlitz». Napoleón hubiera sido derrotado primero en Waterloo, para alzarse luego victorioso en Austerlitz. Puede que la secuencia invertida de las batallas de Napoleón resultara atractiva para un científico francés, encantado de que al final se alcanzara la victoria.

Poincaré sabía que no había sido detectada ninguna señal más rápida que la luz, pero no renunciaba a la posibilidad de que algún día se descubrieran «nuevas señales». No había ninguna razón por la que estas fueran «inconcebibles» y la historia del ser más rápido que la luz no pudiera hacerse realidad algún día. Cuando Einstein prologó el libro de Eberty, hacía más de diez años que Poincaré había muerto, pero sus objeciones a la relatividad seguían persiguiendo al físico. Algunos científicos y filósofos estaban convencidos de que la idea fundamental de que nada podía viajar más deprisa que la luzera una limitación técnica o una hipótesis conveniente, pero no una ley universal de la naturaleza.

¿Y si un día esta historia de ciencia ficción se hiciera realidad? En un mundo basado en los hechos, como los que apoyaban la teoría de la relatividad de Einstein, mucho dependía de la ficción.