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Francisco Torres, Ejecutivo de Fecode, Bogotá, diciembre 5 de 2013

Ahora que Colombia ha bajado en el escalafón de los países que presentaron las pruebas PISA casi hasta salirse de la tabla, Santos y su ministra de educación se hacen los de las gafas con respecto a su responsabilidad ante tamaño desastre y los grandes medios de comunicación y los monopolios le echan la culpa a los mismo presuntos culpables de siempre, los maestros; es buena la ocasión para dilucidar algunos misterios de la política educativa imperante en esta afligida nación.

Resulta que después de doce años de haber impuesto a la brava una reforma constitucional para reducir la inversión en educación, de haber modificado toda la legislación educativa, de haber cambiado radicalmente el estatuto laboral de los educadores; doce años después, las pruebas, estas y las demás que se han hecho y la realidad que palpan a diario padres de familia, estudiantes y profesores, claman a todos los decibeles posibles que la tal reforma que hizo Pastrana secundado por su ministro de Hacienda, el doctor Santos –sí, este mismo que nos gobierno y quiere reelegirse-, que fue continuada implacablemente por el gobierno Uribe –con el apoyo de cierto personaje desde el Ministerio de Defensa- y llevada a su culmen por el señor Juan Manuel Santos como presidente es un fracaso inocultable.

Pero pese a todas las evidencias que dicen que es perverso amontonar estudiantes en las aulas –muchas de las cuales están a punto de caerse-, de acabar con la educación técnica, de demoler la educación preescolar, de someter a los maestros a extenuantes jornadas con exangües salarios, de mantener sin recato ni pudor el engendro de la promoción automática, de negarse a la jornada única porque cuesta plata para construcciones escolares y salarios de maestros; de… se le acaba a uno el papel y la saliva para nombrar los horrores gubernamentales contra la educación. Sí, de convertir a la educación en un vil negocio. Pese a todo ello perseveran en su infame política educativa.

Y, con toda la naturalidad que les adorna, dicen lo que siempre han dicho: la culpa es de los maestros. Es que los detentadores del poder encabezados por el monarca de la hora, el señor Santos, son así, siempre encuentran a alguien a quien endosarle sus culpas: el invierno, el verano, las fallas geológicas, los agitadores profesionales y los maestros. Pero resulta que, como todo mentiroso inveterado, terminan enredándose en sus trampas.

Porque pasan cosas absurdas: someten a los aspirantes a un cargo docente a una prueba hecha a la medida de las posiciones filosóficas, epistemológicas, educativas, pedagógicas y sicológicas del Gobierno y sus mandamases del norte. Y entre los cientos de miles que las presentan pasan los suficientes para llenar las plazas vacantes ¿son idóneos para lo que exige el gobierno? Por supuesto. Y sin embargo, cuando estos mismos maestros van a presentar los exámenes de ascenso se rajan en masa e igualmente se rajan en masa sus estudiantes en las pruebas SABER y PISA ¿Qué pasó? ¿Se volvieron malos los buenos? ¿Los exámenes están mal diseñados? ¿La política educativa, su política educativa, es mala? De eso no dice nada la ministra de la sonrisa florida ni mucho menos el presidente en trance de parir reelección.

Agreguemos que las dichosas pruebas PISA que los neoliberales aceptan como la verdad revelada en razón a que viene de la OCDE, a la cual el doctor Santos nos quieren uncir como bueyes al arado, están bajo sospecha mundial. Pero su análisis lo dejamos para un artículo posterior. Por ahora baste decir que no podrá eludir el Gobierno del doctor Santos las incómodas preguntas sobre para que sirve una política educativa que lleva doce años, mucho tiempo para que sus resultados sean cada día peores.