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desindustrializacionDani Rodrik

PRINCETON – La mayoría de las economías avanzadas actuales llegaron a ser lo que son recorriendo la conocida senda de la industrialización. Una progresión de industrias manufactureras –textiles, acero, automóviles– surgió de las cenizas de los sistemas tradicionales de artesanos y gremios y transformó las sociedades agrarias en urbanas. Los campesinos pasaron a ser obreros de fábricas, proceso que sustentó no sólo un aumento sin precedentes de la productividad económica, sino también una revolución en gran escala de la organización social y política. El movimiento obrero condujo a la política de masas y, en última instancia, a la democracia política.

Con el tiempo, la manufactura cedió el paso a los servicios. En Gran Bretaña, país en el que nació la Revolución Industrial, el porcentaje del empleo correspondiente a la manufactura alcanzó su punto culminante del 45 por ciento, aproximadamente, antes de la primera guerra mundial y después bajó hasta un poco más del 30 por ciento, en el que permaneció hasta comienzos del decenio de 1970, cuando inició un descenso en picado. Ahora la manufactura representa algo menos del 10 por ciento de la fuerza laboral.

Todas las demás economías ricas han pasado por un ciclo similar de industrialización, seguida de desindustrialización. En los Estados Unidos, la manufacturación empleaba menos del tres por ciento de la fuerza laboral a comienzos del siglo XIX. Después de alcanzar entre el 25 y el 27 por ciento en el segundo tercio del siglo XX, se instaló la desindustrialización y en los últimos años la manufactura ha absorbido menos del 10 por ciento de la fuerza laboral.

En Suecia, el empleo en la manufactura alcanzó su punto culminante del 33 por ciento a mediados del decenio de 1960, antes de bajar hasta algo más del diez por ciento. Incluso en Alemania, con frecuencia considerada la más potente economía manufacturera del mundo desarrollado, el empleo en la manufactura alcanzó su punto culminante hacia 1970, con casi el 40 por ciento, y ha estado descendiendo constantemente desde entonces. Como ha sostenido Robert Lawrence, de la Universidad de Harvard, la desindustrialización es algo común y precede a la reciente ola de mundialización económica.

Sólo algunos países en desarrollo, por lo general del Asia oriental, han podido emular esa tónica. Gracias a los mercados de exportación, Corea del Sur se industrializó de forma excepcionalmente rápida. Con el aumento del escaso porcentaje de empleo en la manufactura a partir de un solo digito en el decenio de 1950 hasta un máximo del 28 por ciento en 1989 (desde entonces ha bajado diez puntos porcentuales), Corea del Sur experimentó en tres decenios una transformación para la que los primeros industrializadores necesitaron un siglo o más.

Pero la tónica de la industrialización en el mundo en desarrollo ha sido diferente. No sólo ha sido lento el proceso, sino que, además, la desindustrialización ha comenzado a instalarse mucho antes.

Pensemos en el Brasil y la India, dos economías en ascenso que han obtenido resultados relativamente buenos en el último decenio, más o menos. En el Brasil el porcentaje del empleo correspondiente a la manufactura apenas varió de 1950 a 1980, al aumentar del 12 por ciento al 15 por ciento. Desde finales del decenio de 1980, el Brasil ha empezado a desindustrializarse, proceso que el crecimiento reciente ha contribuido poco a detener o invertir. La India presenta un caso aún más sorprendente: el empleo en la manufactura alcanzó su exiguo punto culminante del 13 por ciento en 2002 y desde entonces ha tenido tendencia a bajar.

No está claro por qué están desindustrializándose tan pronto los países en desarrollo en sus trayectorias de crecimiento. Una causa evidente puede ser la mundialización y la apertura económica, que han dificultado a países como el Brasil y la India la competencia con las superestrellas manufactureras del Asia oriental, pero la competencia mundial no puede ser la razón principal. De hecho, lo que sorprende es que incluso países del Asia oriental estén experimentando una desindustrialización temprana.

Pensemos en China. En vista de su condición de motor manufacturero del mundo, resulta sorprendente descubrir que el porcentaje del empleo correspondiente a la manufactura no sólo es bajo, sino que, además, parece haber ido disminuyendo desde hace algún tiempo. Si bien las estadísticas chinas son problemáticas, parece que el empleo en la manufactura alcanzó su punto culminante del 15 por ciento, aproximadamente, a mediados del decenio de 1990 y desde entonces ha permanecido en general por debajo de ese nivel.

China es un país muy grande, naturalmente, y gran parte de su fuerza laboral se encuentra en las zonas rurales, pero ahora la mayoría de los trabajadores migrantes encuentran empleos en los servicios y no en las fábricas. De forma similar, es extraordinariamente improbable que la nueva generación de exportadores de productos manufacturados, como, por ejemplo, el Vietnam y Camboya, alcance jamás los niveles de industrialización de los primeros industrializadores, como, por ejemplo, Gran Bretaña y Alemania.

Una consecuencia inmediata de ello es la de que los países en desarrollo se están convirtiendo en economías de servicios con niveles de ingresos muy inferiores. Cuando los Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Suecia empezaron a desindustrializarse, sus ingresos por habitante habían llegado a ser de entre 9.000 y 11.000 dólares (con precios de 1990). En cambio, en los países en desarrollo la manufactura ha empezado a reducirse cuando los ingresos por habitante eran una fracción de ese nivel: la desindustrialización del Brasil comenzó con 5.000 dólares; la de China, con 3.000 dólares; la de la India, con 2.000 dólares.

Aún no se han analizado plenamente las consecuencias económicas, sociales y políticas de una desindustrialización prematura. En el frente económico, está claro que una desindustrialización temprana obstaculiza el crecimiento y retrasa la convergencia con las economías avanzadas. Las industrias manufactureras son lo que yo he llamado “industrias pro ascenso”: la productividad laboral en la manufactura tiene tendencia a converger en el punto más elevado, incluso en economías en las que las políticas, las instituciones y la geografía conspiran para retrasar los avances en otros sectores de la economía.

Ésa es la razón por la que, históricamente, siempre se ha relacionado el crecimiento rápido con la industrialización (exceptuado un puñado de países pequeños dotados de recursos naturales abundantes). Un menor margen para la industrialización significará casi con toda seguridad menos milagros de crecimiento en el futuro.

Las consecuencias sociales y políticas son menos fáciles de entender, pero podrían ser igualmente transcendentales. Algunos de los componentes básicos de una democracia duradera han sido subproductos de una industrialización sostenida: un movimiento laboral organizado, partidos políticos disciplinados y competencia política organizada en torno al eje derecha-izquierda.

Los hábitos de avenencia y moderación han surgido de una historia de luchas entre el trabajo y el capital que se desarrollaron en gran medida en el propio lugar de trabajo. En vista de la prematura desindustrialización, los países en desarrollo actuales tendrán que recorrer sendas diferentes, aún desconocídas y posiblemente más accidentadas, hacia la democracia y la gobernación idónea.

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