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Guillermo Maya

Cada tratado firmado se constituye en una rueda de tuerca que cada vez más se vuelve más costoso desatornillar.

El TLCAN, tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, cumplió 20 años el pasado primero de enero. El objetivo central era liberar los flujos de comercio y de capital entre estos tres países para impulsar el crecimiento económico y el bienestar de sus habitantes.

Cuando los gobiernos evalúan el éxito de los TLC exaltan las estadísticas de comercio. De acuerdo con la Secretaría de Economía, en México las exportaciones pasaron de 60.882 millones de dólares (mdd) en 1994 a 370.705 mdd; mientras las importaciones pasaron de 80.000 mdd a 370.751 mdd, en los mismos años. Es decir, las primeras crecieron 500 por ciento, mientras las segundas 350. Por su parte, la balanza comercial (exportaciones menos importaciones) solo tuvo tres años de superávit, con 7.088 mdd en 1995, 6.531 mdd en 1996, y 623 mdd en 1997.

Por su parte, el subsecretario de Comercio Exterior, Francisco Rosenzweig, afirmó: “El 81 por ciento de las exportaciones mexicanas corresponde al rubro de manufacturas, resultado del trabajo de dos décadas a través del TLCAN” (‘TLC cumple 20 años con un México beneficiado: SE’. eleconomista.com.mx, primero de enero del 2014). Pero ¿es México un país manufacturero, que participa en grado alto en la innovación, diseño y producción de estos bienes o es, simplemente, un maquilador-ensamblador? El ensamble de un New Beetle (Volkswagen) genera 3 por ciento de valor agregado mexicano. El resto son partes importadas.

Timothy A. Wise, un investigador norteamericano del Institute for Agriculture and Trade Policy, de la Universidad de Boston, afirma, en cuanto al comercio agrícola, que, durante la vigencia del TLCAN, se ha pasado por dos periodos: el de “la gran inundación” y el de “la dependencia costosa” (‘El TLCAN: el arte de entregar los valores’. jornada.unam.mx, 16 de noviembre del 2013).

En “la gran inundación” se incrementaron las compras de cárnicos y granos a los Estados Unidos a precios de ‘dumping’, precios por debajo de los costos de producción. En el análisis de 8 productos que también son producidos por mexicanos (maíz, soya, trigo, algodón, arroz, carne de res, cerdo y pollo), los volúmenes de exportación pasaron de un mínimo de 159 por ciento en soya a un máximo de 707 por ciento en carne de cerdo, al comparar los volúmenes promedio entre 1990 y el 2002 y el 2006 y el 2008.

Estos productos recibieron subsidios en Estados Unidos que promediaron 11.500 mdd anuales, entre 1995 y el 2005. Los márgenes de ‘dumping’ estuvieron entre 17 y 38 por ciento en los cinco cultivos, y entre 5 y 10 por ciento en los pecuarios. El efecto de las importaciones sobre los precios internos mexicanos fueron igualmente catastróficos para los productores internos, al comparar los precios ajustados por inflación de 1990 con los del 2005, que bajaron entre 44 y 67 por ciento, lo que hizo caer la producción interna de algodón, soya, trigo y arroz. El costo para los cultivadores mexicanos fue de 1.400 mdd anuales, para los 11 años, sumando los márgenes de ‘dumping’, multiplicado por los volúmenes, equivalentes a más del 10 por ciento de las exportaciones agropecuarias de México a Estados Unidos.

En cuanto al período “la dependencia costosa”, los precios internacionales de los productos básicos se duplicaron, lo que encareció la canasta básica de alimentos en 53 por ciento entre el 2005 y el 2011. De 1990 al 2011 se incrementó la canasta de alimentos importada de 2.600 mdd a 18.400 mdd anuales. Este incremento de precios se ha debido, en el caso del maíz, entre otros, al desvío de la producción de maíz para consumo humano hacia la producción de etanol, con un costo para México de 1.500 mdd anuales entre el 2005 y el 2011. Este es un fenómeno internacional, pero que ha puesto a los países importadores de alimentos en una situación delicada, como factor que contribuye al déficit de la cuenta corriente.

Wise señala, igualmente, que fueron los consorcios agroalimentarios los que se beneficiaron de los bajos precios de los alimentos y no los consumidores, y ahora abusan de su posición oligopólica.

Por su parte, Víctor Quintana ha señalado que la participación porcentual del sector agropecuario en “el PIB nacional ha ido disminuyendo: 3,57 por ciento en el 2000; 3,55 en el 2006 y 3,39 en el 2011”. En consecuencia, la dependencia alimentaria ha crecido: mientras en 1994 se importaba el 24 por ciento de los alimentos que consumían los mexicanos, en el 2011 se importaba el 46. Además, los campesinos emigrantes del campo, o desplazados, desde 1994 hasta el presente suman 1’780.000 (‘TLCAN y reformas: espejismos y violencias.’ jornada.unam.mx, 3 de enero del 2014).

En general, el PIB mexicano creció durante la vigencia del TLCAN a una tasa mediocre de 2,9 por ciento anual, en promedio; mientras, entre 1950 y 1973, el periodo dorado de la sustitución de importaciones, creció al 6,56 por ciento anual. La promesa de crecer más en un modelo abierto que en un modelo “cerrado” todavía no se cumple.

Igualmente, el PIB per cápita creció 0,6 por ciento entre 1980 y el 2008, en contraste con el 3 por ciento en el período previo, una diferencia significativa. Debido a estas circunstancias, el ingreso per cápita de los mexicanos respecto al de los estadounidenses cayó de 35,6 por ciento en 1981 a 25,6 por ciento en el 2008, de acuerdo con la Cepal (Susana González. ‘Se desplomó 80% avance del ingreso por habitante en tres décadas: Cepal.’ lajornada.unam.mx, 6 de noviembre del 2011). En cuanto al mercado laboral, la informalidad predomina con un 59 por ciento; 55 millones de mexicanos, cerca de la mitad de su población, se estima que están en la pobreza, y 22,2 millones carecen de alimentos suficientes, especialmente en el campo. El TLCAN es un fracaso, no solo económico, sino también en soberanía nacional.

Los TLC son una forma de anexión económica, sin necesidad de ocupar territorios y someter poblaciones, como aquellas en las que México perdió cerca de 2,1 millones de kilómetros cuadrados con Estados Unidos, para extender el mercado y las oportunidades de inversión a las transnacionales y asegurar el acceso y control de los recursos naturales, especialmente los no renovables, que son limitados y estratégicos, como los energéticos, para aumentar la rentabilidad empresarial y la hegemonía estadounidense. En este sentido, los Estados subordinados ceden su parte de soberanía, a través de las élites nacionales asociadas a los intereses internacionales, en los tratados comerciales o de inversión, sometiéndose a la jurisdicción de los tribunales privados de arbitramento en las disputas con las corporaciones. Cada tratado firmado se constituye en una rueda de tuerca que cada vez se vuelve más costoso desatornillar, tanto en términos políticos como económicos, lo que empeña el desarrollo nacional a la quimera del crecimiento ilimitado, la utopía neoliberal. Colombia sigue el camino de los corderos, al despeñadero.

Guillermo Maya

El Tiempo