• Categoría de la entrada:Sin categoría

De vientos del pueblo

“Adiós, hermanos, camaradas y amigos Despedidme del sol y de los trigos” (Miguel, en los muros de la cárcel de Alicante, poco antes de morir)


“Aunque el otoño de la historia cubra vuestras tumbas con el aparente polvo del olvido, jamás renunciaremos ni al más viejo de nuestros sueños”(M.H.)


“España no es España, es un inmenso hoyo, es un gran cementerio rojo y bombardeado.” (Miguel Hernández).


“Los pueblos que no conocen su Historia están condenados a repetirla” (Jorge de Santayana)


RECOGED ESTA VOZ

Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos

del mundo y de la nada:

habitantes perdidos y lejanos,

más que del corazón, de la mirada.

Aquí tengo una voz enardecida,

aquí tengo una vida combatida y airada,

aquí tengo un rumor , aquí tengo una vida.

Abierto estoy, mirad, como una herida.

Hundido estoy, mirad, estoy hundido

en medio de mi pueblo y de sus males.

Herido voy, herido y malherido,

sangrando por trincheras y hospitales.

Hombres , mundos, naciones,

atended, escuchad mi sangrante sonido,

recoged mis latidos de quebranto

en vuestros espaciosos corazones,

porque yo empuño el alma cuando canto.

Cantando me defiendo

y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen

su herradura de pólvora y estruendo

los bárbaros del crimen.

Esta es su obra, esta:

pasan , arrasan como torbellinos,

y son ante su cólera funesta

armas los horizontes y muertes los caminos.

El llanto que por valles y balcones se vierte,

en las piedras diluvia y en piedras trabaja,

y no hay espacio para tanta muerte,

y no hay madera para tanta caja.

Caravanas de cuerpos abatidos.

Todos vendajes, penas y pañuelos:

todo camillas donde a los heridos

se les quiebran las fuerzas y los vuelos.

Sangre, sangre por árboles y suelos,

sangre por aguas, sangre por paredes,

y un temor de que España se desplome

del peso de la sangre que moja entre sus redes

hasta el pan que se come.

Recoged este viento,

naciones, hombres, mundos

que parte de las bocas de conmovido aliento

y de los hospitales moribundos.

Aplicad las orejas

a mi clamor de pueblo atropellado,

al ¡ay! de tantas madres, a las quejas

de tanto ser luciente que el luto ha devorado.

Los pechos que empujaban y herían las montañas,

vedlos desfallecidos sin leche ni hermosura,

y ved las blancas novias y las negras pestañas

caídas y sumidas en una siesta oscura.

Aplicad la pasión de las entrañas

a este pueblo que muere con un gesto invencible

sembrados por los labios y la frente,

bajo los implacables aeroplanos

que arrebatan terrible,

terrible, ignominiosa, diariamente,

a las madres los hijos de las manos.

Ciudades de trabajo y de inocencia,

juventudes que brotan de la encina,

troncos de bronce, cuerpos de potencia

yacen precipitados en la ruina.

Un porvenir de polvo se avecina,

se avecina un suceso

en que no quedará ninguna cosa:

ni piedra sobre piedra ni hueso sobre hueso.

España no es España, que es una inmensa fosa,

que es un gran cementerio rojo y bombardeado:

los bárbaros la quieren de este modo.

Será la tierra un denso corazón desolado,

si vosotros, naciones, hombres, mundos,

con mi pueblo del todo

y vuestro pueblo encima del costado,

no quebráis los colmillos iracundos.

II

Pero no lo será: que un mar pifiante,

triunfante siempre, siempre decidido,

hecho por la luz, para la hazaña,

agita su cabeza de rebelde diamante,

bate su pie calzado en el sonido

por todos los cadáveres de España.

Es una juventud: recoged este viento.

Su sangre es el cristal que no se empaña,

su sombrero el laurel y el pedernal su aliento.

Donde clava la fuerza de sus dientes

brota un volcán de diáfanas espadas,

y sus hombros batientes,

y sus talones guían llamaradas.

Esta compuesta de hombres del trabajo

de herreros rojos, de albos albañiles,

de yunteros con rostro de cosechas.

Oceánicamente transcurren por debajo

de un fragor de sirenas y herramientas fabriles

y de gigantes arcos alumbrados con flechas.

A pesar de la muerte, estos varones

con metal y relámpagos igual que los escudos,

hacen retroceder a los cañones

acobardados, temblorosos, mudos.

El polvo no los puede y hacen del polvo fuego,

savia, explosión, verdura repentina:

con su poder de abril apasionado

precipitan el alma del espliego,

el parto de la mina,

el fértil movimiento del arado.

Ellos harán de cada ruina un prado,

de cada pena un fruto de alegría,

de España un firmamento de hermosura.

Vedlos agigantar el mediodía,

y hermosearlo todo con su joven bravura.

Se merecen la espuma de los truenos,

se merecen la vida y el olor del olivo,

los españoles amplios y serenos

que mueven la mirada como un pájaro altivo.

Naciones, hombres, mundos, esto escribo:

la juventud de España saldrá de las trincheras

de pie, invencible como la semilla,

pues tiene un alma llena de banderas

que jamás se somete ni arrodilla.

Allí van por los yermos de Castilla

los cuerpos que parecen potros batalladores,

toros de victorioso desenlace,

diciéndose en su sangre de generosas flores

que morir es la cosa mas grande que se hace.

Quedaran en el tiempo vencedores,

siempre de sol y majestad cubiertos,

los guerreros de huesos tan gallardos

que si son muertos son gallardos muertos:

la juventud que a España salvara aunque tuviera

que combatir con un fusil de nardos

y una espada de cera.

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,

vientos del pueblo me arrastran,

me esparcen el corazón

y me avientan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,

impotentemente mansa,

delante de los castigos:

los leones la levantan

y al mismo tiempo castigan

con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo

sobre el cuello de esta raza?

¿Quién ha puesto al huracán

jamás ni yugos ni trabas,

ni quién al rayo detuvo

prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,

vascos de piedra blindada,

valencianos de alegría

y castellanos de alma,

labrados como la tierra

y airosos como las alas;

andaluces de relámpagos,

nacidos entre guitarras

y forjados en los yunques

torrenciales de las lágrimas;

extremeños de centeno,

gallegos de lluvia y calma,

catalanes de firmeza,

aragoneses de casta,

murcianos de dinamita

frutalmente propagada,

leoneses, navarros, dueños

del hambre, el sudor y el hacha,

reyes de la minería,

señores de la labranza,

hombres que entre las raíces,

como raíces gallardas,

vais de la vida a la muerte,

vais de la nada a la nada:

yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes

está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos

de humildad y olor de cuadra;

las águilas, los leones

y los toros de arrogancia,

y detrás de ellos, el cielo

ni se enturbia ni se acaba.

La agonía de los bueyes

tiene pequeña la cara,

la del animal varón

toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera

con la cabeza muy alta.

Muerto y veinte veces muerto,

la boca contra la grama,

tendré apretados los dientes

y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,

que hay ruiseñores que cantan

encima de los fusiles

y en medio de las batallas.

Miguel Hernández

AL SOLDADO INTERNACIONAL CAIDO EN ESPAÑA

Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras,

una esparcida frente de mundiales cabellos,

cubierta de horizontes, barcos y cordilleras,

con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.

Las patrias te llamaron con todas sus banderas,

que tu aliento llenara de movimientos bellos.

Quisiste apaciguar la sed de las panteras,

y flamante henchido contra sus atropellos.

Con un sabor a todos los soles y los mares,

España te recoge porque en ella realices

tu majestad de árbol que abarca un continente.

A través de tus huesos irán los olivares

desplegando en tierra sus más férreas raíces,

abrazando a los hombres universal, fielmente.

NANAS DE LA CEBOLLA

(Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan y cebolla.)

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla,

hielo negro y escarcha

grande y redonda.

En la cuna del hambre

mi niño estaba.

Con sangre de cebolla

se amamantaba.

Pero tu sangre,

escarchada de azúcar,

cebolla y hambre.

Una mujer morena

resuelta en luna

se derrama hilo a hilo

sobre la cuna.

Ríete, niño,

que te traigo la luna

cuando es preciso.

Alondra de mi casa,

ríete mucho.

Es tu risa en tus ojos

la luz del mundo.

Ríete tanto

que mi alma al oírte

bata el espacio.

Tu risa me hace libre,

me pone alas.

Soledades me quita,

cárcel me arranca.

Boca que vuela,

corazón que en tus labios

relampaguea.

Es tu risa la espada

más victoriosa,

vencedor de las flores

y las alondras.

Rival del sol.

Porvenir de mis huesos

y de mi amor.

La carne aleteante,

súbito el párpado

el vivir como nunca

coloreado.

¡Cuánto jilguero

se remonta, aletea,

desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:

nunca despiertes.

Triste llevo la boca:

ríete siempre.

Siempre en la cuna,

defendiendo la risa

pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,

tan extendido,

que tu carne es el cielo

recién nacido.

¡Si yo pudiera

remontarme al origen

de tu carrera!

Al octavo mes ríes

con cinco azahares.

Con cinco diminutas

ferocidades.

Con cinco dientes

como cinco jazmines

adolescentes.

Frontera de los besos

serán mañana,

cuando en la dentadura

sientas un arma.

Sientas un fuego

correr dientes abajo

buscando el centro.

Vuela niño en la doble

luna del pecho:

él, triste de cebolla,

tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.

18 DE JULIO 1936 – 18 DE JULIO 1938

Es sangre, no granizo, lo que azota mis sienes.

Son dos años de sangre: son dos inundaciones.

Sangre de acción solar, devoradora vienes,

hasta dejar sin nadie y ahogados los balcones.

Sangre que es el mejor de los mejores bienes.

Sangre que atesoraba para el amor sus dones.

Vedla enturbiando mares, sobrecogiendo trenes,

desalentando toros donde alentó leones.

El tiempo es sangre. El tiempo circula por mis venas.

Y ante el reloj y el alba me siento más que herido,

y oigo un chocar de sangres de todos los tamaños.

Sangre donde se puede bañar la muerte apenas:

fulgor emocionante que no ha palidecido,

porque lo recogieron mis ojos de mil años.

ANTONIO MACHADO

EL CRIMEN FUE EN GRANADA

EL CRIMEN

Se le vio, caminando entre fusiles,

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas, de la madrugada.

Mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos

no osó mirarle la cara.

Todos cerraron los ojos;

rezaron: ¡ni Dios te salva!

Muerto cayó Federico.

- sangre en la frente y plomo en las entrañas-.

…Que fue en Granada el crimen

sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada… II

EL POETA Y LA MUERTE

Se le vio caminar solo con Ella,

sin miedo a su guadaña.

Ya el sol en torre y torre; los martillos

en yunque – yunque y yunque de las fraguas.

Hablaba Federico,

requebrando a la muerte. Ella escuchaba.

“Porque ayer en mi verso, compañera,

sonaba el golpe de tus secas palmas,

y diste el hielo a mi cantar, y el filo

a mi tragedia de tu hoz de plata,

te cantaré la carne que no tienes,

los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía,

los rojos labios donde te besaban…

Hoy como ayer, gitana, muerte mía,

qué bien contigo a solas,

por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”

III

Se le vio caminar.

Labrad, amigos,

de piedra y sueño, en el Alhambra,

un túmulo al poeta,

sobre una fuente donde llore el agua,

y eternamente diga:

el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Antonio Machado

FEDERICO GARCIA LORCA (1935, TENÌA 37 AÑOS)

RAFAEL ALBERTI

DEFENSA DE MADRID,

DEFENSA DE CATALUÑA

Madrid, corazón de España,

late con pulsos de fiebre.

Si ayer la sangre le hervía,

hoy con más calor le hierve.

Ya nunca podrá dormirse,

porque si Madrid se duerme,

querrá despertarse un día

y el alba no vendrá a verle.

No olvides, Madrid, la guerra;

jamás olvides que enfrente

los ojos del enemigo

te echan miradas de muerte.

Rondan por tu cielo halcones

que precipitarse quieren

sobre tus rojos tejados,

tus calles, tu brava gente.

Madrid: que nunca se diga,

nunca se publique o piense

que en el corazón de España

la sangre se volvió nieve.

Fuentes de valor y hombría

las guardas tú donde siempre.

Atroces ríos de asombro

han de correr de esas fuentes.

Que cada barrio, a su hora,

si esa mal hora viniere

- hora que no vendrá- sea

más que la plaza más fuerte.

Los hombres, como castillos;

igual que almenas, sus frentes,

grandes murallas sus brazos,

puertas que nadie penetre.

Quien al corazón de España

quiera asomarse, que llegue,

¡Pronto! Madrid está lejos.

Madrid sabe defenderse

con uñas, con pies, con codos,

con empujones, con dientes,

panza arriba, arisco, recto,

duro, al pie del agua verde

del Tajo, en Navalperal,

en Sigüenza, en donde suenen

balas y balas que busquen

helar su sangre caliente.

Madrid, corazón de España,

que es de tierra, dentro tiene,

si se le escarbara, un gran hoyo,

profundo, grande, imponente,

como un barranco que aguarda…

Sólo en él cabe la muerte.

RAFAEL ALBERTI

A LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

Venís desde muy lejos… Mas esta lejanía

¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?

La necesaria muerte os nombra cada día,

no importa en qué ciudades, campos o carreteras.

De este país, del otro, del grande, del pequeño,

del que apenas si al mapa da un color desvaído,

con las mismas raíces que tiene un mismo sueño,

sencillamente anónimos y hablando habéis venido.

No conocéis siquiera ni el color de los muros

que vuestro infranqueable compromiso amuralla.

La tierra que os entierra la defendéis seguros,

a tiros con la muerte vestida de batalla.

Quedad, que así lo quieren los árboles, los llanos,

las mínimas partículas de la luz que reanima

un solo sentimiento que el mar sacude: ¡Hermanos!

Madrid con vuestro nombre se agranda y se ilumina.

Madrid, diciembre de 1936.

MADRID, CORAZÓN DE ESPAÑA

Madrid, corazón de España,

late con pulsos de fiebre.

Si ayer la sangre le hervía,

hoy con más calor le hierve.

Ya nunca podrá dormirse,

porque si Madrid se duerme,

querrá despertarse un día

y el alba no vendrá a verle.

No olvides, Madrid, la guerra;

jamás olvides que enfrente

los ojos del enemigo

te echan miradas de muerte.

Rondan por tu cielo halcones

que precipitarse quieren

sobre tus rojos tejados,

tus calles, tu brava gente.

Madrid: que nunca se diga,

nunca se publique o piense

que en el corazón de España

la sangre se volvió nieve.

Fuentes de valor y hombría

las guardas tú donde siempre.

Atroces ríos de asombro

han de correr de esas fuentes.

Que cada barrio, a su hora,

si esa mal hora viniere

- hora que no vendrá- sea

más que la plaza más fuerte.

Los hombres, como castillos;

igual que almenas, sus frentes,

grandes murallas sus brazos,

puertas que nadie penetre.

Quien al corazón de España

quiera asomarse, que llegue,

¡Pronto! Madrid está lejos.

Madrid sabe defenderse

con uñas, con pies, con codos,

con empujones, con dientes,

panza arriba, arisco, recto,

duro, al pie del agua verde

del Tajo, en Navalperal,

en Sigüenza, en donde suenen

balas y balas que busquen

helar su sangre caliente.

Madrid, corazón de España,

que es de tierra, dentro tiene,

si se le escarbara, un gran hoyo,

profundo, grande, imponente,

como un barranco que aguarda…

Sólo en él cabe la muerte.

MADRID BOMBARDEADA