Por: Moisés Wasserman El Tiempo, Bogotá D.C., 14 de octubre de 2016 Este Nobel es uno más en la serie que se ha otorgado a los sistemas biológicos de degradación y reciclaje. Si alguno de esos nobeles viviera hoy acá, no sería financiado. El Nobel en Medicina y Fisiología fue para Yoshinori Ohsumi por […]
Por: Moisés Wasserman
El Tiempo, Bogotá D.C., 14 de octubre de 2016
Este Nobel es uno más en la serie que se ha otorgado a los sistemas biológicos de degradación y reciclaje. Si alguno de esos nobeles viviera hoy acá, no sería financiado.
El Nobel en Medicina y Fisiología fue para Yoshinori Ohsumi por su contribución al entendimiento de la autofagia. Eso, como se adivina, es comerse a uno mismo. Parecería que se tratara de alguna aberración o perversión. Pero no, es un fenómeno biológico de gran importancia.
Las células no son un bulto de genes y enzimas. Tienen estructuras complejas y compartimientos minúsculos (organelos), tan especializados como nuestros órganos. Uno de ellos sirve para la degradación de componentes propios y extraños, es decir, un órgano de reciclaje. En la biología, para la construcción, es indispensable un sistema organizado de destrucción, así como uno de muerte programada es necesario para la vida.
Ohsumi empezó a investigar el fenómeno en la levadura. Este organismo tiene células complejas, como las nuestras, con núcleo y organelos especializados, pero es mucho más pequeño y fácil de manipular en el laboratorio. Por su tamaño, era muy difícil detectar las vesículas autofágicas, entonces generó levaduras deficientes en algunas enzimas degradativas y luego las sometió a inanición. Muy pronto vio cómo se llenaban de vesículas. Pudo verlas porque se paraban sus procesos y no llegaban a destruirse.
Con ese mismo sistema y con paciencia, mutando un gen después de otro, logró en pocos años mostrar una cascada completa de procesos degradativos que suceden dentro del organelo. Pasó a las células humanas más complejas y encontró que el proceso era prácticamente el mismo.
Muchas cosas importantes dependen de ese reciclaje. Una obvia es la supervivencia en una situación de inanición o de estrés, consumiéndose en parte para asegurarles energía y materiales a las funciones primordiales. Otra es la destrucción de agentes infectantes. Pero también encontró que era un sistema para eliminar errores, estructuras defectuosas o las que se dañaban por efectos de la edad. Es decir, un sistema que contrarresta, en parte, los efectos del envejecimiento. Por eso, problemas en el reciclaje se han relacionado con enfermedades como el párkinson, la diabetes tipo II y el cáncer, que tienen que ver (de alguna forma) con errores no corregidos a tiempo.
Este Nobel es uno más en la serie que se ha otorgado a los sistemas biológicos de degradación y reciclaje. En 1974, Christian de Duve ganó el premio Nobel por la descripción del compartimiento llamado lisosoma, donde todo esto sucede. En el 2002, tres científicos lo ganaron por el fenómeno que llamaron apoptosis, o muerte celular programada, que resultó fundamental para el desarrollo del embrión. En el 2004, el premio Nobel de Química fue por la descripción de un sistema que marca en la célula las proteínas destinadas a ser degradadas.
Esos nobeles han marcado hitos en el conocimiento. Los recipiendarios han sido un belga, dos ingleses, dos americanos, dos israelíes y ahora un japonés; un esfuerzo verdaderamente global. Algún día se derivarán aplicaciones y se aliviarán males. Por el momento, enriquecen a la mayor empresa de nuestra especie: la ciencia.
Infortunadamente, en Colombia parece que estamos empeñados en excluir a nuestra gente de ese esfuerzo mundial. El financiamiento de la investigación llega a niveles cercanos a la extinción. Si alguno de esos nobeles viviera hoy acá, no sería financiado. La última convocatoria de Colciencias en ciencias básicas plantea como objetivo: “Fomentar la generación de conocimiento… que derive en productos con potencial de transferencia a diferentes grupos de interés”. Es decir: hagan ciencia básica, siempre y cuando sea aplicada. La experiencia de otros debería ser suficiente para convencernos de ese error. Pero seguimos empeñados en la mezcla confusa e inoperante que inventamos para nuestros sistemas de competitividad y de ciencia.
Moisés Wasserman
@mwassermannl
El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.
Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.
Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.
El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.
Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.
La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.
A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.
Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.
La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.
Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.
Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.
La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.