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«Pachito» y la escultura

May 17, 2011

Por: admin
Reinaldo Spitaletta, el espectador.com, 16 de mayo de 2011 Bárbaros siempre ha habido. Y seguro, siempre habrá. Bárbaro, por ejemplo, George Bush y su ataque a Irak, en el cual, entre tantos desastres, acabó con históricas bibliotecas que poseían legados culturales de la humanidad. Bárbaro, aquel que quemó la biblioteca de Alejandría. O aquellos que […]

Reinaldo Spitaletta, el espectador.com, 16 de mayo de 2011

Bárbaros siempre ha habido. Y seguro, siempre habrá. Bárbaro, por ejemplo, George Bush y su ataque a Irak, en el cual, entre tantos desastres, acabó con históricas bibliotecas que poseían legados culturales de la humanidad.

Bárbaro, aquel que quemó la biblioteca de Alejandría. O aquellos que destruyeron decenas de esculturas de Buda en Afganistán. O el sujeto llamado Eróstrato que incendió el templo de Diana.

Bárbaros aquellos que quemaron libros durante el nazismo, los que lo hicieron en los días eternos de la Inquisición, los imaginarios bomberos de Ray Bradbury, y, claro, todos aquellos que, además de obras de arte y libros, incineraron hombres.

En Colombia, donde la barbarie ha estado por encima de la civilización, los desafueros son innumerables. En el caso del arte, bastaría recordar el atentado perpetrado, hace años, contra un mural del maestro Pedro Nel Gómez en la Universidad de Antioquia. “País de cafres”, diría alguna vez Darío Echandía, pero, a la larga, qué pena con los cafres, más civilizados que muchos habitantes de esta geografía.

En 1995, hubo un espantoso atentado en Medellín. En el parque de San Antonio, una bomba destruyó la escultura El pájaro, de Fernando Botero, y, de paso, mató a treinta personas e hirió a más de doscientas. Eran los días –que aún no terminan- de mafias y otras violencias. Años atrás, en otro parque de la ciudad, el narcotráfico mandó a volar el busto de Guillermo Cano, director de El Espectador, asesinado en Bogotá en 1986.

Bueno, y a qué rayos viene este breve recuento. Pues, como casi todos lo saben, hace poco el exvicepresidente Francisco Santos expresó una barrabasada en Manizales, quizá con la falsa creencia de ganar la sintonía perdida en la cadena de radio en la que funge como director de noticiero. Tal vez, como advirtió el columnista Orlando Cadavid, “Pachito” estaba reviviendo las “frecuentes metidas de pata en las que incurrió en sus ocho años como vicepresidente”.

Y lo que dijo el patán fue que, si por él fuera, le pondría una bomba a la escultura el Bolívar-cóndor, del maestro Rodrigo Arenas Betancur. El individuo en mención, que hizo parte de una “política antiterrorista”, representaba el papel de eso, de vulgar terrorista. Y, además, mostraba su ignorancia frente a lo que significan en Colombia – y en otras partes- las esculturas monumentales del artista de Fredonia.

Claro que no es extraño que un miembro de la élite, de aquella que siempre se ha creído la “conciencia moral” del país, diga esas barbaridades. Ha sido integrante de aquellos que, como diría Fernando González, viven en la creencia y el sentimiento de que el poder les pertenece por derecho divino. Es parte de aquellos “señoritos” habituados a explotar el país. Y entonces, como se ha visto, de ellos se pueden esperar cosas peores que la amenaza de poner una bomba a una obra artística.

Y digo que no son sorprendentes tales desafueros en gentes que han sido parte de las causas del desastre nacional, de los que han entregado la soberanía al “míster”, de los que han despreciado y escarnecido al pueblo y lo han convertido en su mula de carga.

En un tiempo (también de bárbaras naciones) hubo voces “moralistas” que querían desterrar, digamos, esculturas como La Bachué, de José Horacio Betancur, o las pinturas de Débora Arango, o aquellos que en el palacio de gobierno municipal de Medellín taparon con cortinas negras los murales de Ignacio Gómez Jaramillo, al tiempo que a los del Capitolio Nacional los cubrían con cal. Pero ni siquiera esos “cruzados” amenazaron con poner bombas a aquellas obras.

Enorme “descache” del ex vicepresidente Santos, que con su irreflexiva afirmación se pone a la altura (o, mejor, bajura) de aquellos que han atentado contra el patrimonio artístico y cultural de la humanidad.

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