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PAÍS MINERO

Santiago Espinosa

Diciembre 3 de 2010

Y el oro fue más fuerte. Después de viajes y traiciones, ilusiones rotas, lo que quedó de estas tierras fue la dominación desnuda, de la maquila a la mina, desigualdad sin metáforas. Modelos coloniales en la escuela y modelos coloniales en la cama. De nada sirvieron las protestas. El oro en bruto siguió siendo el modelo económico. La horrenda armonía de un poderoso que invierte, muestra las espuelas, y otro necesitado que en secreto se degrada, cava sus propios socavones lentamente. El resultado es la feroz reciprocidad en que hoy vivimos. El contrapunto de un mundo donde unos ponen los dólares y otros los muertos, en el que la sortija de bodas de uno es la esterilidad con mercurio de los otros. Seguimos construyendo nuestras casas con los huesos de los otros. “Oro y esclavos”, no es una regresión al pasado, no, son las propuestas del gobierno Santos, el sentido verdadero de estos programas de desarrollo. No es el cartel de una película africana sino el futuro de Colombia. “Oro y esclavos: las dos cosas que evitan la libertad entre los hombres”, advertía Simón Bolívar, y que siguen siendo el papel del nuevo mundo a más de doscientos años de su independencia. Que no nos engañen los modales de los nuevos discursos. Sigue siendo el oro y seguimos siendo esclavos. Esclavos mejor pagados pero esclavos a fin de cuentas, buscando el oro al final de la jornada, entre los ríos, un oro que no es valor de riqueza sino lujo, fetiche, pero que tulle los cartílagos con la misma eficacia. Hablan los noticieros de confianza inversionista, pero esa confianza inversionista se sustenta en un 85% en los codos y pulmones ulcerados de la inversión minera. “La gran minería como locomotora del progreso”, decretan los ministros, cuando en un país de intereses privados –sin ferrocarriles ni rieles que soporten su delirio–, estas supuestas locomotoras no son otra cosa que polvo en el aire, heridas y herrumbre, otro puñado de cianuro entre las aguas. Hasta los actores de la televisión han puesto a circular una propaganda, –ya censurada– donde se advierte del desastre ambiental que implica un país minero. Marmato, Caldas. El gobierno amenaza con vender sus terrenos a la gran minería, incluso a fuerza de reubicar el pueblo que es hoy un monumento nacional. Los antiguos yacimientos quedarán clausurados, desterrando a los antiguos mineros que se convertirán en “gucharos”: mineros artesanales en el dilema de la cárcel o la explosión de las venas. San Turbán, departamento de Santander, de sus aguas dependen las fuentes hídricas de buena parte de Bucaramanga y de la ciudad de Cúcuta. Sus afluentes podrían ser reemplazados por grandes pozos de mercurio, violando las leyes de los páramos y los páramos de las leyes. Los santandereanos se verían obligados a construir nuevas y costosas plantas donde ya tazan dividendos los más los codiciosos. Tarvá, Vaupés: la tierra de la yuca braca y del Yurupary, sus suelos podrían ser convertidos en territorio minero. Losa de nadie. Amagá, Antioquia, epicentro de la gran minería. Sus mineros trabajan en turnos de doce horas. Más de la mitad del personal sufre de daños irreversibles en la espalda, traumas respiratorios y taras psicológicas. Hasta hay una asociación de mineros enfermos pagada por las propias multinacionales. Todo el territorio nacional corre peligro, y parece que este evangelio económico no va a descansar hasta hacer de lo que queda un enorme cementerio a cielo abierto, vetas de minerales sin árboles ni alma. Primero fue el oro y la esmeralda en nuestro Sísifo Dorado. Luego el carbón a falta de especias. Luego el petróleo. Qué tiemblen las tierras con Coltan porque no tardan en llegar los helicópteros. Cuando la mina sea la lucha por el agua allá estará el gobierno de turno licitando los ríos, cambiando páramos por deuda pública, saqueando el mar, ofreciendo la sangre de sus perros para la sed de los veranos, recaudando los impuestos en escupideros públicos… “Eficiencia en los gastos” aplaudirán las encuestas, a eso le llamarán los ministros “nuestra agenda pública”. Lo que ahora ocurre podría ser el doloroso resultado de haber fundado un continente de cara al mineral y de espaldas a su destino, sustentado en buena medida sobre los brazos y las manos tullidas de su propia gente. No hay que olvidar América fue fundada con vocación de mina, de no haber sido por el oro de Las Indias no habría habido desarrollo mercantil. La “pasión” de nuestros países es antes que nada hambre y trabajo, nuestro exotismo una publicidad de los intermediarios para ocultar la herida de una conquista por dinero. Hablo de este continente de mineros ajenos, “creadores de la profanidad”. De esos mineros de hoy y de siempre a los que les cantaba Cesar Vallejo en su tierna protesta, siendo uno de los pocos latinoamericanos que supo entender el drama de este continente desde el vértigo de sus cuerpos, en el dolor de los húmeros y los bolsillos, desde la solidaridad del dolor y el milagro de los rostros:

Los mineros salieron de la mina remontando sus ruinas venideras, fajaron su salud con estampidos y, elaborando su función mental cerraron con sus voces el socavón, en forma de síntoma profundo.

Esposos impotentes pero con los bolsillos llenos. Putas de socavón o de balneario, cristales en sus cuerpos. Niños de mina y jóvenes ciegos: sus ojos extraviados siguen buscando el resplandor de las vetas. ¿No es esta una horrenda metáfora de lo que somos y también olvidamos? Al fondo de periódicos y símbolos, de himnos y banderas, alumbran los cristales de la mina como una quintaesencia nacional, en eso no miente el gobierno Santos. Son minas nuestras ciudades y mineros sus mendigos, buscando el último mendrugo en las canecas tóxicas. Oficinistas de socavón curvando sus huesos en lo eterno de la jornada. Mineros nuestros padres buscando los tesoros en las preguntas sin respuesta, aplazando sus aventuras frente a la mesa de torturas o el lugar de las violaciones. Minero el busetero con el hollín en sus manos. Aluvión de basuras nuestros ríos, y un socavón de miserias nuestros montes y sabanas. País minero, educando profesionales para que se conviertan luego en obedientes operarios. Médicos que curen los muñones con la mayor velocidad, sin mirar a los ojos: hay demasiados mineros esperando en los consultorios. Cultura pasteurizada que agrade al patrono y enajene al obrero. Promesas artificiales alimentando los sueños, resplandeciendo al fondo entre fosas y quebrantos. Puede que ningún otro poema evoque tanto este devenir nacional como Buscadores de oro, del antioqueño José Manuel Arango. Esos mineros que se juntan en la noche podrían ser la eterna perspectiva de un pueblo, entre la miseria y el milagro, náufragos y aventureros a la deriva de los caminos. Pero también evoca la situación específica de Antioquia, el lugar con más enfermos de mercurio en todo el mundo. Sus colonos que fundieron el oro de las guacas para financiar las guerras. Hombres emprendedores que salieron de la mina para entrar en la codicia de los narcóticos, siempre esperando el milagro a la vuelta de la esquina, la ruta fácil en el centro de la ruina. Ahora que se discute en el congreso sobre la creación de una Agencia Nacional de Minería, pilar de la nueva economía, dotada de facultades extras para vender y vender pronto, habría que preguntarse ¿qué clase de gobierno sostiene sus programas sobre los codos cercenados de su gente? ¿Con qué cinismo se habla de la palabra futuro cuando ese futuro es un puñado de ríos sulfatados, un cúmulo de polvo resonando en los pulmones? ¿”Minería de avanzada”, con prácticas y agentes prohibidos en los países desarrollados, sin ningún reparo ecológico o social? ¿Gran minería que gasta el agua de 600.000 habitantes en un día? ¿Que quiebra a los pequeños mineros, arrasa sus pueblos, los obliga al viejo rebusque de la guaca y la dinamita? Pero aquí no va a pasar nada, seguirán los mineros entre la mina esperando una lotería, el televidente frente al televisor: la popularidad idéntica en todas las encuestas. Preferimos sacrificar los huesos a cambio de la seguridad. Lo poco que nos queda de la naturaleza por otro centavo en los salarios. Dominadas las mentes –el gobierno goza de 95% de aceptación– ahora el trabajo es disponer de los cuerpos. Cuando el planeta vive un desastre ecológico, y de ahí las lluvias y los ciclones, la carne contaminada, nosotros feriamos el desastre con regalías regaladas, cláusulas ínfimas, demoramos el castillo de la infamia con nuevos minerales. Porque de eso se trata en el fondo, de un país que no sólo renuncia a salir de los socavones, también está renunciando a la dignidad de sus cuerpos. Hace de sus miembros carne de dinamita, viudos del mercurio, seres envenenados por el cianuro de sus codicias. Un país de cuerpos cercenados pero con rótulos exóticos, made in Macondo. Escribiendo desde los cuerpos, origen real de nuestra solidaridad, ese lugar donde comienza la justicia y terminan las falsedades de la historia, quisiera dejar con esta entrega un “Canto de la insumisión”, parafraseando al poeta brasileño Bueno de Rivera. Recordar que hay cielo usurpado al fondo de todos los socavones, un hijo y una madre detrás de cada obrero mutilado. Un rostro con nombre propio sobre cada aluvión, un país trunco en cada río que se pudre. “Los de arriba también existimos”, decía una protesta de mineros en Chile después del espectacular rescate de sus compañeros. Los de arriba que ahora mismo, lejos del cielo y de los reflectores, ensombrecen con sus yagas toda esperanza de belleza.

LOS MINEROS SALIERON DE LA MINA

Los mineros salieron de la mina remontando sus ruinas venideras, fajaron su salud con estampidos y, elaborando su función mental cerraron con sus voces el socavón, en forma de síntoma profundo.

¡Era de ver sus polvos corrosivos! ¡Era de oír sus óxidos de altura! Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca (¡Es formidable!)

El orden de sus túmulos, sus inducciones plásticas, sus respuestas corales, agolpáronse al pie de ígneos percances y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes, imbuidos del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño.

Craneados de labor, y calzados de cuero de vizcacha, calzados de senderos infinitos, y los ojos de físico llorar, creadores de la profundidad, saben, a cielo intermitente de escalera, bajar mirando para arriba, saben subir mirando para abajo.

¡Loor al antiguo juego de su naturaleza, a sus insomnes órganos, a su saliva rústica! ¡Temple, filo y punta, a sus pestañas! ¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios! ¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas! ¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres! ¡Mucha felicidad para los suyos! ¡Son algo portentoso, los mineros remontando sus ruinas venideras, elaborando su función mental y abriendo con sus voces el socavón, en forma de síntoma profundo! ¡Loor a su naturaleza amarillenta, a su linterna mágica, a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos, a sus ojazos de seis nervios ópticos y a sus hijos que juegan en la iglesia y a sus tácitos padres infantiles! ¡Salud, oh creadores de la profundidad…! (Es formidable.)

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892 – París, 1938)

BUSCADORES DE ORO

Estos buscadores de oro. Se juntan cada noche en el tambo que está en el cruce de caminos. Hablan y beben, beben y hablan. Cada cual cuenta del grano entrevisto.

Luego, a la hora de callar, callan pensativos, mientras la llama azul del alcohol arde levemente.

Muchos se han desvivido. Algunos han hallado algún oro. Los más envejecieron buscándolo.

José Manuel Arango (Carmen de Viboral, Antioquia, 1937- Medellín, 2002)

CANTO DE LA INSUMICIÓN (FRAGMENTO)

Yo, que soy piedra y montaña, sangre y oeste, negro pozo del tiempo y la memoria, manos sucias en la labor del subsuelo, apenas ofrezco el llanto vivo de los hombres solitarios. Somos los hijos de la noche mineral, los frutos sin planicie y sin sol, ignorados trabajadores de las minas tenebrosas, Marineros del abismo sin estrellas ni áncoras. Rostros de carbón, flores de tiniebla, lirios de luto brotando en un jardín de turba.

Hombres duros y amargos, oriundos de soledades calcáreas, escondemos nuestra protesta en la ironía indócil no cortante cual hoja, más pungente como cuento de locos, confesiones de borrachos y música de ciego.

Es extraño este modo de herir, pidiendo disculpa. Amigos, perdonadnos, amigos creed en nosotros, los hombres tristes. Bajo la faz solemne hay un corazón sangrando por nosotros y vosotros.

Un grito de madre en la tempestad, un muerto no identificado, una ventana en la noche del hospital, un pie descalzo, la tejedora tosiendo bajo la rosa de seda, o una bandera en el entierro del obrero, todo el drama nos hiere, nos ahoga en hondos pensamientos y paralelismos. La angustia del pueblo enciende la llama de nuestros poemas solidarios. Sin embargo los amigos aconsejan: “Oh, ingenuos, ¿por qué agitáis los brazos como flámulas? En la tarde del bar, entre los espejos, hay poetas que cantan la vida amena.

Bueno de Rivera (Santo Antônio do Monte, Minas Gerais, 1911 – Belo Horizonte, 1982) Traducción de Ángel Crespo.