Petro el escamoso

Ago 3, 2026

Por: Autor(a) Invitado(a)

Eso es Colombia: cuando nos cansamos de un caudillo, no buscamos un estadista, sino otro caudillo que grite desde la orilla contraria.

Por: Gabriel Urrea Botero
Médico colombiano especializado en medicina familiar, geriatría, diabetes y cuidado de heridas

Cuando Gustavo Petro llegó al poder, lo hizo con un respaldo mucho más amplio que el de la izquierda militante. Lo acompañamos personas de centro, liberales, socialdemócratas y muchos colombianos que, sin ser petristas, pensamos que había llegado la oportunidad de corregir algunas de las desigualdades históricas del país. Yo fui uno de ellos.

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En la primera vuelta había votado por Sergio Fajardo. Tampoco era una novedad: antes había apoyado a Carlos Gaviria, Mockus, Humberto de la Calle y otras figuras de centro o centroizquierda. Es una historia que se repite: voto por el candidato sensato y termina perdiendo; después me toca escoger entre los dos que sobreviven.

Para la segunda vuelta de 2022 escribí un artículo titulado Chucha o Pecueca. Así me sentía ante la disyuntiva entre Rodolfo Hernández y Gustavo Petro. Al final voté por Petro, no por entusiasmo ni porque me gustara el personaje, sino porque se presentaba como el abanderado de una socialdemocracia moderna, incluyente y reformista. Por lo poco o mucho que he leído, vivido y viajado, sigo creyendo que la socialdemocracia es quizás la opción menos mala que hemos inventado. Parafraseando a Churchill: es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás.

Petro nunca me había caído bien como persona, y tenía mis razones. Una vez lo vi en Unicentro, en Bogotá, aunque no precisamente en el escenario más glorioso: estábamos frente a la Librería Nacional. En ese entonces era senador y adelantaba sus valientes debates sobre la parapolítica. Lo reconocí y lo saludé: «Hola, senador, ¿cómo está?». ¿Saben qué me contestó? NADA. No sé si no me oyó o se hizo el pendejo, pero me miró de una manera que me hizo sentir como una pulga.

Aun así, guardé aquella impresión en el bolsillo. Uno no elige presidente para irse de vacaciones con él. Pensé que el mismo político que había denunciado con coraje los vínculos entre el poder y el paramilitarismo podía ayudar a construir un país más decente. Creí que era posible separar al personaje antipático del estadista que tal vez llevaba dentro. Al final resultó que el estadista estaba mucho mejor escondido de lo que imaginábamos.

Abelardo de la Espriella sonríe y saluda desde un palco

Petro tuvo algunos aciertos que sería injusto negar. Puso sobre la mesa la desigualdad, la reforma agraria, las pensiones, los derechos laborales, la transición energética y el abandono de regiones enteras. Les dio voz a colombianos que durante décadas apenas habían servido para aparecer en las fotografías de campaña. Pero una cosa era señalar los problemas y otra muy distinta gobernar. Petro confundió con frecuencia tener razón en algunas cosas con tenerla en todas, y gobernó como había hecho oposición: hablando sin descanso, improvisando, peleando con medio mundo y convirtiendo cada desacuerdo en una batalla entre los buenos y los malos.

Comenzó convocando a académicos, técnicos y profesionales respetados, y terminó rodeado de personajes cuestionados, inexpertos o escogidos más por la lealtad que por la capacidad. Prometió el gobierno de «los nadies», una consigna hermosa y necesaria. Sin embargo, representar a quienes nunca habían tenido voz no significaba entregarles responsabilidades a quienes nunca habían demostrado competencia. Los nadies merecían llegar al poder; el problema fue que junto con ellos llegaron algunos donnadies, sin preparación, sin trayectoria y, en ciertos casos, sin demasiados escrúpulos.

La paz total terminó pareciéndose a una improvisación total: muchas mesas, comunicados y concesiones, pero también grupos armados que aprovecharon las treguas para fortalecerse y territorios donde el Estado siguió retrocediendo. A eso se sumaron el escándalo de la UNGRD, las denuncias sobre la financiación de la campaña, las acusaciones de compra de apoyos en el Congreso y un círculo íntimo que fue consumiendo la credibilidad ética del proyecto. Petro no fue el primer presidente rodeado de corrupción, ni será el último, pero había prometido ser distinto. Cuando uno llega al poder montado sobre un caballo moral, la caída resulta bastante más aparatosa.

Y así llegamos a Abelardo de la Espriella, quizá el legado más amargo de Petro. Si Petro el Escamoso no hubiera sido tan maluco, probablemente habríamos elegido a uno de esos presidentes mediocres o más o menos aceptables que suelen administrarnos sin salvarnos ni destruirnos. De la Espriella jamás habría llegado a la Presidencia. Gracias por semejante legado, presidente Petro.

El fracaso del primer gobierno de izquierda no nos condujo hacia una derecha moderada, institucional y razonable, sino hacia un personaje todavía más estridente. De la Espriella convirtió la indignación contra Petro en espectáculo político y copió sin vergüenza el libreto de Trump: patria, familia, religión, enemigos internos, mano dura y la promesa de que un hombre fuerte arreglará a gritos lo que las instituciones no han podido resolver. Se presentó como un rebelde contra el establecimiento, aunque está mucho más cerca de quienes siempre han tenido dinero, poder, conexiones y acceso a los salones donde se decide el destino de los demás.

Pasamos, entonces, de un maluco al otro. No son iguales, pero se parecen en los extremos, el mesianismo, la vanidad y la convicción de que la patria cabe entera dentro de sus respectivos egos. Petro puso la vara del ridículo tan alta que será difícil superarlo, incluso en términos galácticos. Pero De la Espriella parece dispuesto a intentarlo.

Y eso es Colombia: cuando nos cansamos de un caudillo, no buscamos un estadista, sino otro caudillo que grite desde la orilla contraria. Ahora llega De la Espriella vestido de tigre, prometiendo orden, grandeza y salvación nacional. Solo queda esperar que el tigre no nos salga rata. Aunque, conociendo nuestra historia, conviene no apostar demasiado.

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