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Por: 

KIENYKE

En las últimas dos décadas, el país ha sufrido una transformación profunda de su estructura productiva.

En las últimas dos décadas, el país ha sufrido una transformación profunda de su estructura productiva. Los sectores servicios y minería van adquiriendo una mayor importancia en la economía y van dejando de lado sectores de altas productividades y generadores de empleo como la agricultura y, en especial, la industria. La apertura económica (libre comercio) y la enfermedad holandesa son los causantes de este fenómeno.

En 1995, la industria representaba el 15% de la economía nacional. Para 2013, al cierre del tercer trimestre, la participación industrial en la economía llegaba al 11%. Entre 1993 y 2011, se han perdido más de 60.000 puestos remunerados en la industria, por lo que el empleo industrial ha perdido participación en el nacional. A contramano, la participación de minas y canteras en la producción nacional pasó de 3% a 7% entre 1993 y 2013, duplicando su participación y con tendencias a seguir aumentando. Con el agravante de que, en tal sector, el empleo crece menos que proporcionalmente.

La confianza inversionista de Uribe, secundada por Santos, ha profundizado este fenómeno. Encauzada principalmente hacia el sector minero-energético, ésta ha originado una fuerte revaluación del peso, infectó a la economía del mal holandés y, con ello, generó un grave problema de competitividad para la producción nacional de bienes agrícolas e industriales. Según Sergio Clavijo, presidente de ANIF, quien habla de desindustrialización prematura, un aumento de 1 punto porcentual en la participación de las exportaciones mineras sobre todas las efectuadas, implica una caída de 0.4 puntos porcentuales del valor de la industria sobre la economía (http://bit.ly/1eRJWaD). La enfermedad holandesa es la explicación de los últimos dos años seguidos de tasas negativas y retroceso industrial.

Los que manejan el país desde el 90 presuponen que todos los sectores económicos son igual de productivos. Sin embargo, está más que demostrado que la productividad y el valor agregado en la industria es mucho mayor. La teoría de la ventaja comparativa supone que la productividad está dada exclusivamente por características propias del país y no por la producción acumulada. De tal forma, Colombia tiende a la especialización en actividades extractivas y al réquiem de las industriales. Así pues, mientras el país siga andando en un modelo de libre comercio, proyectando el fin de la industria, no podrá desarrollarse ni mucho menos tener altas y sostenibles tasas de crecimiento.

Dejar la industria al vaivén de las fuerzas del mercado es un despropósito. El papel del Estado en el surgimiento, protección y avance de la industria, es indispensable. Buen ejemplo de ello es el “milagro” coreano de 1960 a 1990, en el que este país pasó de ser más pobre que Colombia a ser toda una potencia industrial. Como dijera Dani Rodrik, famoso economista del desarrollo, “un gobierno que no cometa errores en la promoción de la industria es uno que comete el grave error de no intentar lo suficiente”. La clave entonces, se encuentra en elegir un gobierno que promueva la industria y que no la acabe con una política antinacional de liberación comercial (TLC). Ahí les dejo la tarea.