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Guillermo Alberto Arévalo

El más reciente libro de Juan Manuel Roca, Biblia de Pobres, obtuvo el año pasado el Premio Casa de América de Madrid, España, y en enero de 2010 fue distinguido como mejor poemario en lengua española por el blog “Estado Crítico”. Merecidos reconocimientos.

“Biblia Pauperum”, el subtítulo, alude a una costumbre medieval de grabados en madera o barro que la iglesia católica ubicaba en sus lugares de culto, escritos en latín y alemán, para ilustrar a los pobres sobre la doctrina de las sagradas escrituras. Frecuentemente, tales grabados, llenos de imágenes y de breves textos, repetían la advocación: “Bienvenidos los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”. El libro, en verdad, revela la cruda realidad que tal esperanza esconde: la de la miseria, la de las falsas esperanzas del más allá bienaventurado. Es pletórico en alusiones históricas, artísticas y, sobre todo, literarias: Eliot, Silva, Rendón, García Márquez, Goya, Rimbaud, Doré, Kafka, Joyce, en fin. Como dice la teoría crítica, “intertextualidad” (Escribo sobra palabras escritas /En la piel de otras palabras), pero no como despliegue de pedantería, sino integrada a la propia poética y a la realidad colombiana, así como a la propia vida personal. Por ejemplo, cuando dice no poder explicarse que en la langua de John Donne y William Blake se sigan ordenando las matanzas. En muchos de los poemas asoman, a la vez lastimosos y amenazantes, los mendigos, sus llagas, sus harapos, sus precarias casuchas, sus incurables enfermedades, su permanente presencia en calles, plazas y campos. También todos los pobres, trabajadores y casi esclavos.

Miseria, religión, Biblia, aparecen reiteradamente en este libro, y otras temáticas tales como la vida entendida como viaje, que también abre camino a la esperanza, la utopía de un mañana mejor. Asimismo hay varios poemas dedicados a la poesía y sus funciones de evocación, creación de imágenes, relatos “Del autista adolescente”, “Del actor fantasma” y otros.

Desde el título, se insiste en la Biblia y la religión. Un ejemplo es el poema “Una estatua amenazante”, cuyo referente está en la catedral de Segovia, donde viven los restos de San Juan de la Cruz y donde está el monumento a San Frutos. Éste lee un libro y se dice de él Que cuando se decida a pasar la última página / El mundo acabará/ Cesará la cuerda para Moros y cristianos. Recuerda la “Canción de San Jamás”, de Bertolt Brecht, y es claro que el libro recoge resonancias del gran poeta y dramaturgo alemán.

En el poema que da subtítulo al libro, “Biblia Pauperum”, lo que circula por las calles , los cielos, los mares, las iglesias, no es la fe ni la esperanza ni mucho menos la caridad. Es el rencor, que arrastró legiones de sombras a la hoguera, en la Inquisición, pero que igualmente barre con virreyes de harina/ Y sacerdotes que venden llagas, puerta a puerta. En igual sentido apuntan poemas como “Antioración” o “El rezo”, donde entre terceto y terceto se intercalan paréntesis del Padre Nuestro mientras se describen fosas, destechados, desplazados, potentados y explotadores, miedos y el desolado panorama de lo que la cristiandad llama “este valle de lágrimas”. Igualmente hay alusiones que desenmascaran los gestos como poner la otra mejilla, y cómo lejos de los miserables están pecados capitales como la lujuria y la gula, pues se vive en la evocación de la amada y en medio del hambre. Y añadamos un bello poema dedicado a Sor Francisca Josefa del Castillo, quien ve todo el cielo en un clavel.

Colombia cruza también toda la temática del libro. Incluso desde Berlín, en “Alexander Platz y otras vetustas melancolías”, Bogotá es evocada desde un café del pasado (…) / La ciudad de piedra esmeril / Que se acurruca en una meseta de los Andes, puesto que la remembranza es Como las migas del país natal que llevo, / Sin saberlo, en los bolsillos del abrigo. Y también aparecen el valle de Cocora, en el Quindío, Mompox, Quibdó, el río Atrato que Semeja una plateada cimitarra, varias veces el Río Magdalena, que en su nacimiento ignora los desastres naturales, los ranchos inundados y sobre todo los cuerpos de los muertos que arrastra hasta el mar. Con nuestro país aparece, naturalmente, la miseria y su hermana gemela, la violencia. Los oficios de los más necesitados, barequeros, mineros de migajas de oro sumergidos en los ríos, costureras, lavanderas, insomnes que deambulan por la noche, maquinistas de ferrocarriles desvencijados, minusválidos, indígenas despojados. Igualmente los que se esconden por leer lo que “no se debe”, o que cantan conspirativamente, o los que cargan fotografías de sus seres queridos y perdidos.

Los caballos, siempre presentes en todos los libros de Juan Manuel Roca, aquí descienden de la montaña lentamente, recubriendo lo que no debe ser visto. Y la violencia se encarna en la guillotina, que simboliza la represión permanente. En “Crónica de los cronistas” reaparece el Magdalena, que no existió, como tampoco los libertadores, ni la expedición de Mutis, ni José Asunción Silva, el pálido poeta de las sombras muy largas, ni las mordaces caricaturas de Ricardo Rendón, ni las mariposas amarillas de García Márquez.

Biblia de pobres está lleno de alusiones históricas, pero también del presente, con sus horrores y sus asomos de esperanza. Aparecen los nuevos verdugos, y hasta los ecófagos que se comen el tiempo, todos ellos viviendo en la opulencia y asesinando los colores. Hay tres poemas de ángeles: uno nos muestra las dos caras de un mismo poeta, el que desea viajar (el preferido) y el que permanece; otro, los personajes nocturnos: los ciegos –otro tema recurrente de Roca-, los duendes, los músicos, las mujeres de la noche. Y uno de la vejez, que es su propio espíritu visitando los barrios menesterosos, los del Sur, y regresa a su casa deseando no cruzarse con la trampa de una iglesia o el cepo de un cuartel.

Las fábricas y las locomotoras, todas envueltas en humo, le hacen evocar a Fernando Charry Lara. Posteriormente aparece la esperanza futura, la que ya apuntaba sus harapos convertidos en banderas de lucha, la metáfora de la Comuna de París, la de las mujeres y sus oficios que mantienen la vida, la de la tertulia que es pan que alimenta también el espíritu, y vino y alegría alrededor de una mesa. Todo ello hace de Biblia de pobres un libro que marca un hito en la poesía colombiana, y que espero tendrá eco en las nuevas generaciones.