Supernova

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Guillermo Guevara Pardo, Leído en Tribuna Magisterial, julio 3 de 2011

En el universo todo está en constante movimiento; el cambio es el sello indeleble de las cosas. No nos bañamos dos veces en el mismo río, había proclamado ya Heráclito. Todo evoluciona: los seres vivos, las sociedades, los productos tecnológicos, los orbes celestes. Algunos de esos cambios no los podemos percibir en el transcurso de nuestras vidas: el Sol siempre nos ha parecido el mismo y creemos que su energía es inagotable; podrá parecernos extraño que las aves sean una nueva versión de los dinosaurios. Por el contrario, la evolución tecnológica es muy rápida: pasamos de la televisión en blanco y negro vista en pesados y ya antediluvianos aparatos, a la de color de alta definición y emitida en delgadas y ligeras pantallas de plasma y LCD.

Cuando miramos hacia el firmamento estamos observando el pasado del cosmos pues la luz no viaja de manera instantánea; ella tiene una velocidad finita: 300.000 km/seg. Cada vez que vemos el brillante Sol lo observamos como era hace ocho minutos, pues un rayo de luz que emerge de nuestra estrella central debe recorrer hasta la Tierra una distancia de unos 150 millones de kilómetros. Hay luz que partió hace miles de millones de años desde objetos que ahora ya no existen. En otros casos la luz viene desde los confines del universo, cuando aún no existía el sistema solar. Es por eso que las distancias en el universo no se miden en cortos kilómetros, sino en años-luz: un año luz es la distancia que recorre un rayo de luz durante 365 días, algo así como 9 467 280 000 000Km. La galaxia de Andrómeda está a 2,5 años luz. Eso quiere decir que si Usted alguna vez puede observar en el firmamento esa galaxia, los rayos de luz que están llegando a sus ojos han estado viajando durante 2,5 millones de años antes de impactar sus retinas. Cuando ellos salieron de Andrómeda, en las ardientes sabanas africanas apenas empezaban a evolucionar los individuos que dieron origen a los modernos seres humanos.

Las estrellas también cambian. Su evolución y destino final dependen de la masa que ellas posean, tomando como referencia la masa de nuestro Sol. Los núcleos estelares son los hornos cósmicos donde se han forjado la mayoría de los elementos químicos que conforman todas las cosas. El átomo de calcioen un hueso o el de oro de una gargantilla, se formaron antes, hace millones de años, en el centro de una estrella que posteriormente explotó.

Estrellas mucho más masivas que el Sol terminan sus días en una luminosa explosión conocida como supernova. Es tanta la cantidad de luz que se libera, que algunas de ellas son vistas a simple vista. Las causas de esta catástrofe cósmica se explican a partir de las leyes de la mecánica cuántica. La explosión de supernova enriquece el espacio circundante con nuevos elementos químicos que eventualmente y, tras millones de años, terminarán en una roca o en una estructura orgánica procesadora de pensamientos.

El director del Observatorio Astronómico de la Universidad de Nariño, Alberto Quijano Vodniza y su asistente Mario Rojas están estudiando una supernova que se originó hace 31 millones de años, localizada en la galaxia Whirlpool (Remolino). Esta galaxia está entonces a 31 millones de años luz. Desde el observatorio nariñense se monitorea el cambio en la intensidad del brillo de la supernova en función del tiempo, con el fin de comprender su comportamiento. Se considera que la estrella que originó la supernova podría haber tenido entre 18 a 24 veces la masa del Sol. Las imágenes captadas desde el Observatorio se han publicado en revistas especializadas como Spaceweather y Sky&Telescope. Con ese Observatorio sí que es cierto que estamos cada vez más cerca de las estrellas.