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El conflicto árabe-israelí y los palestinos

En 1947 las Naciones Unidas aprobaron la partición de Palestina en un Estado árabe y uno judío. A los seis meses se proclamó el Estado de Israel, al cual la ONU le asignó 14.000 kilómetros cuadrados; inmediatamente el naciente país se apoderó de 6.700 kilómetros más, incluyendo la parte oriental de Jerusalén, y expulsó a un millón de palestinos de sus tierras. En 1956 Israel invadió la Península del Sinaí y la Franja de Gaza. A los pocos días se retiró, pero en 1967 volvió a lanzar una ofensiva y se apropió de la Península del Sinaí, la orilla occidental del Río Jordán, la parte de Jerusalén administrada por Jordania, la Franja de Gaza y las alturas del Golán, apoderándose de 65.000 kilómetros más. Desde su creación, el Estado de Israel ha perseguido al pueblo palestino, al cual no le reconoce el derecho a existir ni siquiera en una pequeña parte de territorio. Si hay algo que unifique al mundo árabe, es el problema palestino. Los más heterogéneos regímenes – desde teocracias islámicas hasta monarquías laicas, pasando por dictaduras militares y repúblicas de corte occidental– han coincidido históricamente en reclamar la construcción de un Estado palestino en el territorio hoy ocupado por Israel. Por otra parte, si desde 1948 hasta la fecha hay un hilo conductor en la política norteamericana hacia el Medio Oriente es el apoyo incondicional a Israel y a toda su política expansionista. El problema es que Estados Unidos depende de las importaciones de petróleo y los países árabes son los principales productores de este vital recurso. La situación se ha agravado ahora por cuanto la cruzada de Bush contra el terrorismo quiere enfrentar no sólo al grupo que destruyó las Torres Gemelas sino que anuncia una ofensiva contra Irak, Irán y todos los Estados que según su opinión apoyan o fomentan el terrorismo. En los últimos meses la contradicción entre los palestinos e Israel se ha agudizado enormemente a causa de la continua agresión ejercida por las autoridades israelitas contra los territorios palestinos, unas manchas de islotes dispersos y desarticulados en las cuales la Autoridad Nacional Palestina, liderada por Yasser Arafat, ha tratado de construir un Estado amparado en unos acuerdos realizados en Oslo en 1992 y protocolizados en Washington en 1993, acuerdos que construyeron un remedo de Estado palestino bajo la tutela israelí. A finales de 2000, ante la miseria y degradación a que los ha sometido la política israelí, los palestinos iniciaron una serie de protestas que ya llevan año y medio. Israel las ha enfrentado con una muy fuerte represión, que si se hubiera realizado en un país del tamaño de Estados Unidos, proporcionalmente habrían significado 40.000 muertos y más de un millón y medio de heridos, cuyo mejor ejemplo –para horror de la opinión pública mundial– es el genocidio de Jenín, donde fueron masacrados más de 300 civiles. Israel ha exigido a la Autoridad Nacional Palestina poner fin a los actos terroristas de los kamikazes, pero simultáneamente se ha opuesto radicalmente a la creación de una verdadera policía y aún más a un ejército palestino capaz de imponer el orden. Es una lucha desigual en la cual uno de los ejércitos más poderosos del mundo, fuertemente subvencionado por Estados Unidos y dotado de avanzada tecnología, combate contra un pueblo desarmado, dividido, desorganizado y pobre. Es una guerra colonial. Los países árabes han propuesto una iniciativa conjunta que ofrece a Israel el reconocimiento total a cambio de su retirada de los territorios ocupados en 1967 y la creación de un Estado palestino con capital en Jerusalén oriental. Estados Unidos ha alentado a Sharon y, aunque se ha visto obligado a suscribir resoluciones de la ONU exigiendo el retiro israelí de los territorios ocupados, sigue apoyando la campaña del mandatario israelí, reconociéndole un supuesto “derecho a defenderse” y apartándose de la actitud mucho más comprometida con la suerte palestina asumida por la Unión Europea. En esta sección incluimos una serie de artículos que permite comprender globalmente el problema.

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