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Guillermo Guevara Pardo, Leído en Tribuna Magisterial, octubre 9 de 2011

En días pasados los diversos medios de información hicieron eco del inesperado resultado con que se encontró un grupo de científicos que durante tres años ha hecho recorrer una distancia de 730 kilómetros a un haz de neutrinos. El rayo de estas partículas atómicas ha viajado, a través de la corteza terrestre, entre el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) situado en Ginebra (Suiza) y el laboratorio del Gran Sasso, bajo la cordillera de los montes Apeninos, en Italia.

Empleando precisos relojes atómicos, sensibles detectores y satélites GPS los científicos encontraron que el rayo de neutrinos había viajado más rápido que la luz. Algo que está prohibido por la teoría de la relatividad de Albert Einstein, postulada en 1905. Hasta ahora, solamente en las películas de ciencia ficción veíamos naves espaciales viajando a más de 300.000 kilómetros por segundo, aunque también algunos físicos han propuesto la existencia de los taquiones, unas hipotéticas partículas que viajan más rápido que la luz y, hasta ahora, no detectadas.

En los 730 kilómetros que separan a los dos laboratorios, los neutrinos superaron al rayo de luz en 60 milmillonésimas de segundo, es decir, viajaron 0,0025% más rápido que el límite establecido por Einstein. La diferencia temporal es ridículamente pequeña para nuestros estándares diarios, pero de ser cierta, tendría maravillosas consecuencias en todo el edificio de la física moderna, uno de cuyos pilares es precisamente la teoría einsteniana de la relatividad.

Los neutrinos son partículas atómicas que se forman en el interior de las estrellas y en otros procesos astronómicos así como en el corazón de los aceleradores de altas energías; carecen de carga eléctrica, poseen una masa insignificante, no son afectados por la fuerza electromagnética ni nuclear fuerte, pero sí por la fuerza gravitacional y nuclear débil. Gracias a estas características ellos pueden atravesar cualquier tipo de materia ordinaria sin apenas perturbarla.

Su descubrimiento se remonta a la década de los años 1920 cuando el estudio de una forma de radiactividad parecía violar el principio de la conservación de la energía. El eminente físico Niels Bohr llegó a la osadía de proponer que la ley de la conservación de la energía no era válida a nivel atómico. Pero Wolfgang Pauli, a finales de los años 1930, para explicar la contradicción entre el resultado experimental y la ley de conservación, propuso que durante esa particular desintegración radiactiva el núcleo atómico emitía, además de un electrón, una partícula a la que Enrico Fermi, en 1934, bautizó neutrino. La existencia de la hipotética partícula fue demostrada en 1956 por Frederick Reines y Clyde Cowan, reivindicando de paso, la validez del principio de la conservación de la energía.

El reto que se ha hecho al límite de la velocidad a la cual puede viajar cualquier objeto, será dirimido, como ayer, por la prueba experimental. Eso hace parte de la belleza de la ciencia, que no vive de dogmas anquilosados, sino de verdades que se van haciendo cada vez más profundas.