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La región más sonora de América es el Caribe y en el Caribe la palabra Cuba es ya una canción. En la historia de la música continental, desde fines de la era colonial hispana, una de las más altas notas la ha registrado el hombre común, ese hombre o esa mujer que corta la caña, que seca el tabaco, que construye su caney, que sale a buscar trabajo en el malecón, que se encuentra con su parentela en las vísperas de batallas o celebraciones y con la misma seriedad de un Vivaldi o un Beethoven prepara su bongó, sus cuerdas y sus cobres para cantarle al mundo un pregón de vendedor de cucuruchos de maní, o de tajadas de melón, o de brisas del palmar, asimilando y sintetizando excelsas tradiciones melódicas y rítmicas amerindias, hispanas, africanas, europeas, porque Cuba, como Grecia en su tiempo, es un paradero a donde llegan diversas influencias culturales y artísticas que luego son devueltas al mundo en la forma de una música singular que ha sido hecha por poetas callejeros que, ya en su país, ya en la migración, dicen como Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. En este artículo, Raúl Fernández hace una sabrosa ‘sociología de la música’ en la que los lectores pueden apreciar las arduas jornadas y las creaciones de la estética del sabor y de la acústica del son que jamás se fue de Cuba aunque se lo encuentre con tanta frecuencia entre las multitudes de Nueva York, Latinoamérica, Madrid, París o Tokio.

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