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Aurelio Suárez Montoya, ConfidencialColombia, febrero 21 de 2014

Hasta ahora los más nombrados comités promotores del voto en blanco son cuatro. Uno, el del Partido Pirata, cuyo representante, Juan Carlos Mejía, según El Tiempo, compartía esa iniciativa con el Proyecto Andrómeda, fachada de la inteligencia militar; otro, no inscrito en la Registraduría, el de las “Manos Limpias”, liderado por el libretista Gustavo Bolívar, para quien, todos, absolutamente todos los políticos, “son unos corruptos”; el tercero, sí inscrito, SOS —Sin Odio Social— compuesto por allegados y familiares del ex sargento del Ejército, Carlos Felipe Flórez Alvarado, quien se reclama abanderado del Movimiento Bolivariano y que, de cumplir los requisitos, reclamaría varios miles por cada voto en blanco. Finalmente, un grupo de académicos y militantes de ciertas fracciones de izquierda socialista quienes han conformado uno más, Comité Voto en Blanco, que aspira a ser mayoría para “replantear el contrato social entre los colombianos”, apelando a una Constituyente.

De una mirada rápida a estos comités, de tan disímiles orígenes y propósitos, apenas valdría mirar los objetivos trazados por el último de ellos, Comité Voto en Blanco, que tras la eventual coyuntura devela un proyecto “transformador”. No es nuevo que brote así, “sembrando ideas que surjan de los instintos de las masas”, como “esos pocos hombres que actúan como intermediarios (autonombrados) entre la idea revolucionaria y el instinto popular”, haciendo “una revolución producida por la fuerza de las cosas y la marea de los acontecimientos”. Es decir, actúa en línea con aquellos principios tácticos expuestos por Bakunin en sus Escritos selectos, y, a la sazón, se plantea encauzar el instintivo voto en blanco hacia la “transformación” de la democracia.

Mas no sólo es debatible tal postura táctica, sino también el diagnóstico y el fin propuesto. Partir de “que se vive un agotamiento fuerte de la democracia” y que, a partir del triunfo del voto en blanco, “se abran compuertas de verdad diferentes a este encerramiento”, no es sólo haber creído que antes había compuertas más abiertas y que ahora se están cerrando sino que, con un porcentaje mayoritario de votación en blanco, ellos pueden volverlas a abrir.

Quienes desde la confrontación política participan en elecciones y en el “establo parlamentario” no lo hacen porque los desvele embellecer esta democracia, hace rato venida a menos, sino, al contrario, porque su participación les permite desnudarla ante la población. Es la educación política que se pueda impartir sobre los problemas, y en especial sobre las causas de los mismos, y no la vana ilusión de un posible “cambio democrático” en la Colombia de los TLC. Dicha participación es un medio y no un fin, al cual no es optativo renunciar para caer en el foso común de las demagogias fundadas en el lugar común de la “lucha contra la corrupción”.

Dicha educación tiene fines más allá de los electorales —dentro y fuera de los recintos, y más todavía afuera— de “alinear políticamente”, conscientemente, a amplios sectores sociales, empezando por los trabajadores, una labor prolongada que circunscribe hacer pedagogía persistentemente, incluso sobre errores y traspiés, antes que buscar el fácil expediente de saltar por las escotillas en busca de nuevas ondas espontáneas, del momentum. La utilización del parlamento es una “necesidad absoluta” y está en el mismo sentido de cohesionar fuerzas y no de “inculcar” el inconformismo de la hora en una masa difusa e inconsciente, como trashumar de la “ola verde” de 2010 a la “ola blanca” de 2014.

Finalmente, escuché a Juan Lemus, miembro del Comité Voto en Blanco, decir que si esa casilla queda de segunda en la primera vuelta, detrás de Santos, no habría otro certamen en junio, que Juan Manuel ganaría ipso facto. Una disquisición que deja ver ciertas “orejas de lobo” a la iniciativa “transformadora” de marras, la que debe de tener muy tranquilos a los Gerlein o a los Barreras o a los liberales, ya que su clientela de contratistas y paniaguados no correrán a votar en blanco; la maquinaria santista no perderá un ápice de su cauda mientras sí se afecta a los partidos que, sin más fuerza que la razón de sus argumentos, tratan de conquistar el voto de opinión.

No sobra, pues, recordarles a los súbitos gestores del “nuevo sistema de participación política” que, al final, las cosas dependen de a quién le sirvan, a qué molino se le carga el agua, y que, por lo visto, no es hacia el de la “insurrección” que les calienta la cabeza; con lo cual, de prosperar su proclama, terminarán en vano y dañino esfuerzo.