¿Menos desempleo, más informalidad?

Nov 12, 2025

El mercado laboral colombiano se enfrenta al desafío de transformar la ocupación en empleo formal y de calidad.

Las últimas cifras del DANE muestran una paradoja: Colombia alcanzó en julio de 2025 la tasa de desempleo más baja en una década, 8,8 %. Sin embargo, detrás de este dato alentador se esconde una verdad incómoda: el 74 % de los nuevos empleos son por cuenta propia o informales.

Desde la perspectiva gremial, este no es un logro sostenible, es una alerta roja. Estamos resolviendo el problema de la ocupación con empleos precarios, sin seguridad social, sin estabilidad y sin capacidad de aportar a la productividad nacional.

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Las MiPymes, que conformamos el 96 % del tejido empresarial y generamos la mayoría del empleo en el país, somos las primeras en sentir las tensiones. La Encuesta de Desempeño Empresarial de ACOPI evidencia que hemos tenido que reducir planta de personal, frenar inversión y aplazar proyectos de innovación por ventas estancadas y aumento de costos. En este contexto, la Ley 2466 de 2025, que busca formalizar y garantizar estabilidad, termina representando un peso difícil de asumir para miles de pequeñas empresas. El riesgo es claro: en lugar de más formalidad, podríamos ver más informalidad.

Y el panorama productivo no ayuda. La ANDI ha señalado que la economía creció apenas 1,8 % en febrero, con sectores estratégicos como la industria y la construcción acumulando casi dos años de caídas. A ello se suman el aumento en el costo del gas, la carga laboral, la reforma tributaria de 2022 y la incertidumbre sobre un anticipo de retención en la fuente. Así no se construye confianza para invertir ni para generar empleo formal.

La realidad es que necesitamos reformas integrales y coherentes. No basta con decretar nuevas obligaciones laborales: hay que crear condiciones para que las empresas puedan cumplirlas. La visión gremial es clara: el mercado laboral necesita reformas profundas, pero estas deben estar articuladas con la política industrial, la sostenibilidad fiscal y las condiciones para que las empresas puedan crecer y generar empleo formal.

La evidencia de Cedetrabajo es contundente: hay desajuste entre la formación y la demanda laboral, brechas territoriales profundas y un talento femenino altamente formado que se queda por fuera del mercado formal por barreras estructurales. Ignorar estas realidades es condenarnos a perpetuar la precariedad.

Como dirigente gremial lo digo sin rodeos: Colombia no puede celebrar menos desempleo si la contracara es más informalidad. El verdadero desafío es transformar la ocupación en empleo formal, digno y productivo. Para lograrlo, necesitamos reformas laborales con equilibrio, políticas industriales que impulsen sectores estratégicos y un entorno económico que no asfixie a las empresas.

De lo contrario, el país corre el riesgo de perder la oportunidad de convertir la recuperación laboral en un motor real de competitividad y bienestar.

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El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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