El silencioso alzhéimer

Nov 7, 2012

El Instituto de Alzhéimer de Arizona participó en los estudios realizados en Antioquia Por: Redacción Vivir El neurólogo antioqueño Francisco Lopera confirmó que el cerebro que padece demencia comienza a deteriorarse 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas. Francisco Lopera, el reconocido neurólogo colombiano, le confirmó al mundo la hipótesis que venía desarrollando […]

El Instituto de Alzhéimer de Arizona participó en los estudios realizados en Antioquia

Por: Redacción Vivir

El neurólogo antioqueño Francisco Lopera confirmó que el cerebro que padece demencia comienza a deteriorarse 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas.

Francisco Lopera, el reconocido neurólogo colombiano, le confirmó al mundo la hipótesis que venía desarrollando sobre la enfermedad del alzhéimer (EA) y de la que ya le había adelantado detalles a este diario en su edición del domingo 22 de julio: que este tipo de demencia en realidad empieza muchos años antes de que se den los primeros síntomas. Podría iniciarse incluso a los 28 años.

Encontrar la cura del alzhéimer, un mal que aqueja a 36 millones de personas en el mundo, parece ser un hecho cada vez menos distante.

Los resultados de las dos investigaciones adelantadas por Lopera, en las que participaron el Instituto de Alzhéimer en Arizona, la Universidad de Boston (EE.UU.) y la Universidad de Antioquia, fueron publicados ayer en la revista especializada The Lancet Neurology.

“En resumen, después de hacer estos dos estudios, se puede decir que el alzhéimer es una enfermedad silenciosa durante muchos años. El hallazgo es importante porque ahora se sabe que las terapias deberían extenderse a la etapa preclínica y no cuando se evidencien los síntomas”, explica el especialista.

El primer estudio que se llevó a cabo consistió en examinar a 50 personas de Antioquia, región donde se encuentra la mayor cantidad de pacientes que tienen el gen causante de la enfermedad en el mundo. De esa cantidad había 39 sanos, de los cuales 19 eran portadores de ese gen.

“Lo que encontramos es que todos los mayores de 28 años que tenían este gen, a pesar de estar sanos, ya poseían el amiloide, una basura proteica que se deposita en el cerebro y que es la causante de la EA”, asegura Lopera.

La segunda investigación se hizo en 44 miembros entre 18 y 26 años. La mitad de ellos tenían el gen maligno. “Después de varios exámenes, como resonancias funcionales, pruebas cognitivas, estudios para medir el grosor de la corteza y análisis cefalorraquídeos, lo que se pudo concluir fue que los portadores tienen cambios estructurales y funcionales que reafirman que la EA está activa 20 años antes de los síntomas, que se dan a los 40”, dice el neurólogo antioqueño.

Y aunque, sin duda, este es un enorme avance en la búsqueda de la cura, es apenas un primer paso en las aspiraciones de Lopera. Su investigación, que empezó en Yarumal (Antioquia), donde descubrió 1.500 portadores de la EA, dará los primeros frutos dentro de cuatro años. Entonces se podrá saber si el crenezunab, medicamento que suministrará a los pacientes a partir de mayo de 2013, es efectivo.

De resultar eficaz el crenezunab, se impediría que el amiloide se deposite en el cerebro y ayudaría en la eliminación del que ya está almacenado. Sin embargo, las conclusiones definitivas tan solo se podrán conocer en 2020.

En este estudio, que es quizás las más alentadora esperanza para combatir la EA en el mundo, están participando alrededor de 300 voluntarios. Su costo asciende a US$100 millones.

Tomado de: http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/articulo-385533-el-silencioso-alzheimer

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El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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