El Parque Sacúdete de Leticia está cerca de convertirse, por fin, en una realidad para la juventud y la comunidad, proyecto que superó los 2.000 millones de pesos. Una obra pensada para el encuentro, la cultura, la recreación y la participación juvenil no debería tardar tantos años en ser entregada. Sin embargo, como ocurrió con varios proyectos Sacúdete del país, el camino estuvo marcado por demoras cuestionables, alertas ciudadanas y una larga espera que inició en 2021.
El proyecto fue financiado con recursos del Sistema General de Regalías, a través del Ministerio del Interior, mediante convenio con la Alcaldía de Leticia. No es una obra menor, era una inversión pública destinada a beneficiar a jóvenes y familias del municipio. Por eso mismo, su ejecución debía ser oportuna, transparente y eficiente.
Las demoras, la presión ciudadana y la veeduría
Cuando los contratos no avanzan y la ciudadanía nota que lo prometido no se cumple, el silencio no puede ser la respuesta. Frente a las demoras, jóvenes, ciudadanos y procesos organizativos empezaron a preguntar, a revisar información, a interponer denuncias ante los entes de control y a llevar el tema a las emisoras locales y a las redes sociales. Esa presión no fue un capricho ni una persecución personal, fue el ejercicio legítimo de una ciudadanía que entendió que los recursos públicos no se pueden mirar con indiferencia.
Como consecuencia de las irregularidades advertidas y de la presión ciudadana, la Alcaldía de Leticia terminó declarando el siniestro del contrato. Para poder culminar el proyecto, la administración actual del municipio tuvo que comprometer recursos propios, además de los inicialmente financiados con regalías. Que un municipio de quinta categoría haya tenido que aportar recursos adicionales para terminar una obra ya financiada es, justamente, lo que debe motivarnos a seguir vigilando.
Un premio que reconoce la veeduría ciudadana y una auditoría que deja preguntas
Fruto de esa lucha ciudadana, la Contraloría General de la República otorgó en 2024 el Premio Alfonso Palacio Rudas, en su categoría juvenil. Fue un elogio y una exaltación al control social y al papel de las veedurías ciudadanas en la defensa de lo público. Que una entidad de control reconozca a jóvenes por vigilar una obra demuestra que la participación juvenil no es decorativa, pues los jóvenes no están únicamente para asistir a eventos o recibir discursos institucionales; también están para preguntar, revisar, denunciar y proponer.
Sin embargo, queda una paradoja que debe mencionarse con seriedad. Para quien denunció las demoras y fue merecedor del reconocimiento de la Contraloría, resulta cuestionable que la auditoría de esa misma entidad no haya encontrado determinantes de orden fiscal que ameritaran acciones por parte del ente de control, pese a los retrasos prolongados, la declaratoria de siniestro y la necesidad posterior de comprometer recursos propios para terminar la obra. No es una acusación ligera, se trata de reconocer que las auditorías no solo deben revisar cifras frías, también deben explicar con claridad qué ocurrió cuando una obra pública se paraliza y termina requiriendo nuevos esfuerzos presupuestales.
Después de las primeras denuncias, la Plataforma Juvenil de Leticia continuó haciendo seguimiento al proyecto. Esa persistencia evidencia que la veeduría no termina con una denuncia ni con un reconocimiento, sino que la verdadera incidencia está en insistir hasta que las obras se entreguen, funcionen y beneficien realmente a la comunidad.
El Parque Sacúdete no debe verse únicamente como una infraestructura física; es un símbolo de lo que ocurre cuando la ciudadanía decide no resignarse al silencio institucional. Por eso, Leticia y el Amazonas necesitan más ciudadanía movilizada. Hay que preguntar por las obras, revisar los contratos, exigir información y participar sin miedo. Las veedurías ciudadanas no existen para “joderle la vida” a nadie, existen para hacer incidencia, cuidar lo público y ayudar a que los proyectos realmente beneficien a la gente. Cuidar lo público es, finalmente, una forma concreta de amar el territorio.






