Duque: porrista de la OTAN

Abr 5, 2022

Nada tan ridículo como el manejo que este gobierno ha hecho del tema de la OTAN. En política exterior nada tan ridículo como el manejo que este gobierno ha hecho del tema de la OTAN. ¿Colombia es miembro especial o aliado externo?, ¿está el gobierno realmente interesado y en capacidad de adquirir nuevo armamento en […]

Nada tan ridículo como el manejo que este gobierno ha hecho del tema de la OTAN.

En política exterior nada tan ridículo como el manejo que este gobierno ha hecho del tema de la OTAN. ¿Colombia es miembro especial o aliado externo?, ¿está el gobierno realmente interesado y en capacidad de adquirir nuevo armamento en medio del peor déficit fiscal del último siglo?, ¿puede un país ser al mismo tiempo fanático partidario de un bando y ofrecerse como mediador?

En mayo de 2018, durante la administración Santos, Colombia formalizó su acceso como socio global de la OTAN, carácter que también tienen Australia, Japón, Corea del Sur, Mongolia, Nueva Zelanda, Pakistán, Afganistán e Irak, varios de ellos todavía invadidos o con bases militares desplegadas con la finalidad de cercar a Rusia o China en la disputa geopolítica mundial. Como los “socios globales” estatutariamente no pueden ser miembros de dicha organización, tienen ese estatus especial para mantenerlos aliados y asegurar la coordinación eventual en temas militares, incluyendo el comercio de armamento, la parte carnuda del asunto.

En diciembre de 2021, Duque renovó el acuerdo, incluyéndole el entrenamiento de las Fuerzas Armadas. Muy en su estilo y a manera de mico para distraer a la opinión pública, Duque añadió el cambio climático, cuando si algo afecta el clima y produce gases efecto invernadero es la guerra, el transporte militar y la fabricación de armamentos. A pesar de las declaraciones ampulosas del gobierno colombiano en el sentido de que “Colombia, como socio global de la OTAN, comparte sus valores por la democracia, el respeto de los derechos humanos, el valor de la seguridad”, en realidad el nuevo acuerdo que se maneja con la OTAN significa una adhesión a la estrategia geopolítica de dicha alianza, incluyendo la solidaridad con sus aventuras militares en todo el mundo.

El ministro de Defensa, Molano, destacó además que el nuevo acuerdo le permitirá al país capacitarse en ciberseguridad, según lo informó DW, “además de estándares de competencias para prevención de corrupción”. Como para Macondo. La OTAN, una garantía de que en Colombia no habrá más corrupción.

En su reciente viaje, a comienzos del 2022, Duque recibió de Biden la promesa de que Colombia va a ser declarado aliado importante, no miembro de la OTAN, condición que comparten veinte países, incluyendo a la Argentina de Menem y el Brasil de Bolsonaro, nominado por Donald Trump.

El país, en consecuencia, tendría el estatus especial de atar su estrategia y equipos militares, aun mas, a los de EE, UU.  y gozaría de privilegios económicos y militares, como la inclusión en programas de investigación y desarrollo con el Departamento de Defensa y el permiso para utilizar créditos del sistema financiero de Estados Unidos tendientes a comprar o alquilar equipos.

Otros de los beneficios sería la participación en programas antiterrorismo, prioridad en la entrega de los excedentes militares de EEUU que adquiera el país, préstamos de equipos para proyectos de investigación, acceso a tecnología aeroespacial y entrenamiento recíproco.

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Para que Colombia sea declarada aliado extra-OTAN, Biden notificó su decisión al Congreso, que tiene 30 días para consultarlo y, luego hacer la formalización. Colombia está entonces adentro y afuera de la OTAN

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Actualmente son 8 naciones las que tienen el estatus de “socios globales”, de la OTAN y 20 los que son considerados aliados especiales por fuera de la OTAN entre ellos, dos países de Latinoamérica, Argentina, Brasil, además Australia, Egipto, Israel, Japón, Corea del Sur, Jordania, Nueva Zelanda, Tailandia, Kuwait, Marruecos, Pakistán, Bahréin, Filipinas, Catar, Afganistán y Túnez. Ahora bien, para que Colombia sea declarada oficialmente aliado extra-OTAN, Biden notificó su decisión al Congreso estadounidense, órgano que dispone de 30 días para consultarlo y, posteriormente, para hacer la formalización. Colombia está entonces adentro y afuera de la OTAN.

La OTAN es una herencia de la Guerra Fría, que culminó entre 1989 y 1991 cuando cayó el Muro de Berlín y se desintegró la Unión Soviética. Hoy en día está compuesta por 30 países y es una alianza militar cuyo artículo 5 prevé que un ataque contra alguno de sus miembros se considerará un ataque contra todos. El principio fue invocado por Washington después de los atentados a las Torres Gemelas y su consecuencia práctica, la invasión de Afganistán, culminada veinte años después con el saldo de un país destruido y la derrota de las fuerzas ocupantes, obligadas  a abandonarlo.

Ya en 1999 la OTAN había intervenido en el territorio de la ex-Yugoslavia bombardeando con 600 aviones las regiones de Kosovo, Serbia y Montenegro para crear la República de Kosovo, convertida en una gran base militar de Estados Unidos para el control de los Balcanes yugoslavos, ahora desmembrados en siete pequeños países. En 2003 intervino con misiles en la guerra de Irak y en 2012 en Siria, todo por solicitud de Turquía. A partir de 2011 realizó más de diez mil incursiones aéreas en Libia, dejando en marcha una guerra civil de la cual este país no ha salido aún.

El objetivo de la OTAN es militar, no económico, ni climático, pues para ello existen organizaciones como el FMI y el Banco Mundial, creadas en Bretton Woods, más la OCDE, la Unión Europea, la ONU etc. Nadie recuerda a la OTAN más que por su actividad militar en defensa de los intereses de los 30 países que la integran, pero indiscutiblemente quien define la política es Estados Unidos, responsable del 70 por ciento de su presupuesto.

En Europa no forman parte de la OTAN Serbia –bombardeada inmisericordemente por una alianza militar en apariencia solo defensiva–, Suiza, Finlandia y Austria y tampoco ostentan la calidad de socios globales.

Desde que inició el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, Colombia se ha vuelto más importante para la OTAN, o al menos eso cree Duque, debido a su posición estratégica. Pero además porque Biden no ha encontrado en Latinoamérica el eco que esperaba, pues la mayoría de los países dudan de la adhesión incondicional a la política estadounidense.

Nota original publicada en Las 2 Orillas.

Newsletter Cedetrabajo

El gobierno de Gustavo Petro ha tomado decisiones en materia energética basadas en una lectura equivocada de la estructura energética del país. La suspensión de nuevas exploraciones de hidrocarburos aceleró el paso de Colombia desde una relativa autosuficiencia hacia una creciente dependencia del gas importado, con implicaciones económicas y de seguridad energética que comienzan a sentirse.

Esta situación se vuelve aún más delicada en el contexto climático actual. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) ha confirmado la formación de un “súper Niño”, el fenómeno más intenso de la última década. En un país donde cerca del 70% de la electricidad depende del agua almacenada en embalses, los episodios prolongados de sequía no son un asunto menor. Cuando el nivel de los embalses cae, el sistema eléctrico colombiano depende de la activación de plantas térmicas que funcionan principalmente con gas.

Allí aparece el cuello de botella. Colombia ya no dispone del gas suficiente para operar plenamente esas plantas en escenarios de sequía prolongada. La escasez ya mostró sus efectos. Durante el último año, los precios de la energía en bolsa se dispararon más de 200%, reflejando las tensiones crecientes entre oferta energética, disponibilidad de combustibles y condiciones climáticas adversas.

Torre de perforación asociada a exploración de gas natural

El punto de quiebre llegó en diciembre de 2024, cuando Colombia vivió un hecho inédito en más de cuatro décadas: por primera vez en 45 años el país tuvo que importar gas para garantizar la demanda esencial de hogares y comercio. Este es el resultado de una tendencia preocupante. Las reservas nacionales han venido cayendo y la producción se redujo cerca de 9% en el último año.

Como consecuencia, Colombia se ve obligada a comprar gas en los mercados internacionales a precios mucho más altos. Mientras el gas producido localmente ronda los 6 dólares por unidad, el importado puede costar entre 15 y 16 dólares. En un escenario de mayor dependencia externa, agravado además por las tensiones derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, las facturas de energía podrían aumentar entre 30% y 40%, Según el exministro Amylkar Acosta.

Gustavo Petro habla en conferencia sobre transición energética

La pregunta inevitable es por qué el país enfrenta hoy esta escasez. Una de las razones centrales es el freno deliberado a la exploración de hidrocarburos. Diversos expertos han señalado que decisiones como la suspensión de los pilotos de fracking han cerrado la puerta a esta tecnología que en su versión 6.0 incorpora cambios tecnológicos frente al tradicional, destacándose por el uso de CO2 capturado en lugar de grandes volúmenes de agua, la integración de inteligencia artificial para anticipar y mitigar impactos ambientales y una reducción significativa de emisiones. De acuerdo con Acosta, esta tecnología podría emitir hasta 8 veces menos CO2 por barril que la producción convencional en Colombia y, además, permitiría multiplicar por 8 las reservas de gas natural del país, lo que ayudaría a cubrir el déficit energético y reducir la dependencia de importaciones.

A esto se suma un problema conceptual en la forma como se está comunicando la transición energética desde el Gobierno. El presidente Petro tiende a confundir la matriz eléctrica con la matriz energética total. Aunque la electricidad en Colombia es mayoritariamente hidráulica, esta representa apenas alrededor del 18% del consumo energético total. El restante 82% sigue dependiendo de combustibles fósiles, especialmente petróleo y gas.

Presentar a Colombia como un país que ya dejó atrás la dependencia de los hidrocarburos no solo es incorrecto desde el punto de vista técnico; también puede generar señales equivocadas para la inversión. Desincentivar el desarrollo de los sectores de petróleo y gas en un momento en que siguen siendo la base del sistema energético nacional compromete la seguridad energética y debilita sectores indispensables para la reindustrialización del país.

La transición energética es necesaria, pero debe ser realista.

Desmontar el sistema energético existente sin contar con alternativas maduras y suficientes no es una transición ordenada: es un salto al vacío. Desde Cedetrabajo hemos insistido en que la política energética debe combinar la expansión de energías renovables con una gestión responsable de los recursos hidrocarburíferos durante el período de transición.

Si Colombia no reactiva la exploración y no destraba proyectos estratégicos como el yacimiento Sirius en el Caribe, hoy afectado por la paralización de las licencias ambientales, el país seguirá perdiendo soberanía energética. En ese escenario, la dependencia de importaciones será cada vez mayor y los costos terminarán trasladándose a hogares y empresas.

La transición energética no puede convertirse en una política de desmantelamiento prematuro del sistema energético. Debe ser, por el contrario, una estrategia de transformación gradual que preserve la seguridad energética del país mientras se construyen las bases de un nuevo modelo productivo. De lo contrario, la promesa de transición podría terminar desembocando en una tormenta perfecta.

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