El regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha acelerado la ruptura del multilateralismo y consolidado un orden internacional basado en la imposición unilateral del poder. La Estrategia de Seguridad Nacional presentada a finales de 2025 identifica explícitamente a China como el principal competidor estratégico global y sitúa a América Latina y el Caribe como un espacio prioritario de control geopolítico directo, no de cooperación.
Bajo un nuevo corolario a la Doctrina Monroe, Washington ha reemplazado el discurso liberal por una combinación abierta de poder militar, coerción económica y presión diplomática, orientada a asegurar acceso preferencial a recursos naturales, frenar la desdolarización impulsada por los BRICS y disciplinar a los gobiernos que se aparten de su órbita. Este giro se expresa tanto en la política comercial (con aranceles universales del 10% y picos de hasta 145% sobre productos chinos en 2025) como en el uso de sanciones, bloqueos energéticos y amenazas financieras contra aliados y adversarios por igual.
Las intervenciones recientes confirman este cambio de doctrina. Entre 2025 y 2026, Estados Unidos desplegó activos navales de gran escala en el Caribe, reforzó operaciones de interdicción marítima y ejecutó acciones directas en Venezuela, acompañadas de un cerco petrolero y financiero que restringió exportaciones, transporte marítimo y acceso a activos internacionales. Estas acciones, sumadas a la designación de organizaciones criminales latinoamericanas como organizaciones terroristas extranjeras, ampliaron el margen legal para el uso extraterritorial de la fuerza y redefinieron el narcotráfico y la migración como asuntos de seguridad nacional. Estas acciones desembocaron en el secuestro de Maduro, la máxima expresión de autoridad de Trump sobre la región.
En el plano económico, Washington intensificó las guerras comerciales incluso con socios estratégicos. En febrero de 2025 impuso aranceles del 25% a importaciones provenientes de Canadá y México, y condicionó alivios comerciales a compromisos en materia migratoria y de seguridad. En paralelo, utilizó la política comercial y financiera para presionar procesos políticos internos en países como Argentina, Honduras y Colombia, vinculando asistencia, créditos y cooperación al alineamiento estratégico.
Este giro se complementó con el debilitamiento deliberado del orden institucional global: Estados Unidos formalizó su salida de la OMS, notificó el retiro de la UNESCO y del Acuerdo de París, y promovió instancias paralelas bajo su control directo, reduciendo los espacios de arbitraje multilateral. Al mismo tiempo, endureció su política migratoria mediante despliegues militares en frontera, deportaciones con apoyo logístico de las fuerzas armadas y medidas excepcionales que generaron protestas internas y tensiones diplomáticas.
La fragmentación regional se convierte en una ventaja estratégica para Washington. Conflictos como el de Colombia y Ecuador son funcionales a un escenario donde regiones divididas resultan más fáciles de presionar y disciplinar. América Latina enfrenta un entorno internacional cada vez más hostil, donde las reglas ceden ante la fuerza, el comercio se convierte en arma geopolítica y el margen de maniobra de los Estados se reduce de manera acelerada.
Davos 2026: síntoma del nuevo orden internacional
Lo ocurrido en el Foro Económico Mundial de Davos en 2026 condensa con claridad el momento histórico que atraviesa el sistema internacional. El discurso del libre comercio, la cooperación multilateral y la gobernanza global ha sido desplazado por una agenda dominada por la seguridad, la competencia tecnológica y el control de recursos estratégicos. Davos dejó de ser un espacio de consenso y se convirtió en un escenario donde se exhiben abiertamente las jerarquías de poder.
Donald Trump ha hecho explícito que las reglas ya no son universales ni simétricas: se aplican de manera selectiva, en función del peso político, económico y militar de cada actor. Para países como Colombia, este contexto implica asumir un entorno de presiones externas crecientes, un margen de maniobra cada vez más estrecho y la necesidad urgente de definir una estrategia propia de inserción internacional, menos dependiente y más coherente con sus intereses productivos y de soberanía.
Groenlandia y la ruptura del orden europeo: del neocolonialismo al colonialismo abierto
Las acciones de Estados Unidos sobre Groenlandia marcan un punto de quiebre en el debate internacional y evidencian la fractura de la relación transatlántica. Lo que algunos líderes europeos han calificado como “nuevo imperialismo” no es otra cosa que el tránsito del neocolonialismo al colonialismo directo. Ya no se trata de influencia indirecta o condicionamientos económicos, sino de la disputa abierta por el control territorial y geoestratégico.
La llamada “junta de paz” promovida por Trump y las negociaciones tripartitas sobre Groenlandia confirman el regreso de formas clásicas de intervención, ahora desprovistas de justificaciones multilaterales. En este escenario, la soberanía de los Estados pequeños y medianos se vuelve crecientemente frágil y subordinada a los intereses de las grandes potencias.
La Unión Europea: de actor global a vasallo estratégico
La Unión Europea, que durante décadas se presentó como defensora del multilateralismo y del orden internacional basado en reglas, atraviesa hoy una crisis estructural. La guerra en Ucrania, la dependencia energética, el rezago tecnológico y la subordinación creciente a Estados Unidos han reducido de manera significativa su autonomía estratégica y su capacidad de liderazgo global.
Los recientes acercamientos de la UE a India y otras regiones no reflejan fortaleza, sino intentos tardíos por preservar relevancia en un mundo que se reconfigura aceleradamente. La estrategia Global Gateway y la aprobación del TLC con Mercosur y con la India responden más a la necesidad de asegurar mercados y materias primas que a una visión coherente de asociación estratégica. En conjunto, estos acuerdos apuntan a un mercado de cerca de 1.700 millones de consumidores, pero no resuelven las tensiones internas del bloque.
Las protestas de agricultores, las divisiones políticas, el impacto prolongado de la guerra en Ucrania y la fragilidad económica ponen en evidencia a una Europa que ya no lidera, sino que reacciona de forma tardía y defensiva frente a un orden internacional cada vez más hostil.









