El giro discursivo de Gustavo Petro frente a Estados Unidos no constituye un hecho aislado ni un ajuste táctico menor. Expone con claridad la naturaleza real de la política exterior de su gobierno y confirma un patrón de continuismo que contrasta con años de retórica crítica frente al intervencionismo estadounidense.
Durante su trayectoria política, Petro mantuvo una posición ambigua frente a Estados Unidos. Aunque cuestionó de forma reiterada la guerra contra las drogas, la cooperación militar, la Doctrina Monroe y la injerencia estadounidense en América Latina, esas críticas no se tradujeron, ya en el ejercicio del gobierno, en transformaciones estructurales. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no fue renegociado, la cooperación militar se mantuvo vigente, la relación comercial permaneció intacta y la lucha antidrogas continuó siendo un eje central de la política bilateral, con ajustes discursivos pero sin rupturas de fondo.
La confrontación retórica se intensificó con el regreso de Donald Trump al poder.
Este endurecimiento del discurso coincidió con la presentación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que formaliza un corolario renovado de la Doctrina Monroe. En esta visión, el mundo se organiza en zonas de influencia, y América Latina es definida nuevamente como espacio prioritario de control político, militar, energético y de recursos naturales.
Ese cambio estratégico de Estados Unidos se expresó de manera directa en la región. La intervención en Venezuela y las amenazas explícitas a la soberanía de países vecinos marcaron un nuevo escenario de presión. Tras este punto de máxima tensión, se produjo la llamada entre Petro y Trump que abrió el camino a una reunión en Washington con el objetivo de desescalar el conflicto diplomático. A partir de ese momento, el gobierno colombiano asumió compromisos concretos.
Petro se ofreció como garante del proceso de transición en Venezuela
Reconoció de facto a Delcy Rodríguez como autoridad política y aceptó un rol activo de Estados Unidos en ese proceso. Adicionalmente, se comprometió a acciones militares conjuntas en la frontera contra el ELN, retomando una lógica de coordinación en seguridad con Washington que previamente había sido cuestionada desde el discurso presidencial.
Este reposicionamiento se dio en paralelo al retorno explícito de la política del más fuerte en el escenario internacional. El Foro Económico Mundial de Davos 2026 estuvo marcado por diagnósticos coincidentes sobre el colapso del orden internacional basado en reglas y el debilitamiento de las instituciones multilaterales surgidas tras la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, Trump propuso la creación de la denominada Junta de Paz, un organismo paralelo a la ONU, financiado por aportes de mil millones de dólares de los países participantes y controlado directamente por Estados Unidos, con el argumento de gestionar la reconstrucción de Gaza tras la devastación del genocidio.
Mientras se impulsaba este esquema de poder unilateral, la agenda de derechos humanos quedó relegada. La represión interna contra migrantes en Estados Unidos, encabezada por el ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), permaneció al margen del debate internacional, reflejando el desplazamiento de los principios humanitarios por una lógica de control, coerción y alineamiento estratégico.
La reunión entre Petro y Trump terminó de consolidar el giro.
El presidente colombiano celebró el restablecimiento de la relación bilateral, aceptó la mediación estadounidense en el conflicto con Ecuador y se comprometió a endurecer la lucha contra el narcotráfico. Asimismo, propuso la venta de energía a Estados Unidos y avaló la participación de Ecopetrol en proyectos energéticos en Venezuela bajo supervisión de Washington.
Petro presentó la energía limpia sudamericana como una oportunidad de inversión rentable para la manufactura estadounidense. Esta apuesta contrasta con la situación interna: la desindustrialización en Colombia no se ha revertido, la crisis energética en el Caribe persiste y los cuellos de botella estructurales de la economía nacional permanecen sin solución.
El giro discursivo de Petro no respondió a un cambio ideológico de fondo
Sino a la explicitación de una política exterior alineada con Estados Unidos. La confrontación retórica cedió cuando el nuevo contexto internacional, caracterizado por la hegemonía estadounidense y el debilitamiento del multilateralismo, comenzó a imponer costos reales. Lo que queda es una contradicción difícil de eludir entre discurso y decisiones, y una pregunta abierta sobre el margen de autonomía de Colombia en un mundo que vuelve a regirse por la ley del más fuerte.









