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Trump apoya ofensiva de Israel contra Irán y agrava el riesgo de una guerra nuclear

Jul 10, 2025

  • Director de Cedetrabajo

    Psicólogo, especialista en geopolítica, analista económico

El ataque israelí a Irán, apoyado por Trump y la OTAN, saboteó el diálogo y reactivó el riesgo de una guerra nuclear global.

Israel bombardeó a Irán con respaldo logístico y político de EE. UU. El ataque ocurrió días antes de un diálogo bilateral. Cientos de muertos, líderes iraníes asesinados, amenaza de guerra nuclear y el apoyo de Trump desatan una nueva fase del conflicto. La estructura imperial de EE. UU. opera sin freno, más allá de quien ocupe la Casa Blanca.

Un bombardeo disfrazado de defensa

La versión oficial de Israel presentó el ataque como una maniobra preventiva. Sin embargo, justificar una operación militar bajo la sospecha de una agresión futura es abrir la puerta a que cualquier potencia invoque lo mismo para invadir. Significa legitimar la guerra como política anticipada. Y eso destruye los cimientos del derecho internacional.

Israel no actuó solo. Un Estado del tamaño de Cundinamarca, con 10 millones de habitantes, no puede sostener por sí mismo una agresión contra una nación con 90 millones de personas y una superficie que supera en 50 % el territorio colombiano. Solo lo logró porque Estados Unidos, junto a aliados de la OTAN como Reino Unido, Francia y Alemania, aportó respaldo logístico, diplomático y militar.

El momento del ataque tampoco fue casual. Se realizó dos días antes de una reunión entre Irán y EE. UU. que buscaba abrir caminos diplomáticos. La operación tenía como propósito claro arruinar esa negociación.

Intervención militar de Estados Unidos

Washington movilizó el portaviones USS Nimitz, envió 26 aviones de abastecimiento aéreo, desplazó destructores con capacidad de interceptar misiles balísticos y aumentó su presencia en Medio Oriente con entre 40.000 y 50.000 soldados. Además, intervino directamente en la defensa de Israel interceptando misiles iraníes.

Todo esto ocurrió después de que Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, declarara ante el Comité Selecto Permanente de Inteligencia de la Cámara de Representantes (HPSCI por sus siglas en inglés) el 26 de marzo que Irán no desarrollaba actividades esenciales para fabricar armamento nuclear. La respuesta de Trump fue burlesca: “No me importa lo que ella dijo. Creo que estaban muy cerca de tenerla.” El episodio mostró desprecio por sus propios órganos técnicos.

Portaviones USS Nimitz desplegado por EE. UU. en Medio Oriente

Trayectoria de apoyo a Israel

La complicidad de Trump con Israel no es nueva. En su primer mandato trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén y reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Luego avaló la expansión del control israelí sobre territorios vecinos y respaldó ataques en Siria.

Con Irán, su línea ha sido la confrontación absoluta. Rompió en 2018 el acuerdo nuclear firmado en 2015, impuso sanciones que devastaron la economía iraní y ordenó el asesinato del general Qassem Soleimani. No fue el único. Otros líderes iraníes también fueron eliminados en operaciones encubiertas, sin que Trump emitiera una condena. Esa serie de asesinatos consolidó una política de eliminación selectiva.

Más recientemente, se opuso a un plan israelí para asesinar al líder supremo de Irán, el Ayatolá Ali Jameneí. Pero su rechazo no fue por principios, sino porque prefería que los países de la región “se encargaran”. Declaró que solo intervendría si sus propias tropas eran atacadas.

Ese margen abre la puerta a provocaciones. Un ataque de falsa bandera perpetrado por el Mossad contra soldados estadounidenses bastaría para justificar una nueva guerra. Y la historia enseña que estas provocaciones no son hipotéticas.

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La amenaza de guera nuclear se activa

Trump llegó al extremo de amenazar directamente a la población civil iraní. Ordenó evacuar Teherán ante un posible ataque. Su postura no deja dudas: para él, la seguridad de Israel justifica el pánico masivo de millones.

Mientras tanto, el doble estándar se mantiene. Israel puede tener armas nucleares sin control, Irán ni siquiera puede intentarlo. La asimetría no es jurídica ni tecnológica. Es política y colonial. Es un sistema donde unos pocos pueden decidir quién tiene derecho a disuadir y quién debe rendirse.

La reacción de Pakistán confirmó la gravedad de la situación. Anunció que, si Israel continúa su agresión, responderá con su propio arsenal nuclear en solidaridad con Irán.

Putin y Xi Jinping durante encuentro en el Kremlin

Reconfiguración regional

Siria y Jordania se alinearon con Israel. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, exsocios de los Acuerdos de Abraham, rompieron su silencio. Aunque no apoyan abiertamente a Irán, marcaron distancia frente a Tel Aviv. El aislamiento israelí se profundiza.

China condenó el ataque. Como socio de ambas partes, busca mantener la estabilidad en una región clave para su acceso a energía y su proyecto de la Ruta de la Seda. Irán forma parte de los BRICS y es aliado estratégico en el rediseño del orden mundial.

Rusia también rechazó la agresión. Su relación con Irán incluye cooperación militar —como el envío de drones utilizados en Ucrania— y un tratado de asociación estratégica integral que abarca defensa, energía y tecnología. Mientras mantiene vínculos con Israel, Moscú obtiene una ventaja: parte del armamento estadounidense que iba a Kiev ahora se redirige a Tel Aviv. Así se debilita aún más a Zelenski. Y el conflicto en Medio Oriente desvía la atención de la inminente derrota de Occidente en la guerra en Ucrania.

El poder opera sin presidente

Algunos alegan que Trump no fue notificado del ataque israelí. Pero es poco creíble. Un despliegue militar de esta magnitud no ocurre sin conocimiento de la Casa Blanca. Y si ocurriera, sería aún peor: confirmaría que las decisiones imperiales no dependen de la voluntad presidencial.

La maquinaria de dominación global no se detiene cuando cambia el inquilino del Despacho Oval. La estructura imperial sigue su curso, sin importar quién esté al mando.

Fachada sur de la Casa Blanca en Washington

Trump, el destructor

El mito de Trump como pacificador y negociador se ha derrumbado. Su historial lo demuestra: desmanteló el pacto nuclear con Irán, boicoteó las negociaciones con Corea del Norte, hizo estallar el diálogo sobre Palestina y ahora dinamitó el acercamiento con Teherán.

Su figura ya no representa astucia ni pragmatismo. Es la de un personaje histriónico y egocéntrico, aferrado a una idea de poder que enfrenta un rechazo global creciente. El mundo no le teme: lo resiste.

Su legado no es de diplomacia, sino de destrucción. Reemplazó los acuerdos por amenazas, los consensos por chantajes, y la política exterior por sanciones. Destruyó la credibilidad internacional de su país y dejó en ruinas cualquier esperanza de paz estructural.

Y le tocará asumir un hecho que ya no se puede tapar con un sombrero: hacer grande a Estados Unidos solo le está sirviendo para cosechar más rechazo, más resistencia, más soledad.

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